De un tiempo a esta parte los juguetes no son tan sólidos como antaño. Existe una tendencia a la rotura mediante el sacrificio público, que es un concepto que me acabo de inventar y que hace referencia al personaje bisoño que se inmola sin necesidad y a plena luz del día. Yo sospecho, mal pensado que soy, que esto ocurre porque cuando un juguete tiene un gran éxito sorpresivo, siempre hay por detrás una mano dispuesta a despeñarlo. La razón es que un muñeco roto bien vale la causa que el victimario defiende.
Algunos arden más fácilmente en la hoguera de las vanidades, hechos del material de Pinocho, no tardan en carbonizarse en los medios públicos y los publicados. El último caso esta misma semana, protagonizado por el escritor David Uclés. Un inesperado éxito de ventas de su novela «La península de las casas vacías», ha hecho que se convierta en marioneta de los tramoyistas de la polarización. Reconozco que después de haber leído su obra, la cual me parece buena y bien escrita, me sorprende que haya sido tan fácil arrastrarlo por el lodo y llenarle las casas de tanta basura, con lo bien que estaban sin nada.
Uclés escribió una novela sobre la Guerra Civil de España que resulta innovadora. Más allá de la fórmula empleada, porque es uno de los pocos relatos novelescos que narra con equilibrio y rigurosidad los hechos acaecidos. Desde antes del alzamiento militar, la novela describe la terrible primavera roja llena de asesinatos, torturas, violaciones, robos y extorsiones del Frente Popular hasta el 18 de julio. E igualmente, pasea luego por las brutales represiones del ejército franquista. Es decir, lo que todo el mundo sabe, pero solo unos pocos se atreven a narrar al completo.
Esto no debió gustar «a alguien» que inmediatamente tomó cartas en el asunto. Vaya usted a saber si una llamada al CEO de Planeta con el mensaje: «oye tú, afíname al perroflauta ese o vas a tener problemas», «ya me lo estás paseando con el puño en alto y mandando a tomar por culo a Pérez Reverte, pero ya». Y mano de santo. Cambio inmediato: gorra de partisano campestre, pantalón de saco atado con una cuerda, unas chanclas de costalero y la barba un punto más guarrilla de lo habitual y ala, a la calle a gritar contra los fascistas. La verdad es que hay que ser muy joven y muy incauto para quemarse de semejante manera.
David, en su irreflexiva maniobra, se ha ganado la enemistad de la mitad de sus lectores potenciales. Se ha posicionado en el lado del supuesto bien moral que tanto barro y tanta caca diarreica esparce cada día, y se priva de foros donde otros escritores y pensadores de mucho más nivel que él le habrían aupado aun más alto. En mi opinión, Planeta ha patinado con este juego si es que ha intervenido en la maniobra. Hace incluso dudar de que el éxito editado por Siruela lo haya escrito alguien tan sectario y, desde luego, a mí y a otras muchas personas les ha quitado las ganas del leer el Premio Nadal de este año. Todo un triunfo de la polarización. En este caso, lo perverso de la fórmula se convierte en: divide y perderás.
