La vileza tiene su propia toxina. Una de esas que se esparce por los medios y por la redes en forma de esputos argumentales. De entre ellos, uno cada vez más habitual es la deslegitimación del Estado de derecho. ¿Cómo? Pues como se ha hecho siempre desde las autocracias: atacar y tratar de deslegitimar al poder judicial. La cosa no puede ser más sencilla: la justicia funciona si me da la razón, y si no, no. O sea, como para hacer un doctorado en el área de jurídicas con lo sencillas que son estas cátedras bullangueras del cazurro de turno.
La toxina la inyectan en el desprotegido tejido neuronal de la población aquellos que temen a la justicia, pero tienen cierta capacidad para debilitarla. Comprenderá el lector que esta no es la posición habitual del ciudadano de a pie. Claro que no, esparcir ese tóxico solo puede hacerse desde el poder. Es uno de los caminos más conocidos y, por desgracia, usado recurrentemente a lo largo de la Historia democrática para atacar el Estado de derecho. El enfermo, este sí ciudadano vulgaris, es fácil de diagnosticar. Cuando lea, escuche o tenga noticia de alguien que se expresa con frases como: los jueces fascistas, los jueces atacan al poder, la justicia está contra el gobierno y cosas por el estilo, ahí lo tiene.
Uno de los efectos más obvios que produce la patología es que el infectado no necesita conocimientos jurídicos ni legales. De hecho, lo habitual es que sea completamente lego en la materia. Por lo general, carece de argumentos y solo utiliza frases anodinas, llenas de clichés o repite los disparates que los mercenarios del poder van esparciendo a golpe de micrófono. Es fácil, el ciudadano normal carece de conocimientos procesales, no sabe dónde se practica y perfecciona la prueba ni cuándo, qué es y qué no un indicio razonable, qué se espera de la fase de instrucción y, últimamente, tampoco qué y cuál es el sentido del principio de presunción de inocencia. Solo escucha consignas, las adapta a su enfermedad y las replica en modo loro para proporcionarse alivio.
Sensu contrario, podrá comprobar que el infectado es capaz de defender una causa y su contraria. Que ante dos casos idénticos adaptará su sentencia popular, y dirá cosas como «gracias a Dios la justicia está para algo», o por el contrario sacará ese arma de la que hasta ahora ni conocía su nombre: Lawfare, probablemente pronunciada lofare. Al dictador populista le encanta que el pueblo tenga esa sensación de que la justicia es del pueblo. Que es el lumpen el que sabe lo que es justo y no la justicia. Que lo sano es aquello que se utilizó de forma habitual en la Edad Media y se llamó caza de brujas. Un fenómeno impulsado por la histeria colectiva, las crisis sociales, religiosas y económicas.
Mientras más analfabeta y desprotegida esté la sociedad; mientras más pobreza y vulnerables dependientes del poder haya; mientras más necesidades vitales y económicas existan; mientras más catetos con un altavoz tengan audiencias subvencionadas; mientras más desesperanza en los jóvenes de cara a su futuro; mientras más polarizada se consiga que estén las gentes manipuladas por el poder… Más se expande la toxina de los viles, y mayor riesgo existe de entrar en un camino sin vuelta atrás. Lo que no saben, o parecen desconocer los zombies ya infectados es que, tarde o temprano, la justicia tiende a sacudirse los esputos del enfermo y suele hacer su trabajo a base de dolorosas terapias de choque.

Miguel Ángel, muy buen articulo y muy bien razonado. Un abrazo
Gracias, Jorge. Un abrazo.
Esa novela ya la he leído, se titula «El caos o yo, que soy el caos mismo» Es tan verosímil como la vida misma. Ya en la parte posterior de la página de portadilla, comenta y anuncia el repetido y archiconocido aviso de: «Basada en hecho reales. Cualquier parecido con la real NO es pura coincidencia»
Y en este caso, acorde con los tiempos modernos, va acompañado de un emoticono de tamaño quintuplicado al estándar : «El grito de Munch»
Goetz, un capitán de mercenarios que personifica la lucha existencialista entre el bien, el mal y la libertad radical. Al decirla, Goetz reafirma su poder individual y su rechazo a cualquier orden divino o moral preestablecido; él no solo genera el caos a su alrededor, sino que se identifica con él como su esencia misma.
Un abrazo, querido.