En tierra hostil

          Nos empeñamos en construir un mundo hostil y sospecho que, lejos de otras paranoias y teorías de la conspiración, es fruto simple y llanamente de la gilipollez que nos envuelve. Hay gilipollas fabricando cosas que llegan a nuestro entorno y tenemos que aceptarlo, como aceptamos a un familiar agregado aunque sea un par de veces al año, o al soplagaitas del fontanero metido a camarero que nos quiere dar clases de enología.

          Hace años las cabinas telefónicas, como aquella en la que José Luís López Vázquez se quedó encarcelado en 1972, lo normal es que se quedaran con las pesetas y no funcionaran o que, en el mejor de los casos, te sisaran el cambio. A veces no había más remedio que reclamar la pasta a golpes y patadas y, aun así, lo habitual era que el engendro se quedara con las monedas. No me extraña la saña con la que algunos se despacharon con aquellas trampas. 

          Pensaba esto porque ayer cometí el tremendo error en un hotel de Madrid de tratar de comprar una botella de agua en uno de esos engendros de vending. Dícese de una máquina supuestamente avanzada en tecnología que vende agua a precio de tinto Ribera del Duero reserva. Pero había sed y meter el careto en el lavabo para beber a gañote del grifo me cuesta, aunque no dudo que es hacia donde nos llevan, si no a algo peor. 

          Metí un billetito inocente de cinco pavos por una rendija que me lo escupió unas veinte veces en modo primero te voy a tocar los huevos, que sé que tienes sed. Luego, una vez decidió aceptar la pasta me devolvió los 2,20 euros en ridículas monedas de 10 céntimos. Resultado: saturó el monedero de tal modo que no se podía abrir para recoger mis preciadas monedas. Otra pelea, y algunos empujones a la maquina ante la atenta mirada del segurata y la recepcionista. Decidí entonces recoger primero la botella y, otra pelea, al meter la mano en una trampilla o especie de portón negro con muelle me atrapó hasta el codo con ánimo de cortarme el brazo para impedir que sacara la botella de agua a precio de Pesquera.

          Me consideré en tierra hostil y, haciendo un alarde de la paciencia que no tengo, hablé con el segurata y la recepcionista: «o hablan ustedes con la maquinita, les dije, y me dan mi agua y mi dinero o aquí se va a liar la mundial y le pego fuego al hotel» (Se me fue un poco el ímpetu y las ganas de matar). Accedieron, no obstante, a la mediación. Llaves de por medio y apertura de la traidora máquina y otras operaciones impidieron el desastre y mi perdición. Yo me pregunto: ¿De verdad tenemos que construirnos un mundo rodeado de tantas mierdas que nos hagan la vida tan antipática ?

Garganta de faquir

          Hay argumentos y relatos que nos tragamos como faquires sin el más mínimo esfuerzo. Quizá porque primero nos fueron acostumbrando a engullir dislates con cucharilla y en pequeñas dosis, a modo de yogur o papilla. Luego, y según los gaznates fueron tomando forma ensanchada nos vimos un día comulgando con ruedas de molino, tan ricamente. Y, de ese modo, hemos llegado al día de hoy en el que la trola más incomestible nos la meten hasta el corvejón sin el menor reparo.

          No les voy a hablar de bulos, ni de la intifada gubernamental contra los medios que se viene encima como parte del plan de demolición de las libertades. Para estas cosas ya tienen ustedes, queridos lectores, los telediarios y, además, se van a inflar a comer de ese plato durante las próximas semanas. El plan es que no se hable de lo importante y, sobre todo, de los casos más preocupantes para quienes tienen montado el circo un día sí y otro también con el dinero de todos los ciudadanos.

          Hace unas semanas la dimisionaria a tiempo parcial se «enorgullecía» de que en España se había batido récord de personas que necesitaban ayudas de subsistencia y un salario mínimo vital. ¡Esperen no mastiquen y piensen un poco! O sea, orgullo NO de personas que escapan de la pobreza y las ayudas, sino de lo contrario. No sé si el absurdo del relato le resulta comestible, pero desde un punto de vista lógico racional no hay por dónde cogerlo. Quizá por eso, estamos en el podio de los países con más personas en riesgo de pobreza y exclusión social en la Unión Europea, solo por detrás de Rumanía y Bulgaria.

Ver aquí el dato de Eurostat: https://ec.europa.eu/eurostat/databrowser/view/ilc_peps01n__custom_11655562/bookmark/table?lang=en&bookmarkId=1fe5fbf6-51a6-4b4b-a0d5-b9e715618a34

 

            Sin embargo, este dato no debe confundirles ni hacerles cambiar de dieta. No tiene nada que ver con el hecho de que los 3  países com más personas en riesgo de pobreza y exclusión social: Rumanía, Bulgaria y España sean gobernados por socialistas o social comunistas desde hace años. Muy al contrario, son las derechas malas y perversas que no gobiernan en esos países las culpables de que cada vez haya más desigualdades y más necesitados. Beba un poco de agüita fresca si no pasa fácil. Pero es lo que hay.

          Ya les anticipo yo con esa intuición que me caracteriza, que en estos países los necesitados y subsidiados, las personas a punto de caer en la pobreza y la exclusión, los desesperados y apartados del mercado, los sin casa ni posibilidad de comprarla, los que tienen problemas para llenar la cesta de la compra y comer decentemente aumentarán, y acabarán siendo una mayoría a salvo de la mano negra que los somete a una situación tan desafortunada. Pero ahí seguirán, no podrán con ellos. Porque oiga, si de repente prosperan y son libres, ¿Para qué serviría el socialismo? Es para un amigo facha…   

 

           

La parada del metro

          Hoy es día de elecciones europeas, y quizá usted, amigo lector, se haya desplazado en metro para ir a votar si su localidad cuenta con este tipo de transporte. Yo he ido en coche, y la razón es porque en mi pueblo no hay metro. Y es posible, casi seguro, de que en el caso de haber utilizado ese tipo de desplazamiento usted haya caminado un buen trecho, si no algunas manzanas para llegar al colegio electoral. 

          Las elecciones europeas no despiertan gran interés en la población a tenor de los porcentajes de votos que conocemos. En España desde 1987 casi la mitad del censo no vota, y fue ese año 1987, en el que mayor porcentaje de participación se alcanzó con un 67%. A ver qué tal se da el día de hoy. Lo cierto es que a un alto porcentaje de españoles Europa les coge a desmano, demasiado lejos como para ir a ejercer un derecho del que no tengo claro que perciban el retorno. Es como pillar el metro a sabiendas de que esa línea es de sentido único. 

           Yo soy europeísta por convicción. Creo que para España fue crítico entrar en la UE, y que dimos un salto de gigante gracias a la solidaridad bien utilizada de otros países para impulsar el desarrollo socioeconómico hasta niveles que no habríamos soñado de otra manera, al menos, en el mismo espacio de tiempo. Fue una lanzadera que nos catapultó hasta posiciones de privilegio en el plano internacional. Luego, no niego que conforme el Parlamento Europeo se fue convirtiendo, como el Senado en España, en un cementerio de burócratas amortizados en sus países perdí el buen rollo con el invento.

          Son miles y miles de salarios elefantiásicos que cobra gente que no va a currar a la oficina la mayoría de los días ¿Cuántas veces a visto usted la cámara de casi 800 sillas prácticamente vacías? ¿Qué hacen?, ¿teletrabajan? Yo soy un poco descreído, y más viendo lo que envían nuestros partidos a Europa, lamento decirlo, pero son los desechos de tienta. Los que aquí ya no nos sirven ni para el plató de Sálvame. Supongo que pensarán, total para lo que tenéis que hacer allí vale cualquiera que sepa sobar, comer bien, cobrar a fin de mes y no le importe el mal tiempo a cambio de 10.000 pavos al mes más dietas. Y claro, no es que se apunten en legión, es que se matan porque los apunten. 

          Aún así no queda más remedio que votar a alguien, o mejor dicho, a un partido que le dé boleto a un grupo de afortunados ellos y ellas a ese retiro dorado de la vieja Europa a punto de caducar. A mi me cuesta trabajo elegir, porque lo cierto es que no hay programa perfecto: el que no adolece de una muela le falta una oreja o le apesta el aliento. Así que hago como usted con la parada de metro: elijo la papeleta que más se acerca a mi destino y me fastidio con esa incómoda distancia que me separa de mi ideal. 

Defensa india de dama

          Los aficionados al ajedrez habrán deducido por el título, defensa india de dama, que los 2 minutos de letras para el café de hoy van de ajedrez. O, para ser más concretos, de la utilidad del ajedrez en diferentes contextos como el social, entre otros. La defensa india de dama es una de las más conocidas en ese juego de estrategias en el que las fichas son colocadas, movidas e incluso sacrificadas para preservar la vida del rey que, a la postre, es el único que importa.

          Claro que el rey, como no podía ser de otra manera hasta que se imponga la obligación de un ajedrez con dos reyes, tiene a una dama junto a él. Esta sí puede caer en la contienda, pero no es  nada sencillo, se trata de una pieza clave que al ser derribada hace tambalear el tinglado del que forma parte si no es que lo convierte en inviable y propicia a la postre la caída del rey. Esto es así porque la reina tiene una gran capacidad de maniobra: se conchaba con otras piezas, las cobra a destajo por todas partes y se esconde tras una maraña de peones.

          La defensa india de dama se basa en los flancos, no en ir de frente ni mucho menos, sino en la cautela que proporciona el actuar de perfil poniendo por así decir, el lado bueno de la cara a la vista del resto del tablero. Esto se consigue colocando a los alfiles en flanchetto y enmarañando el centro de la jugada con piezas menores que anuncian movimientos falsos, o incluso son inmolados para proteger la caza mayor.

          En algunas partidas, la situación es tan comprometida que el rey se enroca, como si se retirara durante unos días en su torre levantando un muro entre él y el resto de la contienda. Allí dispone de un tiempo de asueto libre de invectivas de las fichas del contrario, mientras dispone nuevas maniobras en favor de su amada e imprescindible reina. Suele ser este el período en el que plantea la defensa numantina: defensa tenaz de una posición hasta el límite se dice, a menudo en condiciones desesperadas.

          No obstante, cuando el planteamiento no es bueno y los movimientos realizados son reprobables hay poca defensa. Los caballos del contrario acaban flanqueando las defensas, mientras la infantería barre tanto peón engordado con casillas engañosas. La reina, por mucho que se esconda, si no sabe reconocer sus fallos y rectificar acaba cayendo y, tras la torre escondido, al rey solo le deja la alternativa de hacerse el harakiri o de esperar el alivio que le proporcione el rey opuesto con una daga quitapenas.     

La zorra y sus cuentos

                    Yo no he visto hasta el día de hoy ninguna zorra de carne y hueso, al menos que pueda recordar. Cierto es que no se trata de un animal doméstico ni fácil de ver. Supongo que, a menos que se frecuente el bosque cuando estos animalitos salen de paseo, es complicado coincidir con las zorras que queden por el ancho mundo. Y ahora que lo pienso no sé si no será debido en parte a la mala fama que le hemos dado los seres humanos. Desconozco si en otros idiomas llamar zorra a una mujer es tan peyorativo como en español, pero en nuestro idioma desde luego lo es.

          Pensaba esto viendo a la representante española en Eurovisión ayer noche. Una señora que cantaba una canción llamada «zorra», referidas la letra y el título del tema a una individua ficticia (la interprete) de vida alegre, que según entendí del argumento sale cuando le da la gana, o se viste o alterna como mejor le parece. Y claro, deduzco aunque no me enteré muy bien de toda la letra, que se quejaba de que los demás la llamaban zorra de forma peyorativa por vivir a su manera. En fin, ese sería el argumento, más o menos. Todo ello envuelto en una coreografía que supongo representa a un colectivo determinado y no al conjunto de españoles. Desde luego, a mí no me representaban. No creo que sea esa la España real. En fin, resultado del experimento: castañazo gordo hasta la posición 22 con menos puntos que el Almería, más o menos.

          Aquí en nuestro país neowoke los medios nos han atribulado a base de la necesidad de boicotear a Israel (por suerte no he oído aquello de al perro judío), aunque sí hemos visto un Tuit de una ministra del gobierno llamando al exterminio de los judíos de forma literaria: «desde el río hasta el mar», tuiteó sin el menor reparo. Claro que es posible que esa ministra de lo que sea desconozca que ese lema lo adoptó Hamás en 1980 (puede que tampoco sepa que Hamás es una organización terrorista). Con esta gente nunca se sabe.

          El odio diseminado por los defensores del buen rollo, de la necesidad de querernos mucho, de la distensión y los no creadores de bulos incluido ese mismo de no crear bulos, no ha surtido el efecto buscado. Sí que escuchamos algunos silbidos durante la actuación de Israel y, sobre todo, las redes sociales con ejércitos de cuentas pagadas para distribuir basurilla gubernamental estuvieron muy activas. Algunas excéntricas que durante los días previos llamaban poco menos que a un progromo debieron sufrir un síncope vasovagal al ver que Israel quedaba entre las 5 primeras, que nuestra zorra woke era enviada al cubo y que los españoles, con esa verdad del pueblo que tanto ensalzan, votaron así:

 

           

La quema de libros

          La quema de libros de la historia reciente más conocida se produjo el 10 de mayo de 1933 en la Opernplatz de Berlin, durante los primeros años de la Alemania nacionalsocialista, más conocida como la Alemania NAZI. Durante la noche, de forma que el aquelarre iluminara la infamia como preludio de los tiempos oscuros que estaban por llegar durante los siguientes 12 años de gobierno, se quemaron las ideas que no comulgaban con una visión totalitaria que exigía la democratización de las instituciones, la socialización o la nacionalización de las grandes empresas.

          Llama la atención que semejantes acciones las llevaran a cabo no solo los zotes del nuevo partido, sino estudiantes universitarios de un país que siempre se distinguió por ser cuna de intelectuales en todos los ámbitos. Cuesta creer, que en aquellos primeros años del nacionalsocialismo, los gañanes y macarras que todo movimiento político cuenta entre sus filas, lograran convencer a las masas más formadas y mejor preparadas para que actuaran de aquella manera. De la cancelación de la cultura al genocidio solo quedaban unos cuantos pasos que, por desgracia, se terminaron por dar.

          Hemos visto este ansia por aniquilar la expresión cultural y relegar a la inexistencia del oponente ideológico de forma más cercana en el tiempo en Kabul, algo parecido a lo que en Roma se denominó «damnatio memoriae». Allí se erigían dos monumentales estatuas de Buda construidas en el siglo V. Los talibanes las devastaron después de 25 días con dinamita, disparos de tanques y cohetes. Es un mecanismo difícil de asimilar para una mente más o menos sana: la intención no de disentir de aquello que no se comparte, sino de eliminarlo del espacio incluido el tiempo pasado.

          Resulta tristemente desalentador como todavía hoy en las universidades españolas convive gente brillante con auténtica indigencia intelectual. Hay quien pretende derribar las estatuas de Cristobal Colón por genocida mientras admira el Acueducto de Segovia comiéndose un cochinillo a modo de Saturno devorando a su hijo. O quien pretende convertir la Plaza de las Ventas en un mercadillo de perroflautas, pero paga para entrar en el Coliseo y se rila de gusto al ver la arena donde se cometieron crímenes en masa para diversión del pueblo. De una hemiplejía intelectual como la que se está poniendo sobre la mesa solo pueden sobrevenir desgracias.

          Hay que alertar que esa forma de entender las identidades y la cultura de los pueblos continúa vigente en nuestros días. No hemos aprendido apenas nada de la Historia. Por alguna razón que desconozco, al poder suelen llegar individuos medio trastornados que, como Nerón, tienen una clara tendencia a provocar fogatas. Una vez en el cetro estos gusanos se convierten en capullos que, por lo general, antes de romper el tejido que les envuelve y volar para siempre, dejan un rastro de cagadas que no son fáciles de limpiar para las siguientes generaciones. 

          

Las ranas en la cazuela

          Es conocida la fábula de la rana nadando en el agua que, sin que el bicho lo perciba, se va cociendo hasta morir de calor. Se suele usar para mostrar las consecuencias del conformismo, y como metáfora de lo que ocurre con las personas que creen que todo está bien o piensan que las circunstancias siempre les son ajenas. Les es cómodo pensar que las cosas deben resolverse solas, o que de no ser así otros las arreglarán para ellos y para todos los demás. A pesar de que, mientras tanto, lo habitual es que empiecen a sudar sin moverse.

           A las sociedades les ocurre, en ocasiones, lo mismo que si de un conjunto de ranas flotantes se tratara. Es hasta cierto punto comprensible, porque como bien pensantes y ciudadanos de orden pensamos que el sistema democrático es infalible. Sin embargo, como desgraciadamente demuestra la historia, no lo es. Ni mucho menos. Una gran cantidad de indeseables protagonistas han llegado al poder gracias a las urnas, es decir, ganando las elecciones. Recuerde el lector el infame caso del nacional socialismo alemán en los años treinta del siglo pasado. Hitler ganó las elecciones y el resto ya lo conocen. No es el único caso.

           En España, aunque hoy andamos tratando de reescribir la verdad con tinta invisible para poderla corregir a conveniencia, el Frente Popular ganó las elecciones y durante los meses de gobierno antes de la rebelión militar se dedicó a promover miles de asesinatos, represalias, amenazas, quemas de iglesias, expropiaciones de tierras y un largo etcétera de crímenes sin cuento. Nadie hizo nada por evitarlo, y los españoles de entonces se comieron una guerra, cientos de miles de muertos y cuarenta años de dictadura y represión: cojonudo. Así de listos somos los de la piel de toro.

          Durante los años perdidos del franquismo el lema: «de política no se habla» era la norma generalizada para andar por casa y por las calles. No en vano, la mano militar y censora represaliaba a cualquiera que tuviera la tentación de expresarse en libertad contra el poder del dictador o sus mafiosos y psicópatas. Por suerte, con la muerte del régimen nos convertimos en una democracia liberal, y se suponía que la libertad quedaba conquistada. Seguro que usted se ha dado cuenta de que han pasado desde 1975 hasta hoy la friolera de medio siglo. Sin embargo, cabe la posibilidad de que esté empezando a percibir cierto calorcito de un agua que comienza a hervir.

          Pensaba esto porque uno ya está hasta las meninges de que le vengan con el mismo cuento: «de política no se habla». Y estoy hasta sálvese la parte porque es algo que te dicen siempre los mismos: los librepensadores del socialismo, los progresistas que reparten carnés de buenos y fachas, los guays defensores de la igualdad desde sus moquetas, desde sus chalés de lujo y sus fiestones de gente cuqui, los viva la pepa y ponme una picaíta mientras te sujeto el cubata. Esos, los defensores de la libertad de expresión, son los que tienen cuando les interesa la boca llena de aquí de política no se habla a la espera de que acabemos cocidos como ranas. Conmigo lo llevan crudo. 

El corte del jamón

          Comer jamón sabe todo el mundo más o menos de paladar educado, realizar bien el corte del jamón es otro cantar. Hay lonchas que directamente te quitan el sentido de puro placer, y otras que podrían usarse para escayolar el alma del criminal que la ha cortado. En el mundo del jamón casi todo es radical: cuchillo bien afilado, pata negra llorona de grasa amarilla, loncha fina como el pellejo de una uva y un intenso babeo a la espera. Luego el éxtasis en la boca. La vida misma. Iba a escribir una barbaridad pero me la voy a ahorrar para alguna novela.

          El jamón tiene dos caras y las dos son bellas. Una es exultante y vital, más fresca y jugosa que una primavera en Sevilla. Brilla y te llama como una flor abierta para que uno se embarre hasta el éxtasis revolcado en su jugo de sensaciones: bellota, encinas, olor a hierba húmeda, a dehesa, a paciencia y a secretos ignotos que el guarro ha ido macerando y durmiendo. Nunca una bestia tan noble ha proporcionado al sapiens una colección tan grata de virtudes. No es gratis, claro es. Lo bueno tiene un precio.

          Pensaba esto mientras me deleito una vez más en el producto de mis cochinadas preferidas porque la vida es, me parece a mí, como el jamón de pata negra. De chico te sacan la corteza a base de una combinación de besos y collejas bien administradas, de palmadas en el lomo para que uno vaya tomando consistencia y aire que le ventile los días por venir. Una ayuda para desprenderse de la coraza producto de los días de maduración.

          Es tanto el arrebato de sentirlo y disfrutarlo que cuando menos se lo espera uno al jamón los días le están tocando el hueso. Toma conciencia entonces de que dispone de una maniobra sorprendente. Se le da la vuelta y muestra su otro lado. Una parte más madura, hecha y rotunda como una existencia humana a partir de más o menos los cuarenta años. Es el costado de los expertos. Donde se resume, en definitiva, la ciencia de un conocimiento asentado.

          A las personas nos ocurre lo mismo que al producto de los cochinos, y me pueden llamar loco si quieren. Uno da de sí lo mejor que tiene desde que asoma las orejas por sálvese la parte para que se lo coman a besos. Luego lo desgastan a base de acometidas afiladas y, cuando menos te lo esperas, te das cuenta a cierta edad de que ya le has dado la vuelta al jamón. No hay otra. El único consuelo es tratar de ser un buen hueso para llenar de esencia algún puchero que alguien guarde en la memoria.  

Donde habita la verdad

          Alguna vez he hecho mención al concepto de sociedad líquida, creado por el sociólogo ya fallecido, Zygmunt Bauman. Y también al juego que sigue dando su teoría si la aplicamos a diversas cuestiones relevantes como la verdad o la ficción, la percepción de la realidad o la versión interesada que nos venden con frecuencia quienes, precisamente, menos creen en la verdad y más interesados están en convertirla en algo líquido e interpretable. 

          Hace unos años se puso de moda aquello que se llamó la postverdad, que venía a ser el anticipo del punto en el que nos encontramos hoy. En resumidas cuentas, la verdad no era lo que veíamos y tocábamos o comprobábamos personalmente, la verdad pasó a ser el relato. Lo que quien quiera que estuviese interesado en deformar o inventar una realidad alternativa e interesada tuviera la ocasión de hacerla pública. Hoy es lo habitual. Seguramente, habrá oído usted de escándalos que harían caer gobiernos que, como por arte de magia, desaparecen del debate y la información pública y son sustituidos por otros más convenientes a quien tiene el poder.

          Pensaba esto porque más allá de la postverdad, en lo que hoy podríamos llamar la cotidiana mentira, existe el mundo de la ficción y sus personajes, que como defiende Umberto Eco, son una verdad no sujeta a interpretaciones. Sus identidades son incuestionables. Dice Eco en su libro: Confesiones de un joven novelista.  

 «En la vida real no estamos seguros de la identidad del Hombre de la Máscara de Hierro; no sabemos realmente quién fue Kaspar Hauser o si Anastasia Nikoláevna Romanova fue asesinada con el resto de la familia real rusa en Yekaterinburg o sobrevivió. En cambio, leemos las historias de Arthur Conan Doyle estando seguros de que, cuando Sherlock Holmes se refiere a Watson, designa siempre a la misma persona, y que en la ciudad de Londres no hay dos personas con el mismo nombre y la misma profesión». Watson es una verdad más allá de cualquier duda razonable.

          Por eso, ahora que nadamos en la abundancia de la manipulación más descarnada, que hemos alcanzado una realidad en la que la mentira es moneda de valor en alza y curso legal, que además se puede practicar con impunidad, de forma pública y sonrisa en los labios sin miedo al reproche o repudio social, nos queda la ficción. Ese mundo en el que las identidades creadas son auténticas, únicas, irrepetibles e inmunes a la manipulación interesada de quienes construyen mentiras y las venden como realidades.  

¿Qué es lo bueno o lo malo?

          ¿Cómo se mide lo que es bueno o malo en términos generales? Es una pregunta que puede parecer una boutade, o incluso una simpleza si ustedes lo prefieren. Podemos sustituir el verbo medir por considerar, calificar, determinar u otros similares. La cuestión es la siguiente: ¿Por qué se considera que algo es bueno o no lo es en términos generales? La respuesta que muchas personas proponen es: porque la mayoría así lo percibe o lo considera, o porque es generalmente aceptado como bueno o malo por una gran cantidad de personas. 

          Si nos basamos en la aceptación popular para considerar que algo es bueno vamos a tragar con mucha basura, y además la vamos a tener que dar por buena. Da igual el terreno en el que nos movamos. Hay programas de televisión, por citar un ejemplo, con una gran audiencia que son considerados directamente telebasura. Esto nos lleva a tener que aceptar que hay basura buena, al menos, en la tele. Y como derivada, aceptar que los programas culturales de la 2 que casi nadie ve son malos porque no tienen buena aceptación. O defendemos esto, o tragamos con que lo que vende bien y se acepta por el público mayoritario, a veces, es malo. Incluso basura, que la gente consume (consumimos) por alguna razón masoquista o quizá ignota.

          Pensaba esto porque hay pocas cosas sobre la calidad en las que todo el mundo esté de acuerdo, que se sepa hasta el momento. Sin ir más lejos, el jamón de bellota de pata negra. Es lo que podríamos denominar un Gold Standard de lo que está tela de bueno: un patrón de referencia para entendernos. Esto lo saben incluso los chinos, que andan atareados entre otras cosas en replicar lo inimitable. Por mí que impriman los jamones en 3D y con su pan se lo coman. Nosotros los seguiremos produciendo a golpe de dehesa y encinas con una raza porcina única en el planeta.

          Yo creo que en esto de la calidad mucha culpa la tienen los medios, es decir, que lo bueno en ocasiones no es más que puro marketing. Pasa en el cine, ocurre con muchos restaurantes afamados, libros, grupos de música tan efímeros que apenas llegan a escucharse sus canciones pero que tienen su minuto de fama. Leía el otro día, que con esto del TikTok la media de tiempo que emplea cada usuario en cada video es de 7 segundos. O sea, me lo expliquen, como diablos se puede hacer algo de calidad en ese tiempo.

          A mi entender la mayoría de cosas en las que a uno le acusen de precoz da mala espina. ¡Quieto ahí! Hay veces que suena incluso a reproche. Ya se sabe que las prisas nunca fueron buenas. Hoy que es Domingo de Ramos, si puede disfrute con tranquilidad de un plato de jamón de bellota, una copa de vino o una cerveza fría y una buena compañía y… , luego, pues intente no darse prisas tampoco. Usted ya me entiende.