No suelo escribir sobre escritores y el mundo editorial, pero esta semana he posteado varios comentarios acerca de lo que casi todo el mundo sabe. Al menos, todo el que está en el mundillo de las letras y el papel. Es decir, que no acaba de llegar como cordero al matadero. Como es lógico y esperaba, me han dado por todos los lados, desde el chiringo-editor al aspirante al Cervantes que no ha leído un TBO desde hace medio siglo. Una fauna compuesta por una amalgama de intereses que, lejos de ser una mezcla en beneficio mutuo, casi siempre tiene mucho de engaña bobos para incautos. Muchos otros, conocedores de la verdad, han guardado un prudente silencio, ya sea por oficio o por conveniencia, o por una combinación de ambas cosas.
Ya comenté en diferentes foros que el pope del mundo editorial Enrique Murillo, en su reciente libro titulado Personaje secundario, desvela, con la crudeza propia de quien no tiene nada que perder, los mecanismos internos de las editoriales. No solo de las de ahora, sino de las de siempre incluidas las actuales. Aunque bien es cierto, que ciertas referencias a la situación presente convierten el panorama en algo tan chusco, cutre y desolador como cualquiera de las pelis de Santiago Segura basadas en el afamado Torrente. Sorprende, por otro lado, que no haga referencias explícitas a ese otro 75%-80% del negocio que no son ni el editor ni el escritor. A saber, la distribución y los libreros, o solo de manera muy tangencial.
Yo todavía flipo con el hecho de que quienes crean un producto que genera 100 se lleve 10 (por poner números fáciles de entender). La lógica parece que le inclinaría a cualquiera a decir: o me llevo como poco la mitad del beneficio o ya podéis ir buscando otro chollo. Pero claro, esa guerra los escritores, como los agricultores, la perdieron hace infinito tiempo. Resultado el que ya sabemos: de la creación del escritor, ocho a menudo comen jamón y algunos salchichón, pero el escritor no pasa de garbanzos salvo que haga millonarios a los otros ocho. O sea, tócate los huevos. Si algún día me hacen presidente de Narnia lo primero que haré será prohibir que se publique nada hasta un reordenamiento de la lógica del reparto.
En Estados Unidos los guionistas se pusieron en huelga en 2023 durante 147 días, liderados por la Writers Guild of America. Al final, lograron pasar de esclavos a sirvientes con contrato basura, o más o menos. Sin embargo, mostraron una realidad incómoda para la industria de Hollywood: podía llegar a pararse la generación de contenidos y las plataformas sufrir importantes perdidas de todo tipo. Como decía, se parece mucho al campo y la agricultura. El día que nadie se ocupe de ese sector, sé que es utópico pero no tanto, vamos a comer manzanas y fresas de plástico hechas en China con sabor a petróleo.
Lo que los escritores perdieron hace mucho es la oportunidad de plantarse. Imaginen un mundo distópico sin manuscritos, pero ni uno. Nada nuevo que publicar. Y ahora visualicen como temblaría toda esa industria tan prepotente con sus premios, sus productoras, sus afamadas y afamados presentadores de la tele convertidos en estrellas mundiales de la literatura. Puede que incluso se plantearan los años de ninguneo de los autores como un error. Todo eso kaput, se finit. Pero claro, solo es una distopía, si para ir a la huelga en la mina o el campo hay esquiroles, para publicar habría auténticas avalanchas. Y así nos va.

No creo que los escritores pudieran unirse en nada. Interesante reflexión, no obstante.
Ni pudieran, ni pueden.
Muy cierto Miguel Ángel, pero en ese mundo como en otros nunca formarán equipo para terminar con ese historico abuso