Cerrazón

          El término cerrazón no se usa con frecuencia. No es una palabra de uso común. Me llama la atención, precisamente, porque pocas veces se practica tanto algo que se nombra tan poco. Más allá de su acepción sobre la meteorología, el diccionario dice al respecto de su significado: «incapacidad de comprender algo por ignorancia o prejuicio» y, también: «obstinación, obcecación». El origen etimológico de la palabra hace referencia a «cierre», a algo que, como un cinturón de castidad, también actúa a nivel mental.

          En la cerrazón hay varios elementos. Por supuesto, encontramos los prejuicios. Sin embargo, el que más me llama la atención es el efecto de incapacidad de juicio crítico que produce por una parte y, por otra, el sibilino proceso de consolidación del cierre. Hablamos de gente no necesariamente lerda donde la manipulación es un juego de niños, sino de individuos formados y leídos, e incluso a los que se les supone un nivel considerable de capacidad para observar y razonar. De ahí que la cerrazón sea digna de estudio.

          Uno de los síntomas más evidentes de la cerrazón es esa conocida actitud de no querer saber nada de lo que contradice el propio juicio ya consolidado, es decir, el no admitir contradicción alguna. Es el cenit que el obcecado no puede ver porque está por encima de su cabeza, mientras él permanece con el trasero pegado al nadir de su incapacidad. No por falta de talento necesariamente, sino por suspensión voluntaria del equilibrio dialéctico. El obcecado no fracasa porque el cenit sea inalcanzable, sino porque ha decidido vivir sentado en su nadir. Como en ese trono matinal en el que se suele evacuar lo que no interesa conservar. 

          Cuando se habla de muros se habla de cierres, eso es obvio, por eso el proceso es fundamental. Una hilera de ladrillos horizontales es fácil de saltar, dos un poco menos y así sucesivamente. El truco del constructor de murallas mentales consiste en distraer al observador mientras crece la obra frente a él a base de imágenes ficticias, creando reflejos de perplejidad que platonean en un baile embustero de engaño y confusión. Así, el incauto no es capaz de concebirse dentro de la cueva. Entonces, la realidad se le mueve por imitación, haga lo que haga el observador solo se reafirma en sí mismo y se autoafirma en el sesgo. 

          No hay nada más perverso que inocular en la población la vacuna de la cerrazón. Esa maniobra de ingeniería social que impide al navegante el diálogo como principio de contradicción, y que negando la evidencia le lleva en rumbo fijo hacia la costa huyendo de la tempestad. Una actitud suicida que permite que la roda de la propia existencia se dirija hacia un peligroso sotavento donde quizá encalle para siempre a escasos metros de una orilla tan segura como ficticia y engañosa.

El beso bífido y la toxina

          Uno de los efectos más conocidos de la picadura o mordedura de serpiente es el impacto sobre el sistema nervioso. Este hecho provoca, en ocasiones, debilidad e incluso parálisis muscular que aprovecha el bífido para liquidar a la presa. Hay reptiles, no obstante, que utilizan métodos más lentos y, aparentemente, extra cariñosos como el abrazo de la boa constrictor. Una técnica de caza basada en un afecto extremo hasta el punto de que la pieza acaba siendo engullida.

          En la fauna animal uno de los mecanismos de dominación y control se basa en la inoculación de sustancias tóxicas. En el ser humano también, pero no solo. A los individuos se nos puede anestesiar de muchas otras maneras, incluyendo el sistema nervioso, ademas del intelecto y la capacidad de análisis crítico. Para esta variante de dominación que, como es lógico, no se da en el reino animal, el humano recurre a una suerte de metodologías mixtas. Una de ellas es la lengua bífida, casualmente, con su particular habilidad para el rastreo  de víctimas propiciatorias. 

          El depredador avezado controla siempre y en todo momento la situación mediante el uso de la sin hueso. No necesita utilizarla para el rastreo de partículas que identifiquen a la presa, simplemente engatusa mediante el habla trufada de trampas a quien luego será sacrificado. Funciona como las notas de la flauta de Hamelin, que primero embaucan a las ratas y, finalmente, a las personas que como niños incautos siguen a quien los lleva por el desfiladero de la perdición y el olvido para siempre. Este cuento es una lectura, por cierto, muy instructiva y entretenida para quien, por una razón u otra, tenga que pasar la Navidad en el trullo.

          Para cuando el inoculado quiere darse cuenta de su destino, con frecuencia, es demasiado tarde: el daño ya está hecho y suele ser irreparable. La sensación de frío y un gran malestar e incomodidad impide descansar por las noches y dormir como antes. Uno mira hacia los lados y se dice «No tengo a nadie»… Descubre entonces, que aquella encantadora bestia que lo adulaba y acompañaba en sus correrías, y que se mostraba comprensivo con las golfadas, solo lo preparaba para el sacrificio. Como a tantos otros.

          Pues bien, pensaba esto porque ahora se puede inocular a las masas a través de la lengua bífida entrenada. Usted salga a la calle o, mejor aun, espere a la cena de Navidad, y verá como identifica sin esfuerzo a los intoxicados. Parecidos a los zombies que han perdido el juicio crítico, repiten como loros las salmodias inanes que han escuchado en bucle en la caja tonta que pagamos todos. Se comen todos los datos que les dan después de casi una década de social comunismo: cada vez más pobreza infantil, más vulnerables, menos vivienda, polarización, corrupción, cárcel, instituciones en derribo… Y ahí, justo antes de que las neuronas reaccionen, es dónde la toxina produce el efecto mágico y suelta un churretazo en forma de cagada: «cuidado que viene la derecha». 

      

¿Qué le ha pasado al cine?

          Al cine lo que le ha pasado es lo mismo que a la literatura, que es víctima de los nuevos tiempos y tendencias. Es una opinión personal, pero creo que se parece mucho a la realidad. En el caso del cine, ademas, con un agravante: una pareja con dos hijos (4 entradas), que guste de tomar un refresco y unas palomitas tiene un problema de 60-70 euros. No hace falta hacer más cálculos. Para un SMI supone el 5% de lo que cobra al mes, y en algunos casos, el truño es de tal calibre que dan ganas de salir de la sala antes del famoso The End.

          Hubo un tiempo en el que un servidor tenía agotada la cartelera, y esperaba con ansia que pasara la semana para ver los nuevos estrenos. Hablo de finales de los años 80, la década de los 90 y primeros 2000. Me refiero a películas como «Salvar al soldado Ryan», «La lista de Schindler», «El paciente inglés», «La vida es bella», o las infantiles como «Toy story» o «Harry Potter», incluso fantásticas como «Parque jurásico»… La lista es interminable. Recuerdo los centros comerciales hasta la bandera, y tengo fresca en la memoria la imagen de las salas completamente llenas.

          Hoy, muchos de aquellos espacios han cerrado o desaparecido. En su lugar hay un «chino» de 500 metros cuadrados, o una tienda de muebles escandinavos con animo de torturar a sus clientes no ingenieros para montar una puta mesa en el porche. También se han adecuado algunos locales. Aquellos donde antes se vendían golosinas, o había un billar y unas campanas de cristal con unas grúas enjauladas de las que por unos euros sacabas un peluche si tenías habilidad. Hoy hay locales para swingers. Esos sitios donde gente de moral flexible va con sus parejas a follar y ponerse cuernos gozando de la depravación moral.

          Yo creo que la falta de buenas obras artísticas hace que la gente se despeñe por la ladera de lo fácil. Lo vemos en la sociedad en general, porque lo vemos en la política, en los supuestos líderes y en la falta de rumbo de una sociedad que se descompone. Estos nuevos capataces se creen que han descubierto el Nirvana. Que la vida va de eso: de mierda moral, de putas, de drogas, de robar, de arrastrar el honor, de sacarse la chorra y mearse en la gente. Pero nada de eso es nuevo. Solo con leer a Santiago Posteguillo, entre otros muchos autores, se dará usted cuenta de que ya estaba inventado.

          Pensaba esto, porque yo creo, cada vez con mayor convicción, que las sociedades, así como las comunidades y las civilizaciones, también enferman. Se pudren tal como el cáncer carcome las células de la persona. La sociedad, como el enfermo, al principio lo niega, luego lo lamenta, después se medica y, desafortunadamente, en muchos casos descubre tarde que no tiene arreglo. Europa no entiende el mundo en el que vive, como Roma no fue capaz de asumir la llegada de Odoacro.

          

           

Liderazgo

          Liderazgo es una de esas palabras machacadas con el mazo de la persistencia. No es la única, al contrario, hay una larga lista de términos que se han convertido en lugares comunes. A bote pronto se me ocurren algunas como coaching, sostenible, resiliencia, la gente, y otras por el estilo. Pero hoy, me gustaría centrarme en el liderazgo. Ese status que se atribuye de forma interesada o por ignorancia a quién tiene el poder dentro de una organización. En el primer caso se trata del típico «lameculismo» vulgar y corriente, y en el segundo es un error de atribución.

          Pensaba esto porque el líder es alguien poco visible cuando no necesita hacerse notar, pero es una figura que se agiganta cuando su presencia resulta aconsejable o imprescindible. El líder es exactamente lo contrario de lo que solemos ver en la caja tonta: esos que siempre están presentes dando la chapa cuando a nadie interesan sus cotidianas mamonadas, pero salen corriendo cuando la situación se tuerce y se necesita liderazgo y mando para resolverla. Es fácil reconocerlos en sus diferencias: el líder apechuga y se pone al frente, no escapa a la carrera cuando llueve indignación, ni huye en el maletero de un coche como un vulgar cuatrero después de liarla parda.

          Es frecuente confundir poder con liderazgo, pero aunque algunas veces van de la mano, no siempre es así ni mucho menos. El poder se puede conseguir por la fuerza, el liderazgo no; el poder se puede mantener a base de traiciones y pagando mercenarios, el liderazgo no;  el poder puede ser detestable y estomagante, el liderazgo no; el poder no necesita que quien lo ejerce posea carisma pero, sin embargo, para el liderazgo es la seña de identidad. 

          Winston Churchill dijo que todo líder sabe ganarse la confianza y el aprecio de los ciudadanos. Sabe ponerse al frente en los momentos más difíciles y asume, el primero y sin titubeos, la responsabilidad ante la situación. Lo que los españoles solíamos decir aquello de «sacar pecho» ante la adversidad, la amenaza o los peligros. Un ejemplo de liderazgo cinematográfico nos lo brindó William Wallace en la conocida película Braveheart (1995) protagonizada por un enorme Mell Gibson. En un memorable discurso donde el protagonista puso de manifiesto los valores del liderazgo: coraje, valentía, ejemplo y determinación.

          Hace unos días, durante una grave crisis, me dio por encender la caja tonta y pude ver las dos caras de la moneda. El liderazgo ante la catástrofe, dando la cara y recibiendo la indignación lógica del pueblo caído en la tragedia. Un liderazgo sin poder para tomar decisiones. Y todos pudimos ver también el poder sin liderazgo, el opuesto a Braveheart. El fantoche con poder comprado detestado e insultado por el pueblo, dando cualquier cosa por salir corriendo y huir del peligro, pidiendo siquiera un caballito de cartón al que poder subirse para salir al galope. Un nadie de la gran Historia de España. Aquí os dejo lo contrario de lo que solemos ver…

https://www.youtube.com/watch?v=3_224m1yRB4

Pido pendón

          Las personas suelen pedir perdón de forma individualizada cuando, después de haber cometido una ofensa consciente o inconscientemente, deciden reparar el daño al ofendido. Sin embargo, una petición colectiva de perdón me parece un sinsentido, una manipulación del noble esfuerzo personal que conlleva el reconocimiento de haber causado algún daño u ofensa.

          Pensaba esto porque ahora se ha levantado la recurrente polvareda mexicana de lo malo que fuimos (ojo al dato), hace 500 años los españoles. Y la necesidad de que yo ahora, o mis representantes institucionales, pidan perdón en mi nombre a los mexicanos de hoy. O sea, que yo, un fulano de Sevilla que vive en Espartinas le pida perdón a un güey que se está tomando una birra en Chihuahua o en Sinaloa con la boca llena de jalapeños.

          Imagino el careto del cabrón si me viera aparecer por su barrio, compungido yo y con cara de pecador y me postrara frente a él como para pedirle matrimonio y le dijera: «Te pido perdón por lo que hizo Hernán Cortés, por haber sacado hace 500 años a tus antepasados un poco caníbales del festival en el que vivían y haberles enseñado el español». Sinceramente, creo que solo podría esperar dos respuestas: que el güey me invitara a una raya y un tequila, o que me pegara dos tiros por majara. No pienso tentar a la suerte. 

          Yo no necesito que venga ningún italiano a pedirme perdón por la dominación del Imperio Romano sobre mi país, después de todo, aquí nacieron dos de los más grandes emperadores romanos, a poco menos de diez minutos de mi casa. Tampoco necesito que vengan más árabes, y mucho menos a pedirme perdón por los 700 años de dominación sobre mi tierra. Ni que vengan los tartessos, ni que vengan los fenicios, sobre todo, si lo que vienen es a pedirme el perdón de sus abuelos de hace mil años. 

          Yo quien sí creo que debe pedir perdón son los gilipollas, que por esas cosas del destino llegan a tener una cierta cuota de poder público. Tontolabas que no han leído en su puta vida un libro de Historia, que viven como grandes sabios y gastan como grandes productores de riqueza y que, en el colmo de la poca vergüenza, piden perdón en mi nombre como venderían a mi madre si estuviera viva, y se quedan tan anchos. A esos, si hay a quien tengo que pedir perdón, los tengo borrados de la lista por pendones. 

Ataúdes de oro

          El verano pasado tuvimos la noticia de que Shahzada (48 años) y Suleman (19 años) Dawood, padre e hijo, morían en el Titán al implosionar el sumergible a 3800 metros de profundidad. Se dirigían a explorar los restos del mítico Titanic, cosa que, obviamente, se podían permitir porque Shahzada era un conocido magnate, inversor y filántropo. Este verano, como en una secuencia recurrente de tintes trágicos le ha tocado el turno al Bayesian, un majestuoso yate de más de 40 millones de dólares.

          Mike Lynch, propietario del lujoso bote, celebraba en el sur de Italia haber escapado a un multimillonario pleito por presunto fraude. (vendió por 11.000 millones de dólares un invento propio a HP), que resultó ser algo que valía bastante menos según los compradores, en resumidas cuentas. Mike y una veintena de personas más, debían estar disfrutando de lujos que muy pocos imaginan cuando la furia de la naturaleza los levantó en pesó y los estrelló contra el fondo del mar. 7 muertos, un desaparecido que, según parece, es su hija de tan solo 18 años a la que intentó salvar muriendo ambos en el intento.

          El dinero construye, eso parece, a veces ataúdes de oro para recordar a sus propietarios que nadie escapa a la muerte. A veces porque la audacia, la imprudencia y, por supuesto, la mala suerte pasa una terrible factura a quienes creen poderlo todo y hacer alarde de ello. Especialmente trágica me parece la suerte de quienes acompañan a estos multimillonarios, y en particular, cuando se trata de los propios hijos que, lejos de disfrutar de un futuro de ensueño, terminan sus días cuando apenas comienzan a disfrutar de los privilegios de cuna rica.

          En este caso se han desatado una suerte de teorías de la conspiración, ya que dos días antes, el amigo y vicepresidente millonario de Mike resultaba muerto en un atropello mientras caminaba por su ciudad tranquilamente. Da para argumento de novela, sin embargo, las imágenes del hundimiento del yate dejan lugar a pocas especulaciones. En apenas un momento, una furia inmensa desatada en un lugar pacífico, destruye el velero de más de 50 metros de eslora con todo lo que había dentro. Solo la mano de un enrabiado Neptuno es capaz de tanta destrucción.

          Nos enseña la vida de este modo tan cruel que no solo los pobres o fulanos de a pie, como un servidor, están expuestos cada día a un evento catastrófico: enfermedad repentina, accidente o carambola del destino. Pensaba esto porque, y no es falsa modestia, casi que prefiero una travesía más modesta y un ataúd de madera cuando me llegue la hora. Y, sobre todo, que cuando ese momento llegue nadie más, y mucho menos mis seres queridos, se vean arrastrados conmigo a la sima del infortunio. Descansen en paz todos ellos.          

El último de la cola

          Mi primer recuerdo de las colas como fenómeno de personas en fila y esperando algo es de 1992. Para mí, antes de esa fecha, las únicas formaciones parecidas que había visto o de las que había formado parte fueron en el servicio militar. Una obligación cumpliendo órdenes de unos tipos que mandaban más que otros. Después de eso, como ya digo, no volví a ver el fenómeno hasta la Expo92 de Sevilla. Por aquel entonces, yo vivía en Madrid en la avenida de Burgos, y aluciné al ver por televisión a tanta gente que pasaba horas al sol para entrar en algún pabellón de cualquier país remoto.

          Desde entonces, no he tenido más remedio que comerme muchas esperas. Fenómeno que ha ido creciendo hasta alcanzar los límites del absurdo. He tenido que soportar de todo: el tipo con olor a zorruno delante mía, la halitosis de la señora de atrás soplándome en la nuca, las conversaciones que en nada me interesaban, algún pisotón o codazo e incluso el intento de colarse de los inevitables listillos de turno. Las colas deberían estar prohibidas por denigrantes e impropias de una sociedad moderna. Sin embargo, vamos a peor.

          Hoy esperar no es un imprevisto o una anécdota, sino la norma para todo. Esperamos hasta por teléfono y, además, porque nos lo dice una grabación después de pastorearnos por el teclado marcando con el dedito lo que nos indica. A mí me pasa, cada vez que llamo a cualquier compañía de servicios, que me siento como el sobrero al que los monosabios conducen a golpe de vara hacia los chiqueros. Una suerte de ganado humano cuyo tiempo no es valioso. Al que se le puede incluso cortar la comunicación después de diez minutos de musiquita enlatada, dejándolo con un palmo de narices.

          Pensaba esto porque he oído en alguna parte que para visitar ciertas ciudades, como Venecia, habrá que avisar con semanas o meses de antelación. Se trata de un sistema que consiste en coger cita, como para ir al dentista, y de que la autoridad competente (o no) diga: puede usted venir el jueves a partir de las cuatro de la tarde y largarse por donde ha venido el viernes a mediodía. Me imagino el descojone de las mafias que manejan a esa pobre gente con destino a los países europeos como Italia. No los veo, la verdad, gestionado en modo: para el miércoles no puede embarcar en el cayuco, hay overbooking en Venecia, o no me quedan entradas para esta semana.

          Un par de años después de la Expo del 92, El último de la fila ya se rebelaba contra las colas y nos cantaba: si tengo ganas de bailar para qué voy a esperar… llévame al cine y a comer un arrocito a Castellón». Poco podía imaginar Manolo García, por aquel entonces, que hoy hasta para comprar las palomitas antes de la película y, no digamos ya, para reservar una mesa, habría que hacerle honor al nombre de su grupo musical.   

 

Huele a verano

          Dicen que los seres humanos al nacer identificamos a nuestra madre gracias al olfato. Cuando aun no nos alcanza para realizar identificaciones basadas en el entendimiento o la experiencia, usamos este sentido para conectar con quien nos ha dado la vida y nos ha puesto en este mundo. No lo pongo en duda, de hecho, lo doy por cierto.

          Muchos hemos creído durante largo tiempo, al menos es mi caso, que el paladar es el sentido que nos conecta con los placeres de la vida: con aquello que comemos y bebemos y que tanta necesidad vital representa para las personas y tan buenos momentos nos aporta, además de alguna desagradable sorpresa. Sin embargo, sin el olfato poco disfrutaríamos por muy exquisitos manjares que nos sirvieran.

          Una buena parte de los placeres que hoy me puedo permitir se deben a muchos de mis recuerdos retenidos por el olfato. La mayoría de ellos están anclados en mi memoria gracias a esas sensaciones. Ahora, cuando llega el verano, a poco que haga un mínimo de esfuerzo puedo revivir estíos de mi juventud. Sobre todo, porque puedo traer aquel olor a sal y a mar perfumado por los pinares y naranjos de la costa de Huelva.

          Los veranos huelen a agua salada, a aceite de coco, a levadura de cerveza, al humo del carbón de las barbacoas y huelen a sardinas asadas. Huelen a ilusiones tempranas y amoríos pasajeros, y huelen a desilusiones y desencuentros. Pero, sobre todo, huelen a energía y ganas de vivir cada momento bañados por el sol y acariciados por la brisa cálida al anochecer.

          Aun puedo sentir a mi madre a través del recuerdo de su olor. Recuerdo, sobre todo, como olían sus alegrías y sus tristezas, su esfuerzo y sus escasos triunfos y recompensas. Recuerdo que alguna vez me llevó de la mano en alguna playa ya lejana. Y recuerdo que mañana hará 93 años que ella, si viviera, recordaría aquel verano en que pudo oler a su madre por primera vez.   

           

         

Ese lector

         Ese lector que de repente sale de la nada y se materializa en una feria del libro es el objetivo del escritor. Ese lector para el que todo escritor escribe sin conocer; sin saber dónde vive; a qué se dedica o qué le motivará para comprar un ejemplar del libro. El miedo de los escritores suele ser que ese lector no exista. Ni siquiera uno, y que todo el esfuerzo realizado, en realidad, sea solo un ejercicio individual cuyo resultado se comparte con un par de amigos y algún sparring familiar. 

          Las ferias del libro, como la de Madrid que esta semana se está celebrando con enorme éxito de público, es una de esas ocasiones en las que puede ocurrir que aparezca ese lector. Después de los nervios, preparar la entrevista, haber hecho lo posible por dar difusión al evento en las redes sociales y afilar la pluma, llega el día y la hora de la firma. A un servidor le tocó el viernes día 3 de junio a las 19:45, en la caseta de Lantia Publishing, poco después de ser entrevistado por J.D en Publishers Weekly, un tío amable y simpático de Cádiz.

          A mí, como imagino le ocurre a muchos de los nuevos en este mundo, ya me habían confirmado la asistencia algunas personas conocidas y algún familiar, lo cual me aliviaba la angustia de verme, quizá, allí solo como un monigote suplicante viendo pasar los rostros de los visitantes por delante de la caseta. Sin embargo, ocurrió lo inesperado. 

          A las 19:45 en punto, apenas me había acomodado en la silla, apareció de la nada ese lector. Con mi novela en la mano y aspecto de haber sido muy sobada. Un chaval de unos veintitantos años. Y exclamó: ¡Por fin!… Ya pueden imaginar mi sorpresa. Reconozco que lo primero que pensé fue: «vaya, no va a comprar el libro porque ya lo trae». Pero, lo que ese lector me contó, fue mucho mejor. Había comprado la novela cuando se publicó en el verano del pandémico 2020, y  en la feria del libro de septiembre del año pasado, me había buscado y había preguntado por mí por toda la feria para que se la firmara. Que se había convertido en una novela de referencia para él y otros compañeros de criminología de una conocida universidad madrileña, y que estaban metidos en ella y en el estudio de las sectas. Imaginen mi cara de pasmo y agradecimiento.

          Ignoro cuántos como ese lector de mi novela puede haber. No sé cuántos Daniel, así dijo llamarse y así le firmé su ejemplar añejo, andan enredados entre unas páginas y unos personajes que inventé y escribí para él y otros como él o ellas a las que no conozco. Por suerte, después de Daniel continuó un modesto goteo de firmas y visitas, incluyendo alguna colega escritora, que hicieron de ese rato algo emocionante. Pero, que en mi primera experiencia en una feria del libro me haya aparecido ese lector, para mí, lo cambia todo. Gracias, Daniel. 

Gente luminosa

          Me gusta El Arrebato, no el mío, sino el de la gente luminosa. Se llama Francisco Javier Labandón Pérez y es un músico como la copa de un pino y, además, sevillista. Es un tipo gracioso, fácil de trato, simpático y en las entrevistas brilla con luz propia. Uno de sus últimos éxitos es un tema titulado «Gente luminosa».

           Yo creo, personalmente, que para escribir y componer una canción tan llena de energía positiva hay que ser diferente. «Me quedo con quien me cuida, me quedo con quien se queda, a pesar de todo». Desde el principio, el tema va de mensajes cargados de agradecimientos a esa gente buena con la que uno tropieza en la vida.

          Esta será la semana grande de la gente buena en la Feria del Libro de Madrid. Por allí pasarán cantidad de autores, con sus ilusiones y sus libros bajo el brazo camino de alguna caseta con la esperanza de conocer algún lector. Un amigo mío me dijo hace un par de días cuando le anuncié que firmaría el próximo viernes día 3 de junio: «mucha mierda». Se lo agradecí, pero confieso que no es una frase que me agrade. La había oído antes entre la gente del cine y del teatro, pero no tanto en el mundo de las letras. A pesar de que en este negocio, como en cualquier otro, no hay manera de evitar pisar alguna mierda donde menos te la esperas. 

          «Me quedo con quien se alegra más que yo si tuve un golpe de suerte» dice el interprete en su letra, y eso sí que es complicado de encontrar. Los dos años y pico de pandemia han hecho estragos en muchas familias, negocios, proyectos y, por encima de todo, en muchas cabezas. En algunas para iluminarlas con nuevos caminos. Decía un colega mío que la pandemia ha sido un gran director de innovación que nos ha obligado a reinventarnos. Desgraciadamente, a otras cabezas las ha dejado con las neuronas colgando. 

         «Pero que guapa es la gente luminosa. Me quedo con quien enciende bombillas en mi camino». Ese es el espíritu positivo que deseo encuentren todos los colegas que vayan al maravilloso parque de El Retiro, con sus ilusiones y el fruto de mucho trabajo y esfuerzo, de interminables horas de elaboración artesana en soledad y silencio. Ahora tocan las luces amigos míos, y os deseo como suele decirse: Mucha suerte.