Círculo de Lectores

          Trajinaba yo en el verano del 82 entre un curso de bachillerato y el siguiente tratando de embolsarme algunas pesetas. Tenía edad legal para trabajar, aunque creo recordar que en aquella época las leyes laborales eran mucho más laxas que ahora. La tasa de paro de aquel año según la EPA era del 16% en general, y casi del 50% en menores de 20 años. Más o menos, la misma que ahora 40 años después si descontamos los trucos del almendruco.

          Ya fuera cosa del destino o de vaya usted a saber, supe de un anuncio en el que buscaban vendedores para el Círculo de Lectores y allí que me encajé. Logré el puesto sin contrato, lógicamente, y a comisión por conseguir nuevos socios para aquella revista de la que cada mes había que comprar un libro o un disco, o quizá dos, si no recuerdo mal. Suscribirse costaba 200 pesetas, y yo el primer mes cobré de comisiones 8.000 pesetas. Es decir, que tuve éxito, y enganché a un montón de gente para aquella empresa.

          Muchas de las familias, de barrios humildes, que se encontraban con un chaval de 17 años en la puerta, de verborrea facilonga y descaro sin cuento, me miraban desconcertadas. Algunas madres me señalaban varios churumbeles que se arremolinaban agarrados a sus piernas moqueando, y me decían que a ver cómo se las apañaba ese día para hacerles el bocata. Eran tiempos muy duros, en una España todavía con niveles de desarrollo alejados del resto de países de una Europa en la que todavía no habíamos ingresado.

          Yo me debía a mi trabajo y quizá por eso, ignorando las necesidades que me señalaban los posibles clientes, les hacía ver que leer era la mejor inversión para sus hijos. No mentía. Aunque mi argumento como es lógico era interesado y, casi seguro, inoportuno. Vi muchas veces como algunos padres y madres rebuscaban en cajones las monedas o renunciaban entre gestos de resignación a la litrona de ese día. Yo me llevaba mi contrato. No me arrepiento. Hoy sé, aunque no lo vea, que he llenado de libros muchas casas humildes de Sevilla. 

          Leer en aquellos años era casi la única diversión posible, además de escuchar música o fabricar niños. Hoy, la oferta de ocio es tan abrumadora que leer solo es una opción entre plataformas digitales, cientos de canales de música, podcast, porno en internet y bulos en cascada. Quizá por ese motivo no nacen apenas niños, en pocas casas hay ya una biblioteca junto a una chimenea para las horas de lectura, y nos tragamos como si fueran pipas los programas basura de chismes e indignidades sin cuento. Sé que muchos de aquellos libros siguen existiendo, y que muchos de aquellos niños y niñas que vieron entrar libros en sus casas hoy se acuerdan de ello. Lo sé, porque algunas hoy mujeres lectoras me lo han contado, las vueltas que da la vida. A todas ellas, mi gratitud con afecto. 

Malotes y malotas

          A mí, personalmente, con lo que me ha llovido encima me la soplan en fila de a dos los malotes y las malotas. Sin embargo, aunque solo sea por una cuestión de higiene mental, no puedo dejar de opinar sobre la insistencia de las modas entre los guionistas e inventores de historias. Una forma de operar que no es nueva, ni mucho menos, pero que satura hasta peligrosos niveles de hartazgo y que, quizá, no sea tan inofensiva como una simple canción.

          Nos hemos comido ya un par de millones de libros, pelis, chupi docus y demás acerca de la mujer maltratada y luego empoderada, super talento, genia donde las haya que escapa de las garras del machista malo malísimo, cabrón, abusador, borracho y perdedor y de todo lo peor y por su orden. Así, de manera genérica y sin distingos. Y…, ahora que la marea amaina, toca subir a los cielos a los narcos y las narcas. No sé si como ejemplo para los bachilleres que no tienen claro qué estudiar, o por simple sevicia de las productoras. 

          No hay canal que no tenga entre sus series favoritas unas cuantas sobre delincuencia organizada y criminales. Hasta aquí todo sería normal, son situaciones habituales, por desgracia, en el mundo en el que vivimos. Pero eso sí, presentados como ganadores. Los narcos y narcas de las series son guapos y guapas, viven en mansiones maravillosas y asisten a fiestas lujosas, y se enamoran y chingan como perros y perras en sitios maravillosos. Tienen incluso su descendencia que llevan a coles privados de élite junto con los hijos de los gobernantes progres, y hacen dieta sana y vegana. Son, por así decir, un ejemplo de vida a seguir.

         Se contrapone a ese modelo idílico el policía greñudo o con pinta guarra de no dormir y no afeitarse, fumador y bebedor, por lo general separado por su culpa, obviamente, y con problemas familiares por no pagar la pensión. Además, como es lógico, tiene la amenaza sobre su cabeza de perder la placa por hacer algo inconstitucional para detener a los malotes y malotas. A todos nos queda claro que no es un tipo (siempre hombre) que sea de fiar.

          Este patrón, que se repite ad nauseam, se deja muchos pelos en la gatera. Y lo que es peor, no se hace en su relato el menor cuestionamiento a los cuquis narcos y las cuquis narcas. Casi, doy por sentado, que viendo una de estas repetitivas series dan ganas de no estudiar una carrera universitaria. ¡Ojo! Que yo soy de los que defiende la libertad de argumento en la ficción, pero lo que no tengo tan claro es que los empresarios que compran y distribuyen la misma mierda una y otra vez estén haciendo bien su trabajo, por una simple razón: vista una, vistas todas. 

La manopla misteriosa

          Ocurre con el misterio de las letras, pero estoy convencido de que la manopla misteriosa anda por todas partes repartiendo suerte o guantazos sin ton ni son. Se desplaza de un lado a otro, y según le pille o le caiga aquel con quien se cruza le suelta un mandoble o una caricia sin ningún criterio. Es la versión más mundana del conocido dicho: «Que Dios reparta suerte», pero la manopla misteriosa lo que reparte son leches o abrazos según por donde pases y del día que te la cruces.

          Pensaba esto porque acabo de terminar de leer una celebrada novela de una muy renombrada autora internacional. Se trata de una historia distópica en un mundo donde las mujeres son más o menos esclavizadas y usadas como recipientes para tener hijos y por ahí van los tiros… Es una obra muy conocida. Terminé de leerla y pensé, si yo escribo esto y lo envío al listado de editoriales que conozco no solo no me contestarían, sino que es probable que alguna de ellas me denuncie por escribir una historia odiosa y absurda: razones suficientes para la condena al horno crematorio. Pero… se ve que el día que la autora envió el manuscrito la manopla estaba graciosa y le dio bola a la cosa.

          Estoy seguro, como decía al principio, que este efecto mágico de la manopla misteriosa no se da solo en las letras. He visto películas en el cine después de que me las hicieran pasar como obras maestras en la radio, la tele, y hasta en el vecindario que las glorificaba sin haberlas visto, y mientras las visionaba me daban ganas de prender fuego a la sala con la gente dentro. Como soy civilizado, en vez del atentado contra los inocentes espectadores me preguntaba, ¿pero qué le pasa a la peña para que comulgue con cada cosa que no hay por donde cogerla? 

          Me da a mí la impresión de que en esta vida hay un fuerte componente para el éxito y el fracaso que no depende directamente del individuo, o muy poco. Obviamente, para que a uno le toque la lotería es condición imprescindible que posea, al menos, un boleto. A partir de ahí el resto no está en su mano, creo yo. Como es lógico, no se puede ser un pintor exitoso si nunca se ha pintado nada, como no se puede aspirar a actor porno siendo un eunuco emasculado. Por suerte, la realidad todavía no se ha convertido en un engrudo de absurdos en el que nada es lo que parece y todo es relativo…., pero todo se andará. 

          Entiendo que conforme cumplo años quizá dejo de entender las nuevas realidades, a veces disfrazadas de simples carajotadas, y un plátano colgado en la pared en la prestigiosa feria de arte internacional contemporáneo conocida como ARCO me sigue pareciendo un plátano, por mucho que el tipo que lo pegó en el muro asegure que es una obra de arte. No sé, llámenme loco pero yo no trago, y ustedes si quieren pues lo pelan y se lo comen tan ricamente y, ya saben, para gustos los colores.   

¿Te concentras?

          Concentrado es un término que acabará aplicándose tan solo a las pastillas de caldo de pollo, de carne o de verduras. Yo no las uso en la cocina, porque tengo entendido que básicamente son un trozo de sal con colorantes y productos químicos para dar sabor. Eso no me mola nada. A mí el concentrado que me gusta es el que se reduce a fuego lento.

          Pasa lo mismo con las actividades culturales, entre ellas la lectura pero no solo, el concentrado auténtico tiende a desaparecer porque los paladares intelectuales queman los contenidos cada 7 segundos: el tiempo medio que dedican las nuevas generaciones a cada video en Tistó, como dicen en mi pueblo a esa red social donde los chinos se están haciendo con los datos de todo quisque para luego pasarlos por la picadora y hacer dinero.

          Pensaba esto porque ayer tuve la suerte de conocer el maravilloso Museo de las Letras en la localidad de El Pedroso, en la sierra de Sevilla, donde una amiga que trabaja en ese lugar, Carmen Pili, nos enseñó a un grupo de lectoras de El Club de Lectura Sevilla y a un servidor, las maravillas histórico culturales (réplicas), que allí se encuentran. Echaba ella de menos, y con toda razón, que no asistan más colegios de primaria y secundaria a conocer ese templo de letras.

          Debe ser que los profes de hoy asumen que la cultura se consume en pastillas concentradas de caldo de contenidos dudosos, cuando no directamente escupibles. Quizá por ese motivo los chavales nada más saborear unos segundos el engrudo enlatado en la pantalla lo regurgitan dando paso al siguiente, acaso más vomitivo que el anterior. Deberíamos reflexionar en el modo en el que atrofiamos la papila neuronal de las nuevas generaciones.

          Por suerte, tras la visita pudimos degustar unas salsas concentradas como las de antes, como se escriben y se leen los libros, a fuego lento. Con conversaciones amenas, con pensamientos elaborados, de esos que hacen que la compañía como la de ayer, se vuelva tan gustosa como un buen plato o una obra bien escrita y leída. Cosas que perduran en la memoria.

          

Epidemia de gurús

          Las epidemias de gurús son algo recurrentes. Salvando las distancias, son como las oleadas de la gripe y otros bichos oportunistas. Llegado el momento idóneo, cuando se dan las condiciones de temperatura adecuada, bajas defensas de la población general, y abundancia de posibles huéspedes, entonces aparecen a campo abierto y colonizan el cuerpo y la mente de sus víctimas. Es una dinámica que se da en todas partes, pero en España en particular con especial incidencia. No en vano, damos nombre por una cuestión de error de atribución a la famosa gripe española de 1918.

          Los gurús florecen como esos yogures de limón que nadie come, y que te los pegan junto a los paquetes de leche que todo el mundo compra. De ese modo, agazapados como lapas acaban escondidos en algún rincón del frigorífico, alertas al incauto desprevenido con un poco de hambre. Entonces, ¡Zas!, te lo encuentras en la mano, y cuando te descuidas ya tienes ese sabor ácido y químico del que no puedes desprenderte en toda la mañana.

          Pensaba esto porque hace unos años, cuando se puso de moda lo de enseñar a la gente común a hacerse millonaria con el trading (jugando a la bolsa como si fuera el Tetris desde casa), aparecieron infinidad de genios y gurús de los mercados financieros. Un amigo mío, me contó que sospechó algo al asistir un caluroso día de verano a un curso para hacerse ricos. El tipo que lo impartía, en Málaga, llegó diez minutos tarde empapado de sudor. Se acababa de bajar de una tartana sin aire acondicionado y había comido a la ligera un menú de 5,95 euros en el bar más perrero de la zona.

          Algo parecido ocurrió primero con el coaching, y ahora con los maestros de escritores de éxito. A los diez minutos de que alguien, hace unos 20 años, pronunciara por primera vez la palabra coaching, en España estábamos inundados de expertos en la materia por las esquinas de todas las calles físicas y virtuales. Incluso te regalaban cursos a distancia en Mercadona adheridos a los packs de yogures de limón. He conocido profesionales del mundo de la verdulería mutar de ese sector y hacerse gurú del coaching para terapia con caballos en un fin de semana.

          Ahora ocurre lo mismo con los genios de la literatura. Han surgido como setas porque saben que hay muchos futuros premios Nobel esperando. Los verás en IG, en Facebook, y probablemente en la puerta del super. Son quienes por unos cuantos miles de euros te enseñarán no solo a escribir bien, también a publicar en las grandes editoriales, a tener éxito como Pérez Reverte y deslumbrar al mundo con tu literatura. Todo gracias a los secretos que atesoran y que, en un magnánimo esfuerzo de generosidad, nunca han puesto en práctica para escribir ellos mismos una sola frase. 

La quema de libros

          La quema de libros de la historia reciente más conocida se produjo el 10 de mayo de 1933 en la Opernplatz de Berlin, durante los primeros años de la Alemania nacionalsocialista, más conocida como la Alemania NAZI. Durante la noche, de forma que el aquelarre iluminara la infamia como preludio de los tiempos oscuros que estaban por llegar durante los siguientes 12 años de gobierno, se quemaron las ideas que no comulgaban con una visión totalitaria que exigía la democratización de las instituciones, la socialización o la nacionalización de las grandes empresas.

          Llama la atención que semejantes acciones las llevaran a cabo no solo los zotes del nuevo partido, sino estudiantes universitarios de un país que siempre se distinguió por ser cuna de intelectuales en todos los ámbitos. Cuesta creer, que en aquellos primeros años del nacionalsocialismo, los gañanes y macarras que todo movimiento político cuenta entre sus filas, lograran convencer a las masas más formadas y mejor preparadas para que actuaran de aquella manera. De la cancelación de la cultura al genocidio solo quedaban unos cuantos pasos que, por desgracia, se terminaron por dar.

          Hemos visto este ansia por aniquilar la expresión cultural y relegar a la inexistencia del oponente ideológico de forma más cercana en el tiempo en Kabul, algo parecido a lo que en Roma se denominó «damnatio memoriae». Allí se erigían dos monumentales estatuas de Buda construidas en el siglo V. Los talibanes las devastaron después de 25 días con dinamita, disparos de tanques y cohetes. Es un mecanismo difícil de asimilar para una mente más o menos sana: la intención no de disentir de aquello que no se comparte, sino de eliminarlo del espacio incluido el tiempo pasado.

          Resulta tristemente desalentador como todavía hoy en las universidades españolas convive gente brillante con auténtica indigencia intelectual. Hay quien pretende derribar las estatuas de Cristobal Colón por genocida mientras admira el Acueducto de Segovia comiéndose un cochinillo a modo de Saturno devorando a su hijo. O quien pretende convertir la Plaza de las Ventas en un mercadillo de perroflautas, pero paga para entrar en el Coliseo y se rila de gusto al ver la arena donde se cometieron crímenes en masa para diversión del pueblo. De una hemiplejía intelectual como la que se está poniendo sobre la mesa solo pueden sobrevenir desgracias.

          Hay que alertar que esa forma de entender las identidades y la cultura de los pueblos continúa vigente en nuestros días. No hemos aprendido apenas nada de la Historia. Por alguna razón que desconozco, al poder suelen llegar individuos medio trastornados que, como Nerón, tienen una clara tendencia a provocar fogatas. Una vez en el cetro estos gusanos se convierten en capullos que, por lo general, antes de romper el tejido que les envuelve y volar para siempre, dejan un rastro de cagadas que no son fáciles de limpiar para las siguientes generaciones. 

          

¿Qué te cuentas?

          ¿Qué te cuentas? Con esta pregunta quizá usted, estimado lector, haya saludado alguna vez a un amigo o familiar. Es un modo amable de interesarse por el otro, por sus últimas novedades o peripecias si las hubo desde la última vez que se encontró con esa persona. Solicitamos que nos cuenten algo con dicha fórmula, acaso una porción del relato de vida ajena del que hemos estado ausentes por un tiempo más o menos largo.

          En la respuesta a la pregunta hay variaciones considerables. Conozco gente que suele responder con un simple «nada», dejando así huérfana de noticias la expectativa del interesado. Otros, menos secos, ofrecen un comodín o un par de lugares comunes envueltos en frases hechas. Y, como es lógico, los hay profusos hasta el desparrame llevando a la saturación al incauto curioso que enseguida ve como su memoria se satura de información anodina. Lo más complicado, como siempre, es el equilibrio.

          Pensaba esto porque creo que a los escritores nos pasa algo parecido en ocasiones. Nos preguntamos: ¿Qué te cuentas?, y aunque es un tanto retórico hacerse la pregunta a uno mismo no es una cuestión baladí. Lo que nos contamos lo ponemos sobre el «papel» en forma de escrito: novela, ensayo o pensamiento sobre la servilleta del bar. Y lo hacemos con la intención de compartirlo con quienes no nos han preguntado nada. ¿Una contradicción? 

          Yo creo que de esa circunstancia viene el vacío que a veces escucho comentar a algunos escritores y aspirantes. No sé qué contar, o estoy en sequía de inspiración, que si el miedo al folio en blanco o el síndrome del impostor etc. En definitiva, un largo catálogo de lamentos. ¿Cómo puede alguien quejarse de no saber qué contarle a nadie? Inventar una historia no tiene destinatario, simplemente nacen y deambulan por ahí, a la espera de que el destino, la suerte y las circunstancias llamen a su puerta y pregunten: ¿Qué te cuentas?

 

Los derechos del lector

          A menudo tenemos noticias de cómo y cuánto se vulneran los derechos de los autores, sobre todo escritores, que ven cómo sus obras circulan sin control por Internet sin que generen un solo euro a sus legítimos propietarios. Hay, por así decirlo, la generalizada aceptación de que aquello que se puede conseguir gratis, aunque sea perjudicando a otros, es hasta cierto punto legítimo. Quizá este es uno de los motivos por los que las obras literarias están tan devaluadas. Y es curioso el dato que aporta CEDRO en un reciente informe, a mayor nivel cultural de los países y mayor P.I.B más robos de todo tipo de contenidos editoriales.

          Hay que considerar que no solo el autor o el propietario de la obra tiene derechos, también los tiene el público en general, y los lectores en el caso particular de los libros. Entre esos derechos no está, como es lógico, el de hacerse con ejemplares físicos, digitales o en cualquier formato sin pagar por ellos. Eso es, simplemente, ilegal. Viene a ser parecido a parar el coche en carreteras secundarias y esquilmar los naranjos ajenos de una finca, dejar pelados los olivos y llenar el maletero, o beberse el minibar del hotel y rellenar las botellitas con agua o con algo peor… Estoy convencido de que existe gente que, de hecho, suele hacer las tres cosas sin ningún pudor después de descargar un libro gratis de algún sitio pirata.

          En nuestro país el término «derechos» está deformado, lastrado de malas intenciones ideológicas, de confusión y de frustraciones. La mayoría de la población que conozco no sabría diferenciar entre derechos constitucionales y derechos fundamentales (también en la Constitución), y hacia qué apuntan unos y otros. Por solo citar un ejemplo: decir que se «okupa» porque se tiene derecho constitucional a la vivienda es como robar un banco para disponer de dinero porque se tiene derecho a comer y a no pasar hambre. O sea, un dislate. Y lo peor es que el ciudadano no conoce quiénes son los verdaderos deudores de sus derechos en la mayoría de los casos. Por ejemplo, si el problema de la vivienda lo tiene que resolver la autoridad pública, o su vecino del bloque de enfrente que tiene dos pisos.

          Creemos tener derecho a prácticamente un universo de cosas, la mayoría de las cuales ni producimos, ni hacemos nada por ellas, salvo asignarles la etiqueta de que nos pertenecen por derecho sobrevenido. Y convertimos ese mantra maliciosamente inoculado en la gente en obligaciones de otras personas, que tienen que darnos y si no se las quitamos, todas las satisfacciones a nuestro interminable catálogo de privilegios arrogados por el simple hecho de existir y respirar cerca de donde se puede meter la mano con impunidad. Y en algunos sectores u oficios hasta el codo. 

          Pensaba esto no porque considere que la mayoría de lectores somos una banda de robaperas, no me mal interprete el lector, sino porque los lectores honrados también tenemos derechos. El escritor francés Daniel Pennac creó un catálogo en 2009 con los derechos del lector, entre los que no figura, como es lógico, la apropiación indebida.

Aquí los dejo con las palabras y la fotografía del autor.

 

          

 

Donde habita la verdad

          Alguna vez he hecho mención al concepto de sociedad líquida, creado por el sociólogo ya fallecido, Zygmunt Bauman. Y también al juego que sigue dando su teoría si la aplicamos a diversas cuestiones relevantes como la verdad o la ficción, la percepción de la realidad o la versión interesada que nos venden con frecuencia quienes, precisamente, menos creen en la verdad y más interesados están en convertirla en algo líquido e interpretable. 

          Hace unos años se puso de moda aquello que se llamó la postverdad, que venía a ser el anticipo del punto en el que nos encontramos hoy. En resumidas cuentas, la verdad no era lo que veíamos y tocábamos o comprobábamos personalmente, la verdad pasó a ser el relato. Lo que quien quiera que estuviese interesado en deformar o inventar una realidad alternativa e interesada tuviera la ocasión de hacerla pública. Hoy es lo habitual. Seguramente, habrá oído usted de escándalos que harían caer gobiernos que, como por arte de magia, desaparecen del debate y la información pública y son sustituidos por otros más convenientes a quien tiene el poder.

          Pensaba esto porque más allá de la postverdad, en lo que hoy podríamos llamar la cotidiana mentira, existe el mundo de la ficción y sus personajes, que como defiende Umberto Eco, son una verdad no sujeta a interpretaciones. Sus identidades son incuestionables. Dice Eco en su libro: Confesiones de un joven novelista.  

 «En la vida real no estamos seguros de la identidad del Hombre de la Máscara de Hierro; no sabemos realmente quién fue Kaspar Hauser o si Anastasia Nikoláevna Romanova fue asesinada con el resto de la familia real rusa en Yekaterinburg o sobrevivió. En cambio, leemos las historias de Arthur Conan Doyle estando seguros de que, cuando Sherlock Holmes se refiere a Watson, designa siempre a la misma persona, y que en la ciudad de Londres no hay dos personas con el mismo nombre y la misma profesión». Watson es una verdad más allá de cualquier duda razonable.

          Por eso, ahora que nadamos en la abundancia de la manipulación más descarnada, que hemos alcanzado una realidad en la que la mentira es moneda de valor en alza y curso legal, que además se puede practicar con impunidad, de forma pública y sonrisa en los labios sin miedo al reproche o repudio social, nos queda la ficción. Ese mundo en el que las identidades creadas son auténticas, únicas, irrepetibles e inmunes a la manipulación interesada de quienes construyen mentiras y las venden como realidades.  

El idioma Z

         No hay nada tan clarificador para entender la evolución del lenguaje como relacionarse, siquiera durante un cumpleaños, con miembros de generaciones diferentes. Por ejemplo y en mi caso particular, con una joven de la generación Z: mi sobrina Ana, que acaba de cumplir sus 18 primaveras. Entre risas con ella y con mi hermano (su padre), aprendí ayer que los escritores debemos explorar esos territorios de significado que desconocemos. Territorios por completo ajenos al habla habitual de quienes ya ni siquiera pintamos canas porque no tenemos donde pasar la brocha.  

          De qué otro modo podría alguien escribir una historia que llegue a interesar a los más jóvenes si nunca ha tenido noticias de la existencia de una RAVE o de un Parquineo. Incluso desconozco si esas palabras están bien escritas. Al parecer, la chavalería hoy monta fiestas breakbeat, en las que se reparten calificaciones entre las chicas acerca de lo agraciados o no que les resultan su congéneres varones. 

          Nunca se me hubiera ocurrido que esos chavales que, desgraciadamente y por pura inconsciencia, caen en las garras de la toxicidad y se quedan escuetos reciban el apelativo de comíos: un tipo flaco y desmejorado según me aclaró. O que los menos agraciados debido a su fealdad ahora sean calificados como cracos. Tuvo mi sobrina que apuntarme una lista con el bolígrafo prestado de una camarera una cantidad extensa de terminología Z que me resultaba ajena, además de profusa en lo descriptivo cuando se conoce la semántica de cada término de ese lenguaje particular.

          Me vino a la mente otro detalle. En la Feria del Libro de Madrid de hace un par de años, mientras firmaba en la caseta de Publishers Weekly, mi cuñada se acercó a saludarme con mi sobrino Tristan de apenas 8 años. Al verme escribir las dedicatorias con una estilográfica Montblanc que tengo en mucho aprecio, le hizo ver al niño el artilugio como si estuviera usando una pluma de ganso, o un artefacto arqueológico. Lo malo es que el pequeño quedó fascinado por el hecho de que algo así pudiera usarse para escribir.

          Nunca he sido, o no me he considerado un abuelo cebolleta, de hecho no tengo nietos. Sin embargo, cada año que pasa me voy dando cuenta de lo fácil que es quedarse atrás en los usos y costumbres de las nuevas generaciones. No todo se aprende en Internet o en las bibliotecas, hay que salir y hablar con los más jóvenes. Hay que preguntarles y averiguar qué se dicen entre ellos, cómo se comunican, o de lo contrario no salimos de escuchar siempre las mismas canciones de la Pantoja o Paquito el Chocolatero. Y claro, así vender historias es cada vez más complicado.