Tras el desastre napoleónico en España (Bailen, 19 de julio de 1808. Los gabachos se rindieron en vez de morir con honor). No sería el único ni el último de los gestos serviles con las tropas enemigas. A mediados del siglo XX en menos de una semana el ejército francés cayó en Las Ardenas ante la invasión alemana y, poco después, Philippe Pétain ya se había puesto al servicio de los nazis con un gobierno títere conocido como régimen de Vichy. Los hechos históricos no son muy condescendientes con el concepto de «colaboracionista» ni, en el caso de algunos compatriotas de entonces, con los «afrancesados».
En España, durante la «monarquía» de Pepe Botella, que así se conoce a José I Bonaparte el borracho, muchos de los españolitos de entonces que solo aspiraban al bon vivant se afrancesaron para defender de boquilla al invasor. Sin embargo, como es lógico, en 1813 salieron por patas cuando las cosas volvieron a su ser natural en la batalla de Vitoria. Pensaba esto porque hoy, en un mundo globalizado, el colaboracionismo se puede ejercer a distancia y sin necesidad de arriesgar el propio pellejo sobre el terreno. Es, desde esa perspectiva, bastante más despreciable por lo que añade de sevicia y cobardía a partes iguales.
Aquí, nuestros actuales afrancesados a distancia han defendido durante décadas a regímenes tan infames y criminales como el de Venezuela o el de Irán. Mientras el mundo contemplaba atónito las ejecuciones masivas de su propia población, o el robo de elecciones y la censura; las expropiaciones y demás vilezas, algunos traidores patrios hacían de valedores. Incluso conociendo que se trataba de países que encarcelan y torturan a españoles comprometidos con la libertad como en el infame edificio Helicoide de Caracas. Los colaboracionistas nunca hicieron referencia entonces a las Naciones Unidas, al Derecho Internacional o a los Derechos Humanos por esas cuestiones. Más bien miraban para otro lado, cuando no ponían la cuchara.
Con los recientes acontecimientos internacionales, en los que el derecho internacional se quebranta, sí que escuchará usted a los afrancesados poner el grito en el cielo. No antes, mientras contemplaban impávidos las violaciones, sino ahora, que muchos asesinos en regímenes todavía medievales están siendo atacados. Ahora sí, los colaboracionistas a distancia levantan la voz en platós, en blogs, en la radio y en tele Pedro. Ha sido un simple golpe de corneta del maestro de orquesta y todos a llenarse la boca de Naciones Unidas y a darse golpes de pecho como plañideras. Antes no, ahora sí. Ese eslogan es el verdadero y no el apolillado no a la guerra.
El relato no puede ser más propio e infame. Como el de muchas de aquellas figuras despreciables del pasado que en muchas ocasiones fueron colgadas en nuestros campos y huertas. Antes no por qué: pues porque no eran sus madres las ejecutadas por un velo; no eran sus hijas las violadas y asesinadas; no eran sus hijos gays los ahorcados; no eran sus propiedades las confiscadas y sus patrimonios los enajenados; no eran sus hermanos los torturados y los exiliados. Ahora sí por qué: pues porque le interesa al puto amo en clave interna. Nada define mejor a un colaboracionista afrancesado que las diatribas diarias del sanchismo y sus huestes. Y su asquerosa cobardía de mercenario de mesa camilla.
