No es asunto mío

          Vivir en sociedad y adoptar la actitud «no es asunto mío» es, probablemente, una de las decisiones más cuestionables que se pueden tomar a título individual. No me refiero solo al contexto español, sino también al europeo y por extensión al global. Es claro que mientras más reducimos el alcance del foco, más podemos profundizar en los detalles y opinar o actuar con conocimiento de causa (un guiño para fotógrafos). Las grandes metas, qué sé yo: acabar con el hambre en el mundo, pues probablemente no son un objetivo sobre el que podamos ejercer mucha influencia desde una posición de ciudadanos de a pie en Villarrubia, por citar un pueblo como podría ser otro. Hay que acotar el terreno.

          Una de las estrategias de los poderes políticos es conseguir que la gente a la que gobiernan opine solo cosas buenas de ellos, o en el peor de los casos que se calle y cierre la boca. En el primer caso se paga y premia con dinero y reconocimiento y en el segundo, según el nivel de influencia del desobediente, se le silencia y ningunea o directamente se le represalia. Y no crea, estimado lector, que esta estrategia es exclusiva de dictaduras, no se engañe, ocurre también en el suelo que usted pisa. Quizá confundido porque puede votar cada cierto tiempo, aunque su voto no valga lo mismo que el de otros ciudadanos o se lo pidieran para hacer lo contrario de lo que hacen con él. Los votantes, por lo general, somos una larga secuencia de ceros a la izquierda.

          Conscientes de estos hechos, lo único que no podemos hacer es dejarnos conducir a la esclavitud, hoy no hacen falta cadenas ni latigazos para ser esclavo, con ser ciegos o indiferentes ya es suficiente. Mire si hay esclavos en España que nuestros niños y niñas en 2023, según UNICEF, son los más pobres de Europa. Solo unos cuantos años y ahí está el dato y el resultado. Y sí, tiene usted todo el derecho a achacarlo a la pandemia, a la guerra en Rusia, al núcleo de la Tierra, a los curas pederastas o a su vecina del quinto que es muy puta: si a usted la de lo mismo y no es asunto suyo que mas da.  

https://www.unicef.es/noticia/pobreza-infantil-espana-obtiene-la-peor-nota-en-la-union-europea

          Hablar y opinar como hago yo tiene costes, a veces severos, es un compromiso personal. Pero, por si a usted no le da igual o darle igual le supondría un coste inasumible, le cuento una anécdota. Una mujer estaba repartiendo propaganda a las puertas de la Plaza Roja en Moscú. Fue arrestada y los guardias, tras comprobar el material que llevaba encima, le preguntaron por qué había cometido la estupidez de protestar distribuyendo unos folletos en blanco. La mujer, resoplando agitada, contestó: «No hace falta que escriba nada, lo sabe todo el mundo». Pero lo por lo menos, tuvo el valor de repartir el dolor y la indignación pintadas de blanco. 

 

           

Y tú más

          Nada hay más inmoral y despreciable en el discurso, sobre todo en el ámbito político, que el «y tú más». Es algo que conocemos como el ventilador para esparcir la mierda, una técnica aprendida del calamar cuando eyecta la tinta para cegar a sus posibles depredadores. Una forma de hacer que, por otro lado, es contagiosa y no se restringe al político corrupto de turno, sino que se propaga como una infección vírica entre tertulianos, supuestos periodistas y vulgo de andar por casa.  

          Es inmoral porque la frase lleva un reconocimiento implícito: «yo sí» o «nosotros sí», y delante se le ubica el índice acusador del «y tú más». O sea, que le dices a alguien que tiene cuernos y no se defiende, sino que admitiendo su cornamenta se excusa acusándote de que tú también la llevas. Menudo alivio más tonto debe sentir el ornamentado al saber que no es el único de la fauna con la cabeza adornada.

          Pensaba esto porque con lo de la mafia gubernamental del capo Koldo y los muchos ladrones del gobierno, hemos vuelto a ver la técnica en todo su apogeo. A la chiqui del conocido «¿Qué son dos mil kilitos de nada, chiqui?», la hemos visto incluso con la carótida congestionada en el «senao» como dice ella, gritando en modo verdulería: «y tú más». Nada menos que la cajera de los ERES de Andalucía, la que pagaba los asados de vacas, las putas y la cocaína con el dinero de los parados.

         Ahora el «y tú más» perenne de este clan de malhechores viene a restregar a los españoles, en nuestra propia cara, que sí, que no le demos más vueltas, que ellos son ladrones, puteros, muchos de ellos drogadictos y que nos suben los impuestos hasta la asfixia porque el golferío y la ambición son cada vez mayores. Pero que no nos preocupemos porque los otros más, y que como no les podemos ni ajusticiar ni llevar al paredón, pues que nos jodamos y bailemos. 

         Así están las cosas, mientras un ejército de papagayos y papagayas sectarios en tertulias, periodicuchos subvencionados, y hasta clubs privados repiten a coro «y tú más». Es decir, admiten sin ningún rubor la degradación moral y de valores propia a través de la generalización de la podredumbre. Estos que venían a regenerar la política y están convirtiendo el país en una montaña de basura moral de la que solo podemos acabar en ruinas. Argumentos pobres de una pobre gente.   

Una patada a la olla

          Una patada a la olla es lo que esta semana nos ha venido a advertir doña Ursula von Der Leyen. Un mensaje en forma de aviso de que lo conocido desde el final de la Segunda Guerra Mundial podría no ser para siempre. Hace casi un siglo que Europa disfruta de una paz y prosperidad sin precedentes en la Historia, pero eso está bajo amenaza. Una, en concreto, que se cierne sobre el continente con rapidez, y que esta señora estima incluso tan inminente como en cuestión de un par de años.

          Los europeos estamos inmunizados al dolor de la guerra a base de palomitas y experiencia en la pantalla plana de nuestros salones, o en las del cine cuando había cines y la gente iba a las salas. Pero ese es todo el contacto, por suerte, que hemos tenido con la cruda realidad de la guerra desde 1945. Nadie está preparado psicológicamente para un conflicto bélico, pero nosotros, probablemente, lo estamos menos que nadie. La seguridad de quienes piensan en la jubilación y la prosperidad de las nuevas generaciones podrían saltar por los aires hechas añicos.

          Vivimos acostumbrados a que, mal que bien, todo funciona aceptablemente. Los cajeros sueltan algo de dinero, hay luz y calefacción o aire acondicionado y aunque no llueve al abrir el grifo sale agua limpia. Las estanterías de los supermercados están cargadas de todo tipo de alimentos frescos, conservas, productos de higiene y, en definitiva, todo lo necesario para vivir con unos altos niveles de cobertura de necesidades. ¿Qué ocurriría si la mayoría de cosas que damos por hecho dejaran de existir o funcionar en cuestión de semanas?

          Los europeos se negaron, o no quisieron ver, la amenaza que suponía el nacionalsocialismo y Adolf Hitler, a pesar de las muchas pruebas que fue dando antes de desatar el desastre en septiembre de 1939. Hoy, casi un siglo más tarde, Putin está siguiendo los mismos pasos en sentido contrario: expandir el espacio vital desde el este hacia centro Europa. El problema es que cuando se comienza por ese camino la Historia nos enseña que no es fácil encontrar el punto de frenada, pero sí el de no retorno.

          Yo no confío en los burócratas y gordinflones bien alimentados del Parlamento Europeo, una especie de corte romana distópica convertida en un remanso de políticos amortizados en sus países, de arribistas viviendo como marajás y de días de vino y rosas. Con ellos mal se puede hacer frente a una amenaza como la que asoma por el Volga, solo nos queda la esperanza de que Putin no dure mucho y que, detrás de él, haya algo de cordura que no es algo que pinte fácil.   

          

El timo de la igualdad

          No hay segmento social más desigual por elevación que el que defiende a diario la igualdad. Nadie manifiesta desear tanto ese desiderátum como quien lo convierte, al mismo tiempo, en una grotesca burla de la que a expensas del truco vive y se ríe como un triunfador. El timo de la igualdad funciona desde que se inventó el socialismo como un mantra recurrente, útil a la luz de la Historia para que sus promotores se hicieran completamente desiguales. Por arriba, claro, y por abajo los demás.

          La igualdad no existe en la naturaleza, es una construcción social para que cierto orden de justicia, derechos y obligaciones puedan alcanzar a todas las personas sin mediar discriminación por razón alguna. En este argumento, a menudo, flaquea la tercera pata: la de las obligaciones. Hace unos días, en uno de esos programas ñoños de las teles dopadas, un joven de no más de veinte años decía: «el Estado tiene la obligación de mantenerme, porque yo no quiero trabajar». ¿Entienden ahora lo del timo de la igualdad?

          La igualdad, en mi opinión debe ser considerada desde el punto de partida de las oportunidades, y con matices. En una sociedad justa todos debemos tener la oportunidad de estudiar, de tener acceso a la salud o de acceder a un puesto de trabajo, pero sin obviar el mérito. Exigir la igualdad en los resultados es no aceptar la igualdad de oportunidades. ¿Para que querría alguien las mismas oportunidades que un triunfador, si tocándose las pelotas mientras el otro se parte el lomo currando puede exigir y disfrutar iguales resultados? O lo que es más sangrante, exigirle que reparta lo conseguido a partes iguales.

          La igualdad del socialismo consiste, según vemos en la Historia, en esquilmar a quien lo gana para vivir como si lo ganaran sus promotores ideológicos. Ejemplos a lo largo y ancho del mundo tenemos hasta cansarnos. Países en la miseria y sus dirigentes en la riqueza. Por alguna extraña razón, los socialistas en fuga nunca suelen ir a disfrutar la igualdad a países como Venezuela, Cuba, Corea o similares, prefieren antes lugares desiguales según ellos como Suiza, o algún paraíso fiscal. Aquello que un VP comunista que tuvimos en la anterior legislatura llamó «cabalgar desigualdades».

          La miseria moral de estos promotores se pone de manifiesto en tiempos de dificultades. Es entonces cuando su esencia de hiena hambrienta toma cuerpo. Lo vimos con los NAZIS, cuando aprovechando el Holocausto una de sus prioridades fue enriquecerse. Lo vemos en los narcoestados caribeños, como su pueblo muere de hambre y los hijos de los dirigentes se hacen multimillonarios en USA. Y lo vemos en nuestros miserables patrios, cuando mientras los españoles morían a miles en la pandemia, se cerraban negocios, nos arruinábamos y nos hacían aplaudir en los balcones, una banda de mafiosos y miserables llenaba maletas para que alguien se las llevara en avión a algún paraíso con las caletas adecuadas para seguir manteniendo al grupo del cejas y sus colegas de Puebla.  

           

La luciérnaga

          La lucidez es un interruptor de rosca. Uno de esos que no funcionan al pellizco, sino que se retuercen como cuando estrujas una toalla o jugueteas con la oreja del perro. Se soba el intelecto como se acaricia una bola de cristal con la intención de que nos descubra verdades que nos duelen, mentiras que nos alivien las penas y, en todo caso, esperanzas que nos renueven. La lucidez es una luciérnaga para alumbrar el pequeño rincón de conocimiento que el tiempo nos brinda para luego sisarlo de una vez y para siempre.

          Ser lúcido solo exige el requisito de no ser esclavo. Y eso es mucho exigir, mucho más de lo que posee quien en su riqueza material, en su oportunidad o en su flaqueza pretende edificar una forma de vida o pensamiento. La lucidez, en definitiva, es libertad.

          Descubrí ese pasillo angosto pero ampliable en la universidad a punto de licenciarme en ciencias políticas y sociología a finales del siglo pasado. Recuerdo aquellos años como un aterrizaje en la realidad del conocimiento, al margen de lo que sucedía en la sociedad de los años 80 y 90 en mi país. Me hice adulto, por decirlo así, leyendo y conociendo. Acepté entonces la misma reflexión que ahora, tres décadas después: que ignorante soy y que poco sé de la vida.

          Pensaba esto porque creo que hay una epidemia que está a punto de extinguir a las luciérnagas. No es una cuestión menor: apagar los focos y las luces del pensamiento es como bajar el interruptor del escenario del gran teatro. No quiero pensar, todavía, en las marionetas que seremos, rendidas y amontonadas en las tramoyas a la espera de que el olor a humedad y naftalina nos cobije en el olvido. Responsables somos, en definitiva, al aceptar los hilos que manejan en vida nuestra breve existencia

         La luciérnaga brilla en la oscuridad. Emite una luz fría. Una de sus propiedades fundamentales es que no produce calor. Este dato siempre me llamó la atención. Un profesor de filosofía política que tuve, el gran Antonio Escohotado, me dijo una vez: los resultados de la ciencia tienen una cosa buena por encima de las demás: que calientan tanto si queman como si no y son la verdad. Ese día aprendí a diferenciar entre las luciérnagas y los murciélagos. Descubrí entonces, que las personas libres brillan incluso en tiempos de sombras, y nunca las encuentras colgadas bajo un puente en las oscuras noches del sectarismo.  

La oveja negra

          No me tengo por un experto en comparsas, de hecho, he de confesar que nunca he tenido la suerte o la oportunidad de acudir a Cádiz durante los carnavales. Sin embargo, si me gustan estos fenómenos sociales por lo que tienen de manifestación de los sentimientos cotidianos, o de muestra del hartazgo de una clase política o un gobierno cada vez más alejado de la cordura y la vergüenza torera.

          En el carnaval de Cádiz, Antonio Martínez Ares domina esta modalidad de chirigota introducida en 1960. Es una variante más fina y elaborada que el resto de manifestaciones carnavalescas y, como ya anticipé hace unos días, este año tenía pinta de ir a ganar de nuevo. El título de la comparsa, de la que hoy traigo un fragmento impagable es: La oveja negra. Y Antonio Martínez Ares ha vuelto a hacerlo. Ha ganado.

          Se trata de un mensaje que sale de las entrañas, del hastío de no poder hacer nada o casi nada con quien te engaña en la cara a diario como si no existieras. Y no nos equivoquemos, a mí podrá dolerme saber que a un amigo lo engaña algún desaprensivo, pero engaña a mi amigo no a mí. Del mismo modo que a mí y a millones de españoles no nos engaña quien gobierna, engaña a sus votantes. Nosotros, los que no le votamos, ya teníamos claro de qué pasta estaba hecho, a qué venía y lo que cabía esperar.

          Vivimos tiempos en el que la piel se ha vuelto tan fina como una capa de cebolla, por algo será. Lo mismo es porque al quitar una sola capa hay quien ya se echa a llorar por su mala cabeza al no querer verlas venir, o porque teme que su suerte cambie y del chollo al hoyo solo haya un traspiés en forma de urnas. Aún así, Martínez Ares ha dado en el clavo de la sensibilidad de una tierra que no es precisamente conocida por su fachosfera. Término con el que el presidente del país y sus palmeros insultan desde la minoría que son, a la mayoría de los españoles.

          Una frase es clave en esta comparsa: «Soy rojo, pero no confío en tu palabra». Dicen los intérpretes en alusión directa a quien gobierna. Sorprende al sapiens normal y corriente que se sorprendan declarándose rojos, sin embargo es una confesión enardecida de hasta dónde llega la indignación. Martínez Ares mereció el reconocimiento a la valentía de poner en boca de la comparsa el sentir general, y por ello obtuvo no solo el primer premio, sino un teatro Falla enardecido y aclamándoles como si Braveheart acabara de recorrer la formación antes de la batalla. Les dejo con ese momento:

 

 

El idioma Z

         No hay nada tan clarificador para entender la evolución del lenguaje como relacionarse, siquiera durante un cumpleaños, con miembros de generaciones diferentes. Por ejemplo y en mi caso particular, con una joven de la generación Z: mi sobrina Ana, que acaba de cumplir sus 18 primaveras. Entre risas con ella y con mi hermano (su padre), aprendí ayer que los escritores debemos explorar esos territorios de significado que desconocemos. Territorios por completo ajenos al habla habitual de quienes ya ni siquiera pintamos canas porque no tenemos donde pasar la brocha.  

          De qué otro modo podría alguien escribir una historia que llegue a interesar a los más jóvenes si nunca ha tenido noticias de la existencia de una RAVE o de un Parquineo. Incluso desconozco si esas palabras están bien escritas. Al parecer, la chavalería hoy monta fiestas breakbeat, en las que se reparten calificaciones entre las chicas acerca de lo agraciados o no que les resultan su congéneres varones. 

          Nunca se me hubiera ocurrido que esos chavales que, desgraciadamente y por pura inconsciencia, caen en las garras de la toxicidad y se quedan escuetos reciban el apelativo de comíos: un tipo flaco y desmejorado según me aclaró. O que los menos agraciados debido a su fealdad ahora sean calificados como cracos. Tuvo mi sobrina que apuntarme una lista con el bolígrafo prestado de una camarera una cantidad extensa de terminología Z que me resultaba ajena, además de profusa en lo descriptivo cuando se conoce la semántica de cada término de ese lenguaje particular.

          Me vino a la mente otro detalle. En la Feria del Libro de Madrid de hace un par de años, mientras firmaba en la caseta de Publishers Weekly, mi cuñada se acercó a saludarme con mi sobrino Tristan de apenas 8 años. Al verme escribir las dedicatorias con una estilográfica Montblanc que tengo en mucho aprecio, le hizo ver al niño el artilugio como si estuviera usando una pluma de ganso, o un artefacto arqueológico. Lo malo es que el pequeño quedó fascinado por el hecho de que algo así pudiera usarse para escribir.

          Nunca he sido, o no me he considerado un abuelo cebolleta, de hecho no tengo nietos. Sin embargo, cada año que pasa me voy dando cuenta de lo fácil que es quedarse atrás en los usos y costumbres de las nuevas generaciones. No todo se aprende en Internet o en las bibliotecas, hay que salir y hablar con los más jóvenes. Hay que preguntarles y averiguar qué se dicen entre ellos, cómo se comunican, o de lo contrario no salimos de escuchar siempre las mismas canciones de la Pantoja o Paquito el Chocolatero. Y claro, así vender historias es cada vez más complicado.  

Panem et circenses

         Soy de una generación que estudió latín en el instituto (B.U.P y C.O.U). Nada menos que tres años, y uno de griego clásico para rematar la jugada. De este último apenas recuerdo algunas palabras del diccionario, pero de latín puedo incluso recitar alguna conocida parte de las Catilinarias de Cicerón. Recuerdo con afecto esa lengua que la LOMLOE dio por muerta, y en la práctica eliminó del catálogo lectivo para hacerle sitio a algunos dialectos y contentar a los más cafeteros: la Lolailo que, como hemos sabido recientemente por el informe PISA, comienza a dar sus frutos.

         Del latín y la Historia clásica aprendí no solo a declinar Rosa Rosae, sino que descubrí una determinada lógica de construcción del lenguaje difícil de aprender en otros idiomas. Además, el español se embellece y, sobre todo, se entiende desde una perspectiva etimológica que lo llena de sentido y lo vincula con su origen. Como es lógico, por otra parte, no todo lo heredado de Roma y de las civilizaciones clásicas fue de lo bueno lo mejor y de lo mejor superior. Los romanos eran muy listos en el manejo de los intereses de la gente.

          Al romano medio le venía a dar más o menos lo mismo Juana que su hermana. Que Agripina envenenaba al gran Claudio para hacer emperador al majareta de Nerón, no pasaba nada. Que el nuevo emperador no solo era un desquiciado psicópata, tampoco pasaba demasiado. Al romano medio con pan y circo la cosa ya le llegaba. Se cuenta (hoy lo llamaríamos fake según interese a la realidad líquida), que incluso cuando incendió la mismísima Roma se dedicó a tocar el Arpa mientras contemplaba las llamas.

          Pensaba esto porque al margen de que Nerones  y personajes atrabiliarios hemos tenido desde entonces, con mayor o menor grado de desequilibrio mental y cuota de poder público, la ciudadanía tampoco ha cambiado demasiado. Ligeras modificaciones en la conducta, no más. Entre los tocados hoy por la mano del César hay más un gusto mezquino por las drogas o los prostíbulos, también por el jamón de pata negra o por la carne asada de vaca, según el nivel de sofisticación del agraciado.  

          A mí lo que me parece que menos ha cambiado es esa inclinación a la sopa boba que decimos hoy. El otro día uno de estos frikis de las nuevas generaciones, en uno de esos programas basura de las teles bien dopadas, aseguraba que el gobierno tenía la obligación de mantenerlo si quería su voto. Que rápido aprenden. La afición, si se quiere, por la también conocida frase «a mí dame pan y llámame tonto», no es más que una probable evolución de aquel Panem et Circenses. Y luego, si hay que quemarlo todo, pues se quema y  los que vengan detrás que arreen.  

Una generación aturdida

          A la mayoría de las personas les gusta la ficción, a mí también. Recuerdo épocas de mi vida en las que llegaba a agotar los estrenos disponibles en las carteleras de cine. Bien es cierto, que por entonces la oferta de ocio era mucho menor que hoy en día. Además, desde hace bastantes años, suelo tener varios libros en la mesita de noche y los voy alternando en la lectura, según me coja el cuerpo y el ánimo al final de cada día al acostarme.

          El cine, los libros, las creaciones artísticas nos han mostrado personajes de todo tipo. No sé si demasiados, pero comienzo a sospechar que tantos como para aturdir a una generación sobre expuesta a estímulos y criada en el exceso y la ausencia de control. Recuerdo una visita a un hotel de lujo de Madrid en el que dos pequeños energúmenos de apenas cinco o seis años saltaban sobre un sofá con los zapatos puestos. La tela del mobiliario pronto se llenó de restos de barro y manchas de chocolate. Nadie, ni el personal del hotel ni un padre tontolaba que les pedía por favor que parasen, consiguieron detenerlos hasta que les dio la gana de bajar al suelo motu propio. El sofá quedó hecho una mierda entre risas de las dos crías de kale borroka. 

          Es una generación víctima de la estupidez educativa. De esos desaprensivos que convencieron a políticos y otras especies de desecho de que lo correcto era dejarles hacer: sin límites. Que lo saludable pasaba por observarles mientras enloquecían quemando contenedores ya de adolescentes, o volvían con 15 años a casa hasta las cejas de alcohol, de rayas o de pastillas y, por supuesto, no molestarlos al día siguiente hasta que les pareciera bien levantarse a mesa puesta. Lo ideal, vamos, para educar a toda una caterva de ninis.

          Hoy vemos a algunos de ellos dando sus primeros pasos en la política. La savia nueva que dicen quienes les dan la oportunidad de estrenarse como loros o majaretas de tres al cuarto. Lo cierto es que lo más desalentador para una sociedad es ver la rápida maestría con la que aprenden valores como la desfachatez, la poca vergüenza, la capacidad de mentir sin inmutarse delante de las cámaras, de manipular o de rufianear desde un atril como si se tratase de la barra de un burdel.

          Pensaba esto porque quizá la culpa es de los escritores y creadores de ficción. Esa gente ha creado personajes imaginarios a los que han dotado de maldad sin cuento, de estupidez y villanía y, algunos también, con valores sanos y más elevados pero, por alguna razón ignota esos interesan bastante menos a esta generación aturdida por tantas posibilidades de vivir de la vileza y la servidumbre.   

Me gusta la fruta

          Lo dijera o no Nicolás Maquiavelo, el fin no siempre debería justificar los medios. Los criterios absolutos son peligrosos de nacimiento, como los sujetos que los ponen en práctica. La gente sensata valora los riesgos y las posibles consecuencias de sus acciones porque, por suerte, no nos regimos por la ley de la selva. Esta regla tan sencilla no aplica en algunas mentes, a la luz de lo visto y oído esta semana en este país.

          Uno de los dislates más frecuentes es que nuestra casta política puede hacer las leyes que quiera porque es la voluntad del pueblo: una aseveración tan falsa como un euro de madera. Lo hemos visto en la Historia del siglo xx. Adolf Hitler ganó las elecciones democráticas en Alemania en 1933 y llegó al poder. Una de sus premisas fue «haremos las leyes que necesitemos», y dicho y hecho. En 1935 se aprobaron las leyes raciales de Nuremberg, destinadas al exterminio de la raza judía. Hoy, según muchos tertulianos de la tele bienpagá, aquella decisión de los nacionalsocialistas sería legítima y ajustada a Derecho.

          Que haya cabezas poco equilibradas e irrecuperables no quiere decir que como sociedad tengamos que seguir los delirios de un desequilibrado. La democracia se basa en los contrapoderes, precisamente para que no se repita la Historia del siglo xx. No hay nada que incomode más al déspota y al autócrata que la división de poderes: Motesquieu versus Maquiavelo. Lo venimos observando en tantos países en Latinoamérica que resulta sorprendente la ceguera patria y el advenimiento de masas confundidas.

          Cuando oyes a personas cultas que se proclaman demócratas decir barbaridades como: «cualquier cosa antes de que nos gobierne esa otra gente», enseguida descubres su verdadera forma de pensar. Lejos de ser demócratas son sectarios y radicales, no reconocen al otro ni admiten opciones. Se arrogan el poder hacer leyes para prohibir partidos, encarcelar opositores, cerrar medios de comunicación o que se yo, ya puestos a enloquecer, hacen legal el robar y perdonarse ellos mismos los delitos y aprobarlo en el Parlamento.

          Vienen tiempos oscuros y difíciles cargados de insanos atracones de los atracadores más hambrientos. No hemos querido verlo a pesar de que todas las alarmas saltaron hace años. Ahora es tarde. Ya no necesitan esconderse porque, según esos supuestos demócratas, la voluntad del pueblo es que tienen derecho a pegarse una orgía a costa de media España con tal de que el Joker siga riéndose de todos nosotros. Yo, mientras aguardo la que se nos viene encima, aprovecho y me cuido tanto como puedo. Suerte que a mí me gusta la fruta.