Círculo de Lectores

          Trajinaba yo en el verano del 82 entre un curso de bachillerato y el siguiente tratando de embolsarme algunas pesetas. Tenía edad legal para trabajar, aunque creo recordar que en aquella época las leyes laborales eran mucho más laxas que ahora. La tasa de paro de aquel año según la EPA era del 16% en general, y casi del 50% en menores de 20 años. Más o menos, la misma que ahora 40 años después si descontamos los trucos del almendruco.

          Ya fuera cosa del destino o de vaya usted a saber, supe de un anuncio en el que buscaban vendedores para el Círculo de Lectores y allí que me encajé. Logré el puesto sin contrato, lógicamente, y a comisión por conseguir nuevos socios para aquella revista de la que cada mes había que comprar un libro o un disco, o quizá dos, si no recuerdo mal. Suscribirse costaba 200 pesetas, y yo el primer mes cobré de comisiones 8.000 pesetas. Es decir, que tuve éxito, y enganché a un montón de gente para aquella empresa.

          Muchas de las familias, de barrios humildes, que se encontraban con un chaval de 17 años en la puerta, de verborrea facilonga y descaro sin cuento, me miraban desconcertadas. Algunas madres me señalaban varios churumbeles que se arremolinaban agarrados a sus piernas moqueando, y me decían que a ver cómo se las apañaba ese día para hacerles el bocata. Eran tiempos muy duros, en una España todavía con niveles de desarrollo alejados del resto de países de una Europa en la que todavía no habíamos ingresado.

          Yo me debía a mi trabajo y quizá por eso, ignorando las necesidades que me señalaban los posibles clientes, les hacía ver que leer era la mejor inversión para sus hijos. No mentía. Aunque mi argumento como es lógico era interesado y, casi seguro, inoportuno. Vi muchas veces como algunos padres y madres rebuscaban en cajones las monedas o renunciaban entre gestos de resignación a la litrona de ese día. Yo me llevaba mi contrato. No me arrepiento. Hoy sé, aunque no lo vea, que he llenado de libros muchas casas humildes de Sevilla. 

          Leer en aquellos años era casi la única diversión posible, además de escuchar música o fabricar niños. Hoy, la oferta de ocio es tan abrumadora que leer solo es una opción entre plataformas digitales, cientos de canales de música, podcast, porno en internet y bulos en cascada. Quizá por ese motivo no nacen apenas niños, en pocas casas hay ya una biblioteca junto a una chimenea para las horas de lectura, y nos tragamos como si fueran pipas los programas basura de chismes e indignidades sin cuento. Sé que muchos de aquellos libros siguen existiendo, y que muchos de aquellos niños y niñas que vieron entrar libros en sus casas hoy se acuerdan de ello. Lo sé, porque algunas hoy mujeres lectoras me lo han contado, las vueltas que da la vida. A todas ellas, mi gratitud con afecto. 

Malotes y malotas

          A mí, personalmente, con lo que me ha llovido encima me la soplan en fila de a dos los malotes y las malotas. Sin embargo, aunque solo sea por una cuestión de higiene mental, no puedo dejar de opinar sobre la insistencia de las modas entre los guionistas e inventores de historias. Una forma de operar que no es nueva, ni mucho menos, pero que satura hasta peligrosos niveles de hartazgo y que, quizá, no sea tan inofensiva como una simple canción.

          Nos hemos comido ya un par de millones de libros, pelis, chupi docus y demás acerca de la mujer maltratada y luego empoderada, super talento, genia donde las haya que escapa de las garras del machista malo malísimo, cabrón, abusador, borracho y perdedor y de todo lo peor y por su orden. Así, de manera genérica y sin distingos. Y…, ahora que la marea amaina, toca subir a los cielos a los narcos y las narcas. No sé si como ejemplo para los bachilleres que no tienen claro qué estudiar, o por simple sevicia de las productoras. 

          No hay canal que no tenga entre sus series favoritas unas cuantas sobre delincuencia organizada y criminales. Hasta aquí todo sería normal, son situaciones habituales, por desgracia, en el mundo en el que vivimos. Pero eso sí, presentados como ganadores. Los narcos y narcas de las series son guapos y guapas, viven en mansiones maravillosas y asisten a fiestas lujosas, y se enamoran y chingan como perros y perras en sitios maravillosos. Tienen incluso su descendencia que llevan a coles privados de élite junto con los hijos de los gobernantes progres, y hacen dieta sana y vegana. Son, por así decir, un ejemplo de vida a seguir.

         Se contrapone a ese modelo idílico el policía greñudo o con pinta guarra de no dormir y no afeitarse, fumador y bebedor, por lo general separado por su culpa, obviamente, y con problemas familiares por no pagar la pensión. Además, como es lógico, tiene la amenaza sobre su cabeza de perder la placa por hacer algo inconstitucional para detener a los malotes y malotas. A todos nos queda claro que no es un tipo (siempre hombre) que sea de fiar.

          Este patrón, que se repite ad nauseam, se deja muchos pelos en la gatera. Y lo que es peor, no se hace en su relato el menor cuestionamiento a los cuquis narcos y las cuquis narcas. Casi, doy por sentado, que viendo una de estas repetitivas series dan ganas de no estudiar una carrera universitaria. ¡Ojo! Que yo soy de los que defiende la libertad de argumento en la ficción, pero lo que no tengo tan claro es que los empresarios que compran y distribuyen la misma mierda una y otra vez estén haciendo bien su trabajo, por una simple razón: vista una, vistas todas. 

En tierra hostil

          Nos empeñamos en construir un mundo hostil y sospecho que, lejos de otras paranoias y teorías de la conspiración, es fruto simple y llanamente de la gilipollez que nos envuelve. Hay gilipollas fabricando cosas que llegan a nuestro entorno y tenemos que aceptarlo, como aceptamos a un familiar agregado aunque sea un par de veces al año, o al soplagaitas del fontanero metido a camarero que nos quiere dar clases de enología.

          Hace años las cabinas telefónicas, como aquella en la que José Luís López Vázquez se quedó encarcelado en 1972, lo normal es que se quedaran con las pesetas y no funcionaran o que, en el mejor de los casos, te sisaran el cambio. A veces no había más remedio que reclamar la pasta a golpes y patadas y, aun así, lo habitual era que el engendro se quedara con las monedas. No me extraña la saña con la que algunos se despacharon con aquellas trampas. 

          Pensaba esto porque ayer cometí el tremendo error en un hotel de Madrid de tratar de comprar una botella de agua en uno de esos engendros de vending. Dícese de una máquina supuestamente avanzada en tecnología que vende agua a precio de tinto Ribera del Duero reserva. Pero había sed y meter el careto en el lavabo para beber a gañote del grifo me cuesta, aunque no dudo que es hacia donde nos llevan, si no a algo peor. 

          Metí un billetito inocente de cinco pavos por una rendija que me lo escupió unas veinte veces en modo primero te voy a tocar los huevos, que sé que tienes sed. Luego, una vez decidió aceptar la pasta me devolvió los 2,20 euros en ridículas monedas de 10 céntimos. Resultado: saturó el monedero de tal modo que no se podía abrir para recoger mis preciadas monedas. Otra pelea, y algunos empujones a la maquina ante la atenta mirada del segurata y la recepcionista. Decidí entonces recoger primero la botella y, otra pelea, al meter la mano en una trampilla o especie de portón negro con muelle me atrapó hasta el codo con ánimo de cortarme el brazo para impedir que sacara la botella de agua a precio de Pesquera.

          Me consideré en tierra hostil y, haciendo un alarde de la paciencia que no tengo, hablé con el segurata y la recepcionista: «o hablan ustedes con la maquinita, les dije, y me dan mi agua y mi dinero o aquí se va a liar la mundial y le pego fuego al hotel» (Se me fue un poco el ímpetu y las ganas de matar). Accedieron, no obstante, a la mediación. Llaves de por medio y apertura de la traidora máquina y otras operaciones impidieron el desastre y mi perdición. Yo me pregunto: ¿De verdad tenemos que construirnos un mundo rodeado de tantas mierdas que nos hagan la vida tan antipática ?

¿Te concentras?

          Concentrado es un término que acabará aplicándose tan solo a las pastillas de caldo de pollo, de carne o de verduras. Yo no las uso en la cocina, porque tengo entendido que básicamente son un trozo de sal con colorantes y productos químicos para dar sabor. Eso no me mola nada. A mí el concentrado que me gusta es el que se reduce a fuego lento.

          Pasa lo mismo con las actividades culturales, entre ellas la lectura pero no solo, el concentrado auténtico tiende a desaparecer porque los paladares intelectuales queman los contenidos cada 7 segundos: el tiempo medio que dedican las nuevas generaciones a cada video en Tistó, como dicen en mi pueblo a esa red social donde los chinos se están haciendo con los datos de todo quisque para luego pasarlos por la picadora y hacer dinero.

          Pensaba esto porque ayer tuve la suerte de conocer el maravilloso Museo de las Letras en la localidad de El Pedroso, en la sierra de Sevilla, donde una amiga que trabaja en ese lugar, Carmen Pili, nos enseñó a un grupo de lectoras de El Club de Lectura Sevilla y a un servidor, las maravillas histórico culturales (réplicas), que allí se encuentran. Echaba ella de menos, y con toda razón, que no asistan más colegios de primaria y secundaria a conocer ese templo de letras.

          Debe ser que los profes de hoy asumen que la cultura se consume en pastillas concentradas de caldo de contenidos dudosos, cuando no directamente escupibles. Quizá por ese motivo los chavales nada más saborear unos segundos el engrudo enlatado en la pantalla lo regurgitan dando paso al siguiente, acaso más vomitivo que el anterior. Deberíamos reflexionar en el modo en el que atrofiamos la papila neuronal de las nuevas generaciones.

          Por suerte, tras la visita pudimos degustar unas salsas concentradas como las de antes, como se escriben y se leen los libros, a fuego lento. Con conversaciones amenas, con pensamientos elaborados, de esos que hacen que la compañía como la de ayer, se vuelva tan gustosa como un buen plato o una obra bien escrita y leída. Cosas que perduran en la memoria.

          

Donde habita la verdad

          Alguna vez he hecho mención al concepto de sociedad líquida, creado por el sociólogo ya fallecido, Zygmunt Bauman. Y también al juego que sigue dando su teoría si la aplicamos a diversas cuestiones relevantes como la verdad o la ficción, la percepción de la realidad o la versión interesada que nos venden con frecuencia quienes, precisamente, menos creen en la verdad y más interesados están en convertirla en algo líquido e interpretable. 

          Hace unos años se puso de moda aquello que se llamó la postverdad, que venía a ser el anticipo del punto en el que nos encontramos hoy. En resumidas cuentas, la verdad no era lo que veíamos y tocábamos o comprobábamos personalmente, la verdad pasó a ser el relato. Lo que quien quiera que estuviese interesado en deformar o inventar una realidad alternativa e interesada tuviera la ocasión de hacerla pública. Hoy es lo habitual. Seguramente, habrá oído usted de escándalos que harían caer gobiernos que, como por arte de magia, desaparecen del debate y la información pública y son sustituidos por otros más convenientes a quien tiene el poder.

          Pensaba esto porque más allá de la postverdad, en lo que hoy podríamos llamar la cotidiana mentira, existe el mundo de la ficción y sus personajes, que como defiende Umberto Eco, son una verdad no sujeta a interpretaciones. Sus identidades son incuestionables. Dice Eco en su libro: Confesiones de un joven novelista.  

 «En la vida real no estamos seguros de la identidad del Hombre de la Máscara de Hierro; no sabemos realmente quién fue Kaspar Hauser o si Anastasia Nikoláevna Romanova fue asesinada con el resto de la familia real rusa en Yekaterinburg o sobrevivió. En cambio, leemos las historias de Arthur Conan Doyle estando seguros de que, cuando Sherlock Holmes se refiere a Watson, designa siempre a la misma persona, y que en la ciudad de Londres no hay dos personas con el mismo nombre y la misma profesión». Watson es una verdad más allá de cualquier duda razonable.

          Por eso, ahora que nadamos en la abundancia de la manipulación más descarnada, que hemos alcanzado una realidad en la que la mentira es moneda de valor en alza y curso legal, que además se puede practicar con impunidad, de forma pública y sonrisa en los labios sin miedo al reproche o repudio social, nos queda la ficción. Ese mundo en el que las identidades creadas son auténticas, únicas, irrepetibles e inmunes a la manipulación interesada de quienes construyen mentiras y las venden como realidades.  

TIA: Tonta inteligencia artificial

          No deja de sorprenderme lo inteligentes que son los motores de rastreo en la red, la IA y los algoritmos de identificación de preferencias según mis movimientos internautas. La habilidad extraordinaria que tiene la tecnología para conocerme, identificar mis gustos  y preferencias, o mis desviaciones inconfesables e incluso adyacentes a las más peligrosas conspiraciones. Todo lo que hago deja un rastro virtual que me delata, me descubre y me deja con la patas colgando.

          Ayer, sin ir más lejos, comencé a recibir anuncios y sugerencias para alquilar un trastero guardamuebles en Oxford (UK), después de que media hora antes me ofrecieran un apartamento de lujo en Oxfordshire a un precio de ocasión. Incluso me llamó una amable comercial, que en inglés y con afectada voz británica, deseaba ampliarme información sobre inversiones en la zona. Mantuvimos una breve conversación sobre las bondades de la vida en Headington, y las peculiaridades de sus famosos pubs.

          Hará algo así como un mes comencé a recibir ofertas y notificaciones acerca de yates en venta en Coral Gable (Miami), con fotografías de auténticas maravillas. Se ve que, de momento, lo único que el Big Data y la IA no han logrado situar en su punto correcto es el nivel de mi patrimonio, que ni de lejos, alcanzaría todo junto para un yate de lujo. Me complace que se me tenga en consideración, no obstante, por si en algún momento me toca la mano de la diosa fortuna.

          Pensaba esto porque se me ocurrió lo divertido que es engañar a la máquina. Digamos que basta con dejarles las miguitas de pan en un camino alejado de nuestros intereses. Las palabras introducidas en los buscadores tienen el sonido de las notas de la flauta de Hamelin. En la tele ocurre lo mismo, y según vas eligiendo canales en Netflix, por ejemplo, las guardan en el histórico para ofrecer lo que según ellos te gusta ver. Si alguien quiere gastar una broma que use el perfil de su pareja cuando no esté en casa y ponga películas porno. Así tendrá un motivo para pedirle explicaciones la siguiente vez que entre en su perfil para ver una peli juntos y le sugieran a Manolo el Mandinga con un nivel del 100% de match.

          Yo me lo paso bien mientras escribo algún capítulo nuevo de mi próxima novela. Navego como hacen la mayoría de escritores por los escenarios reales donde se desarrolla la acción. Visito restaurantes, busco extravagancias que son del agrado de mis personajes  por cualquier parte del mundo. Luego dejo de escribir y ya veo a esa inteligencia artificial con sus super poderes preparándome la oferta de productos y servicios que algunos incautos van a pagar para ofrecerme su publicidad en el escritorio de mi Mac.     

           

El factor X. Serie de post «the missing link» 4.

          El factor X podría ser el nombre de una nueva crema cosmética sin ningún problema. Una de esas que por 100 euros la ampolla promete rejuvenecer el cuero envejecido de los bolsillos mejor acomodados. Recuerdo, hace quizá unos 10 ó 15 años, en el aeropuerto de Singapur, los precios de una conocida marca de cremas milagrosas para el cuidado del rostro. Tuve la sensación de que el precio, en realidad, lo marcaba el envase de lujo y la parafernalia que lo envolvía al margen de las supuestas bondades del potingue.

          Sin embargo, como ustedes saben yo no me dedico a la cosmética, por eso el Factor X al que me refiero es algo muy distinto a las cremas o los shows televisivos. Que su apellido sea el símbolo que usamos para nombrar una incógnita no es casual. La únicas certezas de las que disponemos son su existencia y el hecho de que cada vez podría estar más cerca de convertirse en una problemática realidad sanitaria a escala global. Entre las muchas amenazas del ecosistema que acechan a la especie humana, el Factor X puede ser un verdadero cisne negro.

          Hoy vivimos en un ecosistema que poco tiene que ver con el existente en la época de los denisovanos hace 50000 años. Unos primos de los Neardentales, según publicó la revista Nature en 2010, cuyos últimos vestigios fueron encontrados en una cueva en Denisova, en Siberia. Si bien es cierto que coincidieron en el tiempo con el Homo Sapiens, no prevalecieron. Lo que no es de extrañar dado que en plena era glaciar las condiciones de vida por entonces no debían propiciar un futuro alentador.

          Se desconoce si la causa de su desaparición se debió, precisamente, a nuestros primeros descendientes. Después de todo, el ser humano que hoy somos ha prevalecido colonizando el planeta y sus recursos y eliminando las alternativas que presentaban otras especies competidoras. En esto somos tan animales como cualquier otro ser vivo. Lo que desconocemos hoy es el riesgo que conlleva la fauna viral y microbiana que también quedó enterrada en el frío siberiano de entonces. 

          Sea como fuere, ahora estamos desenterrando restos fósiles gracias a un clima que derrite capas de hielo de aquella época. Estamos encontrando pequeños restos de huesos de aquellos habitantes del planeta de un tiempo remoto. Y convendría considerar la incógnita que nos proporciona la existencia del Factor X, y si su aparición nos sumirá a la humanidad actual en un largo período de hibernación. Como todo el mundo sabe la curiosidad mató al gato.

El club de los sueños cumplidos

          En pocos lugares como en un club de lectura se vive la magia de los sueños cumplidos. Ayer, después de la escena final del encuentro se apagaron los focos, cayó el telón, cesaron los comentarios, y quedaron apaciguados los ánimos. Fue el momento de la verdad. Como ocurre en el teatro, en las tramoyas la ficción se revela y no se conforma con ser un invento del autor. Al contrario, se hace presente y como el famoso protagonista de madera de Carlo Collodi, lucha por alcanzar su alma de niño para ver cumplidos sus sueños.

          Collodi es una hermosa localidad de la Toscana en Italia. Allí hay un precioso parque dedicado a Pinocchio, la obra mundialmente conocida del escritor florentino Carlo Lorenzini que es su verdadero apellido. Ayer sábado, decía que en el primer aniversario del Club de lectura Sevilla, recibimos a Aldo Ares, un escritor argentino enamorado de Florencia. La obra que nos trajo: «El nieto del misionero». Un original artefacto literario repleto de pinceladas y anécdotas del Renacimiento. Sala llena, y una generosa participación de las nuevas incorporaciones a quienes aprovecho para expresarles una afectuosa acogida.

          Paso a paso, aprovechamos para dar un singular paseo partiendo de la Piazzale Michelangelo, era visita obligada la vista de la ciudad desde ese punto. Prendados del Duomo hicimos una incursión de la mano de personajes como Michelangelo, Savanorola, Leonardo o Los Medici, entre otros, por los vericuetos de las calles florentinas. Asistimos a alguna ceremonia inquisitorial y analizamos el papel de la Iglesia y sus papas en la época. Mientras caminábamos también nos llegó algo de música de reguetón, y el olor a horno de leña donde se preparaba la pasta para degustar con los caldos de la Toscana.

              Al final de la caminata, un poco cansados y acalorados hicimos una parada en el camino. Fue el momento de la tertulia más distendida, donde por aquello de tener presente nuestros orígenes, nos despachamos una paella junto con otras viandas. Que fácil fue entonces descubrir las ilusiones de quienes escriben o aspiran a hacerlo, de quienes leen y disfrutan con los mundos creados por los autores y del encuentro entre unos y otros.

             Mientras observaba la escena pensé que el Club de lectura Sevilla, que cumplía su primer aniversario, era también el Club de los sueños cumplidos. Desde la nada a una iniciativa que ya toma cuerpo. Y para celebrarlo, habíamos viajado a Florencia de la mano de Aldo Ares, hicimos de la ficción la virtud de sentirnos en las vidas de otros y en otro tiempo. La literatura es, ante todo, un lugar de encuentro atemporal en el que es posible crear una burbuja mágica en la que pasar unas horas aspirando a dejar de ser un muñeco de madera.   

          

El bricolaje de Macgyver

          Cuando yo era un chaval se puso de moda el bricolaje de MacGyver, un personaje protagonizado por Richard Dean Anderson. Un agente de inteligencia de la fundación Phoenix en una de las series más famosas de los años ochenta. MacGyver se dedicaba a ayudar a los buenos y acabar con los malos, por lo que el argumento no era muy disruptivo ni siquiera para la época. Lo que sí llamó la atención fue el método para conseguirlo.

          MacGyver lo mismo arreglaba un agujero en el ala de un avión con un chicle masticado, que fabricaba un artefacto explosivo para volar una cerradura con una caja de cerillas y un trozo de plastilina. Lo sorprendente de cada capitulo eran dos cosas: la primera, que siempre tenía una ocurrencia disparatada a mano y, la segunda, que con un par de miradas alrededor encontraba los elementos necesarios para llevarlo a cabo. Y funcionaba, para hacer las delicias de sus millones de espectadores por todo el mundo.

          Recordaba esto porque ando metido en materia de pequeñas reformas y acondicionamientos. Lo típico después de una mudanza. Soy consciente de que las minucias (colgar cuadros, cortinas, ajustar alguna madera rebelde etc) es un servicio «manitas» que se ofrece por Internet. Sin embargo, me parecía un oficio tan anodino, que incluso yo podía arriesgarme imitando a MacGyver con algunas de esas tareas domésticas. Craso error.

          A mi alrededor hay cosas, quizá demasiadas, pero no es fácil encontrar un simple taco para la pared que coincida en grosor con algún tornillo y ambos con la broca de la taladradora. Es una fórmula matemática imposible. Y no digamos ya que el destornillador (ahora siempre son de estrella) no sea demasiado grande o pequeño. Lo habitual es lo contrario. Para mí colgar un cuadro es sinónimo de frustración, martillazo en un dedo de la mano y, posiblemente, un pie jodido al golpearme descalzo con la escalera plegable de metal.

          Mundo aparte es lo de colgar cortinas. Si mis aspiraciones de parecerme a MacGyver acaban con un simple taladro en la pared, lo de las cortinas me recuerda al Apolo XIII: «Houston, tenemos un problema». No sé que habría sido de mí de haberme visto en aquella mítica nave camino de la luna. Chorreando oxígeno a todo meter, con menos luz que en el callejón del gato negro y tirando de envoltorios de chocolatinas para arreglar el quilombo. No sé cuantos grandes pasos habría dado después la Humanidad, pero yo no creo que hubiera dado ninguno más. 

Samarcanda y la fatalidad

          Leía esta semana en las clases de literatura que impartió Julio Cortazar en Berkeley, un relato de origen persa que, según parece, inspiró al novelista norteamericano John O`Hara para su obra «Cita en Samarra». Una historia muy conocida sobre la fatalidad que ha sobrevivido hasta nuestros días. La muerte, en definitiva, tiene una cita con cada uno de nosotros, y no importa donde nos escondamos o lo lejos que huyamos. Acabará encontrándonos según está en la agenda del destino.   

          Pensaba en ello cuando, de forma inevitable como para la mayoría de personas con acceso a una televisión o a Internet, me llegó la trágica e insólita noticia del Titán. Primero, lo descabellado de la misión: cinco personas empeñadas en descender, en una especie de cachalote hueco de metal y fibras, al abismo donde duermen desde hace más de cien años los restos del Titanic. Un coloso de la ingeniería de primeros del siglo XX, con lo más representativo de nuestra especie: la riqueza, la pobreza, las ambiciones y las esperanzas, el amor, la traición y, como viene siendo habitual, la desgracia y la muerte.

          Cinco peculiares individuos, que uno no sabe bien si eran exploradores o turistas, o habían sido avisados, como en la historia de Samarcanda, de que la muerte les andaba buscando y trataron de huir a lo más profundo del planeta. Pagaron por ello una cifra millonaria, por un pequeño espacio cerrado con el oxígeno suficiente para despistar a la parca y volver a subir a la superficie sanos y salvos. Una vía de escape que no está al alcance de casi nadie.

          No sabremos nunca si alcanzaron su destino ni si lograron ver los restos del pecio en descomposición. Si pensaron, que allí camuflados entre los restos de más de mil vidas, a la muerte no se le ocurriría volver a mirar donde ya estuvo con tantos para encontrar a tan pocos. Nunca sabremos, en fin, si el dinero entregado para el billete de ida no era, después de todo, sino las monedas exigidas por Caronte para cruzar a salvo al otro lado.

          La muerte, además de igualarnos a todos, juega con ventaja. Sabe más que nadie de matemáticas, y eso es algo con lo que hay que contar. No solo puede desplazarse a gran velocidad de un lado a otro por el mundo, surcar valles, escalar al Everest o sumergirse en lo más profundo del océano. También es paciente. Quizá por ese motivo, el 12 de abril de 1912 después de contar con los dedos de un mano se dijo: «voy a descansar un rato, que aún me faltan cinco que llegan con retraso».