La zorra y sus cuentos

                    Yo no he visto hasta el día de hoy ninguna zorra de carne y hueso, al menos que pueda recordar. Cierto es que no se trata de un animal doméstico ni fácil de ver. Supongo que, a menos que se frecuente el bosque cuando estos animalitos salen de paseo, es complicado coincidir con las zorras que queden por el ancho mundo. Y ahora que lo pienso no sé si no será debido en parte a la mala fama que le hemos dado los seres humanos. Desconozco si en otros idiomas llamar zorra a una mujer es tan peyorativo como en español, pero en nuestro idioma desde luego lo es.

          Pensaba esto viendo a la representante española en Eurovisión ayer noche. Una señora que cantaba una canción llamada «zorra», referidas la letra y el título del tema a una individua ficticia (la interprete) de vida alegre, que según entendí del argumento sale cuando le da la gana, o se viste o alterna como mejor le parece. Y claro, deduzco aunque no me enteré muy bien de toda la letra, que se quejaba de que los demás la llamaban zorra de forma peyorativa por vivir a su manera. En fin, ese sería el argumento, más o menos. Todo ello envuelto en una coreografía que supongo representa a un colectivo determinado y no al conjunto de españoles. Desde luego, a mí no me representaban. No creo que sea esa la España real. En fin, resultado del experimento: castañazo gordo hasta la posición 22 con menos puntos que el Almería, más o menos.

          Aquí en nuestro país neowoke los medios nos han atribulado a base de la necesidad de boicotear a Israel (por suerte no he oído aquello de al perro judío), aunque sí hemos visto un Tuit de una ministra del gobierno llamando al exterminio de los judíos de forma literaria: «desde el río hasta el mar», tuiteó sin el menor reparo. Claro que es posible que esa ministra de lo que sea desconozca que ese lema lo adoptó Hamás en 1980 (puede que tampoco sepa que Hamás es una organización terrorista). Con esta gente nunca se sabe.

          El odio diseminado por los defensores del buen rollo, de la necesidad de querernos mucho, de la distensión y los no creadores de bulos incluido ese mismo de no crear bulos, no ha surtido el efecto buscado. Sí que escuchamos algunos silbidos durante la actuación de Israel y, sobre todo, las redes sociales con ejércitos de cuentas pagadas para distribuir basurilla gubernamental estuvieron muy activas. Algunas excéntricas que durante los días previos llamaban poco menos que a un progromo debieron sufrir un síncope vasovagal al ver que Israel quedaba entre las 5 primeras, que nuestra zorra woke era enviada al cubo y que los españoles, con esa verdad del pueblo que tanto ensalzan, votaron así:

 

           

Donde habita la verdad

          Alguna vez he hecho mención al concepto de sociedad líquida, creado por el sociólogo ya fallecido, Zygmunt Bauman. Y también al juego que sigue dando su teoría si la aplicamos a diversas cuestiones relevantes como la verdad o la ficción, la percepción de la realidad o la versión interesada que nos venden con frecuencia quienes, precisamente, menos creen en la verdad y más interesados están en convertirla en algo líquido e interpretable. 

          Hace unos años se puso de moda aquello que se llamó la postverdad, que venía a ser el anticipo del punto en el que nos encontramos hoy. En resumidas cuentas, la verdad no era lo que veíamos y tocábamos o comprobábamos personalmente, la verdad pasó a ser el relato. Lo que quien quiera que estuviese interesado en deformar o inventar una realidad alternativa e interesada tuviera la ocasión de hacerla pública. Hoy es lo habitual. Seguramente, habrá oído usted de escándalos que harían caer gobiernos que, como por arte de magia, desaparecen del debate y la información pública y son sustituidos por otros más convenientes a quien tiene el poder.

          Pensaba esto porque más allá de la postverdad, en lo que hoy podríamos llamar la cotidiana mentira, existe el mundo de la ficción y sus personajes, que como defiende Umberto Eco, son una verdad no sujeta a interpretaciones. Sus identidades son incuestionables. Dice Eco en su libro: Confesiones de un joven novelista.  

 «En la vida real no estamos seguros de la identidad del Hombre de la Máscara de Hierro; no sabemos realmente quién fue Kaspar Hauser o si Anastasia Nikoláevna Romanova fue asesinada con el resto de la familia real rusa en Yekaterinburg o sobrevivió. En cambio, leemos las historias de Arthur Conan Doyle estando seguros de que, cuando Sherlock Holmes se refiere a Watson, designa siempre a la misma persona, y que en la ciudad de Londres no hay dos personas con el mismo nombre y la misma profesión». Watson es una verdad más allá de cualquier duda razonable.

          Por eso, ahora que nadamos en la abundancia de la manipulación más descarnada, que hemos alcanzado una realidad en la que la mentira es moneda de valor en alza y curso legal, que además se puede practicar con impunidad, de forma pública y sonrisa en los labios sin miedo al reproche o repudio social, nos queda la ficción. Ese mundo en el que las identidades creadas son auténticas, únicas, irrepetibles e inmunes a la manipulación interesada de quienes construyen mentiras y las venden como realidades.  

Una patada a la olla

          Una patada a la olla es lo que esta semana nos ha venido a advertir doña Ursula von Der Leyen. Un mensaje en forma de aviso de que lo conocido desde el final de la Segunda Guerra Mundial podría no ser para siempre. Hace casi un siglo que Europa disfruta de una paz y prosperidad sin precedentes en la Historia, pero eso está bajo amenaza. Una, en concreto, que se cierne sobre el continente con rapidez, y que esta señora estima incluso tan inminente como en cuestión de un par de años.

          Los europeos estamos inmunizados al dolor de la guerra a base de palomitas y experiencia en la pantalla plana de nuestros salones, o en las del cine cuando había cines y la gente iba a las salas. Pero ese es todo el contacto, por suerte, que hemos tenido con la cruda realidad de la guerra desde 1945. Nadie está preparado psicológicamente para un conflicto bélico, pero nosotros, probablemente, lo estamos menos que nadie. La seguridad de quienes piensan en la jubilación y la prosperidad de las nuevas generaciones podrían saltar por los aires hechas añicos.

          Vivimos acostumbrados a que, mal que bien, todo funciona aceptablemente. Los cajeros sueltan algo de dinero, hay luz y calefacción o aire acondicionado y aunque no llueve al abrir el grifo sale agua limpia. Las estanterías de los supermercados están cargadas de todo tipo de alimentos frescos, conservas, productos de higiene y, en definitiva, todo lo necesario para vivir con unos altos niveles de cobertura de necesidades. ¿Qué ocurriría si la mayoría de cosas que damos por hecho dejaran de existir o funcionar en cuestión de semanas?

          Los europeos se negaron, o no quisieron ver, la amenaza que suponía el nacionalsocialismo y Adolf Hitler, a pesar de las muchas pruebas que fue dando antes de desatar el desastre en septiembre de 1939. Hoy, casi un siglo más tarde, Putin está siguiendo los mismos pasos en sentido contrario: expandir el espacio vital desde el este hacia centro Europa. El problema es que cuando se comienza por ese camino la Historia nos enseña que no es fácil encontrar el punto de frenada, pero sí el de no retorno.

          Yo no confío en los burócratas y gordinflones bien alimentados del Parlamento Europeo, una especie de corte romana distópica convertida en un remanso de políticos amortizados en sus países, de arribistas viviendo como marajás y de días de vino y rosas. Con ellos mal se puede hacer frente a una amenaza como la que asoma por el Volga, solo nos queda la esperanza de que Putin no dure mucho y que, detrás de él, haya algo de cordura que no es algo que pinte fácil.   

          

El idioma Z

         No hay nada tan clarificador para entender la evolución del lenguaje como relacionarse, siquiera durante un cumpleaños, con miembros de generaciones diferentes. Por ejemplo y en mi caso particular, con una joven de la generación Z: mi sobrina Ana, que acaba de cumplir sus 18 primaveras. Entre risas con ella y con mi hermano (su padre), aprendí ayer que los escritores debemos explorar esos territorios de significado que desconocemos. Territorios por completo ajenos al habla habitual de quienes ya ni siquiera pintamos canas porque no tenemos donde pasar la brocha.  

          De qué otro modo podría alguien escribir una historia que llegue a interesar a los más jóvenes si nunca ha tenido noticias de la existencia de una RAVE o de un Parquineo. Incluso desconozco si esas palabras están bien escritas. Al parecer, la chavalería hoy monta fiestas breakbeat, en las que se reparten calificaciones entre las chicas acerca de lo agraciados o no que les resultan su congéneres varones. 

          Nunca se me hubiera ocurrido que esos chavales que, desgraciadamente y por pura inconsciencia, caen en las garras de la toxicidad y se quedan escuetos reciban el apelativo de comíos: un tipo flaco y desmejorado según me aclaró. O que los menos agraciados debido a su fealdad ahora sean calificados como cracos. Tuvo mi sobrina que apuntarme una lista con el bolígrafo prestado de una camarera una cantidad extensa de terminología Z que me resultaba ajena, además de profusa en lo descriptivo cuando se conoce la semántica de cada término de ese lenguaje particular.

          Me vino a la mente otro detalle. En la Feria del Libro de Madrid de hace un par de años, mientras firmaba en la caseta de Publishers Weekly, mi cuñada se acercó a saludarme con mi sobrino Tristan de apenas 8 años. Al verme escribir las dedicatorias con una estilográfica Montblanc que tengo en mucho aprecio, le hizo ver al niño el artilugio como si estuviera usando una pluma de ganso, o un artefacto arqueológico. Lo malo es que el pequeño quedó fascinado por el hecho de que algo así pudiera usarse para escribir.

          Nunca he sido, o no me he considerado un abuelo cebolleta, de hecho no tengo nietos. Sin embargo, cada año que pasa me voy dando cuenta de lo fácil que es quedarse atrás en los usos y costumbres de las nuevas generaciones. No todo se aprende en Internet o en las bibliotecas, hay que salir y hablar con los más jóvenes. Hay que preguntarles y averiguar qué se dicen entre ellos, cómo se comunican, o de lo contrario no salimos de escuchar siempre las mismas canciones de la Pantoja o Paquito el Chocolatero. Y claro, así vender historias es cada vez más complicado.  

Panem et circenses

         Soy de una generación que estudió latín en el instituto (B.U.P y C.O.U). Nada menos que tres años, y uno de griego clásico para rematar la jugada. De este último apenas recuerdo algunas palabras del diccionario, pero de latín puedo incluso recitar alguna conocida parte de las Catilinarias de Cicerón. Recuerdo con afecto esa lengua que la LOMLOE dio por muerta, y en la práctica eliminó del catálogo lectivo para hacerle sitio a algunos dialectos y contentar a los más cafeteros: la Lolailo que, como hemos sabido recientemente por el informe PISA, comienza a dar sus frutos.

         Del latín y la Historia clásica aprendí no solo a declinar Rosa Rosae, sino que descubrí una determinada lógica de construcción del lenguaje difícil de aprender en otros idiomas. Además, el español se embellece y, sobre todo, se entiende desde una perspectiva etimológica que lo llena de sentido y lo vincula con su origen. Como es lógico, por otra parte, no todo lo heredado de Roma y de las civilizaciones clásicas fue de lo bueno lo mejor y de lo mejor superior. Los romanos eran muy listos en el manejo de los intereses de la gente.

          Al romano medio le venía a dar más o menos lo mismo Juana que su hermana. Que Agripina envenenaba al gran Claudio para hacer emperador al majareta de Nerón, no pasaba nada. Que el nuevo emperador no solo era un desquiciado psicópata, tampoco pasaba demasiado. Al romano medio con pan y circo la cosa ya le llegaba. Se cuenta (hoy lo llamaríamos fake según interese a la realidad líquida), que incluso cuando incendió la mismísima Roma se dedicó a tocar el Arpa mientras contemplaba las llamas.

          Pensaba esto porque al margen de que Nerones  y personajes atrabiliarios hemos tenido desde entonces, con mayor o menor grado de desequilibrio mental y cuota de poder público, la ciudadanía tampoco ha cambiado demasiado. Ligeras modificaciones en la conducta, no más. Entre los tocados hoy por la mano del César hay más un gusto mezquino por las drogas o los prostíbulos, también por el jamón de pata negra o por la carne asada de vaca, según el nivel de sofisticación del agraciado.  

          A mí lo que me parece que menos ha cambiado es esa inclinación a la sopa boba que decimos hoy. El otro día uno de estos frikis de las nuevas generaciones, en uno de esos programas basura de las teles bien dopadas, aseguraba que el gobierno tenía la obligación de mantenerlo si quería su voto. Que rápido aprenden. La afición, si se quiere, por la también conocida frase «a mí dame pan y llámame tonto», no es más que una probable evolución de aquel Panem et Circenses. Y luego, si hay que quemarlo todo, pues se quema y  los que vengan detrás que arreen.  

Una generación aturdida

          A la mayoría de las personas les gusta la ficción, a mí también. Recuerdo épocas de mi vida en las que llegaba a agotar los estrenos disponibles en las carteleras de cine. Bien es cierto, que por entonces la oferta de ocio era mucho menor que hoy en día. Además, desde hace bastantes años, suelo tener varios libros en la mesita de noche y los voy alternando en la lectura, según me coja el cuerpo y el ánimo al final de cada día al acostarme.

          El cine, los libros, las creaciones artísticas nos han mostrado personajes de todo tipo. No sé si demasiados, pero comienzo a sospechar que tantos como para aturdir a una generación sobre expuesta a estímulos y criada en el exceso y la ausencia de control. Recuerdo una visita a un hotel de lujo de Madrid en el que dos pequeños energúmenos de apenas cinco o seis años saltaban sobre un sofá con los zapatos puestos. La tela del mobiliario pronto se llenó de restos de barro y manchas de chocolate. Nadie, ni el personal del hotel ni un padre tontolaba que les pedía por favor que parasen, consiguieron detenerlos hasta que les dio la gana de bajar al suelo motu propio. El sofá quedó hecho una mierda entre risas de las dos crías de kale borroka. 

          Es una generación víctima de la estupidez educativa. De esos desaprensivos que convencieron a políticos y otras especies de desecho de que lo correcto era dejarles hacer: sin límites. Que lo saludable pasaba por observarles mientras enloquecían quemando contenedores ya de adolescentes, o volvían con 15 años a casa hasta las cejas de alcohol, de rayas o de pastillas y, por supuesto, no molestarlos al día siguiente hasta que les pareciera bien levantarse a mesa puesta. Lo ideal, vamos, para educar a toda una caterva de ninis.

          Hoy vemos a algunos de ellos dando sus primeros pasos en la política. La savia nueva que dicen quienes les dan la oportunidad de estrenarse como loros o majaretas de tres al cuarto. Lo cierto es que lo más desalentador para una sociedad es ver la rápida maestría con la que aprenden valores como la desfachatez, la poca vergüenza, la capacidad de mentir sin inmutarse delante de las cámaras, de manipular o de rufianear desde un atril como si se tratase de la barra de un burdel.

          Pensaba esto porque quizá la culpa es de los escritores y creadores de ficción. Esa gente ha creado personajes imaginarios a los que han dotado de maldad sin cuento, de estupidez y villanía y, algunos también, con valores sanos y más elevados pero, por alguna razón ignota esos interesan bastante menos a esta generación aturdida por tantas posibilidades de vivir de la vileza y la servidumbre.   

No cabemos. Serie de posts «The missing link» 1

          No se puede llenar un vaso de agua que ya está lleno, o eso dice la Ley del vacío. A mí también me lo dice el sentido común y la experiencia personal, sin necesidad de normas ni postulados. Las perogrulladas no necesitan ser explicadas casi nunca. La única excepción es cuando la evidencia alcanza un tamaño tan enorme que no se puede abarcar entera con la mirada y, como resultado, no la vemos. Algo de esto ocurre con la población mundial. No cabemos todos los que seremos.

          Nos podemos apretujar más: que si échate para allá, recoge un poco las piernas o no pongas los codos en la mesa, pero poco más. La demografía engorda como esas bolas de nieve que se alimentan de lo que pisa mientras rueda y crece ladera abajo. La ves venir y nada puedes hacer para detenerla. Nada se puede hacer a estas alturas del siglo para que en 2050 no seamos 10.000 millones de seres humanos en el planeta. El doble que hace apenas unas décadas. Y, usted sagaz lector, ya se habrá dado cuenta de que la Tierra tiene el mismo tamaño que entonces, y  el mismo que hace decenas de miles de años cuando acaso éramos una pandilla de primates.

          ¿Y luego qué? Pues salvo que alguien se saque de la manga un planeta adicional, cosa poco probable, tenemos un problema. Para entonces, como ya se está anunciando, los ricos nos habrán abandonado en sus cohetes y naves espaciales pertrechados con sus sombreros de copa y sus puros habanos. A buen seguro se llevarán los toros de lidia para seguir con las corridas, las escopetas para cazar etés y las bodegas llenas de mollate en barricas de roble francés. Aquí quedará lo que ahora se ha dado en llamar «la gente», sin más. La gente a pelo y sin naves espaciales. El problema es que como ricos no hay tantos, yo no conozco personalmente a ninguno, deduzco que lo que es gente vamos a seguir siendo demasiados para un solo planeta.

           Dicen los pájaros de mal agüero que un nuevo episodio de extinción total es inevitable (ELE) –EVEN LINK TO EXTINCTION—. Ya saben, lo de los dinosaurios y el meteorito. Sin embargo, si uno lo piensa con serenidad esa solución no nos resuelve el problema. La solución para tratar una uña del pie incardinada en el dedo gordo no es la eutanasia por mucho que se arregle el problema. De modo que sí, la población seguirá creciendo y creciendo de forma descontrolada. Les doy un dato clarificador: en los próximos 27 años se duplicará la población africana de los 1.200 millones actuales a 2.500 millones y a finales de siglo se rozarán los 4.000 millones de personas en ese continente. ¿Se ve mejor así? Los europeos tendremos en el sur a unos vecinos con una población 10 veces la de Europa. Y es muy posible que necesiten lo mismo que cualquiera: seguridad y alimentos, e incluso bienestar.

          Como yo no estaré aquí a finales de siglo para ver ni contar nada, y no tengo recursos para construirme un cohete, me he metido en el garaje de casa. Estoy revolviendo cajas para ver si me puedo construir un DeLorean capaz de viajar en el tiempo como en «Regreso al futuro». En cualquier caso les iré contando de qué va la serie «The missing link», sin hacer espóiler de lo que aún no ha visto la luz.  

          

A destajo

En Occidente no somos tan productivos como en Oriente. Allí curran a destajo, en esa tierra lejana que cuando pequeños nos señalaban en el mapa de colores como Sol Naciente. Recuerden ese hospital para mil camas que lograron construir y poner en marcha en diez días en la ciudad de Wuhan en marzo de 2020. Se dijo entonces, que en España habríamos empleado de dos a tres años. Me río yo de los profesionales de los pronósticos patrios.

Aquel domingo 1 de marzo los chinos pusieron la primera piedra para la que se venía encima. Y el miércoles de la semana siguiente allí estaba: magia. La mole con su equipamiento y sus 1400 médicos en orden de batalla. Aquí, mientras tanto, la Yoli y sus alegres comunistas planchaban el fular para la manifa del «hermana yo si te creo», mientras el corona se nos metía en las residencias de ancianos hasta los tuétanos. Sabían lo que iba a ocurrir, pero hicieron oídos sordos, quizá contando con que el macho alfa del gobierno lo solucionaría. Un poco caro, unas 625 vidas por cada hora perdida de esos diez días sin que nadie les haya puesto el lazo al cuello a los responsables. Al contrario.

Pensaba esto no porque a mí me guste el modo productivo de los chinos, que es el de semi esclavitud. Sino por la diferencia entre lo que pueden hacer en caso de necesidad, y nuestra forma de entender la vida. Tiene lógica, estamos en las antípodas, o como decía con acierto Luis Tosar en Los lunes al sol: «las anti-podas, lo contrario. Allí hay curro, aquí no». Aquí el tonto Simón dijo que tendríamos tres o cuatro casos y se nos diezmó la población; allí que tenían el foco de la infección solo palmaron tres o cuatro despistados: anti-podas, lo contrario. 

Entre mi pueblo y el de al lado hay una distancia de alrededor de doscientos metros en linea recta. La buena noticia es que desde la pandemia están construyendo un carril bici. Obviamente, se trata de algo mucho más complejo que un hospital de mil camas, de los que además, nosotros ya tenemos muchos. Cada mañana desde lo de Wuhan, una cuadrilla de unos veinte trabajadores se aplica en remover la arena de un lado para otro —aún no hemos llegado a la fase de alquitranado bermejo—, usando incluso maquinaria pesada, mientras un capataz con un gorro de paja y gafas de sol dirige las maniobras como un director de orquesta. Son, por así decirlo, parte del paisaje. Como esos portales de Belén que se conservan durante todo el año en algunas iglesias, con figuritas que se mueven, y pastorcillos que ordeñan la vaca.

Nuestra forma de entender el trabajo con dinero público es más continua y sosegada, más segura en el tiempo. Si hay que hacer un carril bici se hace bien. Se utilizan los recursos que sean necesarios en hombres (no hay ninguna mujer allí dándole al azadón), y así se crean medio centenar de puestos de trabajo con contrato fijo y, sobre todo, discontinuo. De ese modo baja el paro. Además, se planifica un carrusel de brainstorming en el bar de la esquina para analizar la evolución; un tiempo que redunda en la productividad de las fábricas de cerveza y que favorece el diálogo social con los productores de aceitunas. Nosotros, por suerte, no somos chinos. Lástima que todavía nos quede en común lo peor de su Historia.

A lo fácil

          Esta semana leía que la universidad de Northwestern en Illinois, publicaba un estudio cuyo resultado más señalado es que las personas somos cada vez más tontas. Personas en general (género humano). Desconozco el mérito académico que tiene observar un hecho tan evidente y nítido para hacerlo pasar por un estudio científico. Pero en fin, al menos, se le ha dado difusión a algo que poca gente ignora y puede comprobar sin ningún esfuerzo así que vaya, por ejemplo, a comprar el pan o el periódico.

          Una de las evidencias del estudio se basa en los libros más vendidos. Yo ahí lo dejo, pero algo se tendrán que hacer mirar quienes los escriben,  quienes los publican y, sobre todo, los lectores que los compran para leerlos, regalarlos o, en muchos casos, ocupar espacio en esas estanterías huérfanas de contenido. Ya lo dijo el periodista Carlos Herrera referido a nuestro país: «En España hay más tontos que botellines, no caben más. Llega uno por La Coruña y se caen dos al mar por Algeciras».

          Yo confieso que me siento tonto entre los tontos, lo que supongo que algún mérito tiene. Es posible que con los años haya ido perfeccionando mi inutilidad para realizar tareas cotidianas. Por ejemplo, no me siento capaz de abrir con facilidad un envase de plástico de esos que llevan dentro un cable o conector, y que también se venden con algunos elementos de escritura: lápices o rotuladores. Con las manos me resulta imposible, son indeformables. Pero tampoco crean que a cuchillo o con tijeras la cosa mejora mucho. Hay que montar en casa, encima de la encimera, un auténtico disparate de navajazos y cortes para hacerse con el puñetero trozo de madera para escribir, o con el puto cable para el móvil.

          Pensaba esto, porque esta semana me llamó alguien del banco para decirme que a partir de ahora solo podría firmar las operaciones usando otra app de ese mismo banco. Es decir, ya tengo banca online en el ordenador, pero ahora necesito una app más para las firmas y que, además, solo se usa con el smartphone. Aquí, reconozco que me pilló un poco ocioso y le dije a la señorita que llamaba desde el Caribe —(lo sé por el acento y la hora de la llamada—durante la siesta—, que yo no tenía smartphone. De repente, se le desmontó el argumentario: sin el aparato, nada que hacer, pero tiró de ingenio. Me sugirió que llevara conmigo, como si fuéramos siameses, a un hermano mío con smartphone, a un sobrino, o a alguien dispuesto a hacer de Lazarillo bancario en caso de necesidad. Le hice notar, la dificultad de convencer a alguien de semejante tarea. Antes de que el diálogo de besugos terminara, después de muchos tiras y aflojas, me ofreció apuntarme gratis a un curso de aprendizaje de la app cuando me comprara un smartphone. He cambiado de banco.

          Con todo, lo que más me irrita son las tareas simples que alguien se encarga de complicar por pura sevicia. Se han puesto de moda las botellas de agua de cristal en los restaurantes (bien por eso). Pero en venganza, traen un tapón de aluminio que para abrirlo hay que hacer el mismo esfuerzo que para cambiar la rueda del coche. Además, desprende una tira cortante como una navaja, capaz de seccionar un dedo sin el menor inconveniente. Observe, y descubrirá de lo que hablo, una pista: el camarero siempre se la dejará cerrada para que la abra usted, que se supone que es el tonto.

          Nos hemos empeñado en hacer la vida antipática, nada de ir a lo fácil: eso de que las roscas de los envases abran y cierren con normalidad olvídelo, que los cajeros automáticos funcionen en verano es un mito, y aun menos pagar el parquin sin echar un rato en descubrir dónde está el lector de huellas, la ranura de la tarjeta o cómo se cambia el idioma que alguien de Castellón ha dejado en swahilli, solo por joder. Las cosas hay que hacerlas complicadas, antipáticas, difíciles de manejar, para que así pueda venir algún salvador de la gente de la calle a decirnos cuáles son nuestros derechos como honrados gilipollas con cara de paganinis.  

La sala de espera

          La sala de espera es el lugar idóneo para los experimentos de observación de los individuos. Son habitáculos a los que cada cual llega por un motivo, muchas veces compartido. Sin embargo, no es lo mismo la sala de espera de un hospital que la de un aeropuerto o una comisaria, y no digamos la de Hacienda. Son, eso sí, espacios adonde se llega por necesidad, lo cual ya dice algo importante a tener en cuenta: nadie va a una sala de espera por gusto o a pasar el rato. Y este, quizá sea el motivo por el que las personas se comportan de manera tan singular.

          Pensaba en esto en una de ellas esta semana. Un sala pequeña, de unos pocos metros cuadrados y diseñada para unas 8 o 10 personas a lo sumo, pero en la que no esperábamos más de 3 o 4 individuos. Yo tuve, como me suele pasar en la caja del supermercado, la mala suerte de estar en la cola de los torpes, por lo que durante mi media hora de confinamiento entraron y salieron varias personas más.

         Los que allí estábamos permanecíamos en silencio, todos pegados a la pantalla de sus móviles salvo un servidor-obervador, que se dedicaba a imaginar los motivos por los que aquellos esperaban turno. No nos habíamos dirigido la palabra en ningún momento. Cuando llegué había algo de concurrencia y saludé alto y claro: «buenos días». Recibí como respuesta varias miradas mudas e incrédulas, y la ignorancia absoluta del resto.

          El correturnos fue pasando, entraban y salían nuevos personajes que en el juego del Monopoly que es la vida, les había salido la casilla de la sala de espera. Entraban cabizbajos algunos, nerviosos otros, sin decir palabra. Nada. Miraban a un lado y a otro. Yo les sostenía la mirada como un perrillo a la espera del hueso en forma de saludo o, al menos, de la caricia de una sonrisa cómplice, pero nada. Nuestra nueva forma de relación social consiste en ignorarnos incluso en los espacios más reducidos.

          Hoy si das una opinión política te quedas sin la mitad de los contactos y acabas enfadado con media familia. Hay que militar en un bando o ignorarlo todo y mirar para otro lado, esa es la nueva realidad. El objetivo es la censura autoimpuesta, que todos seamos censores: Fulanito de Menganita, y Sutanita de  Catalino. Y como alternativa hacer de planta, como esos Potos lacios y alicaídos que cuelgan silenciosos y pacíficos en cualquier parte. Quizá por eso, en las salas de espera ya nadie saluda. Nadie dice: buenos días, temerosos que somos de que nos contesten: buenos serán para usted.