La toxina de los viles

          La vileza tiene su propia toxina. Una de esas que se esparce por los medios y por la redes en forma de esputos argumentales. De entre ellos, uno cada vez más habitual es la deslegitimación del Estado de derecho. ¿Cómo? Pues como se ha hecho siempre desde las autocracias: atacar y tratar de deslegitimar al poder judicial. La cosa no puede ser más sencilla: la justicia funciona si me da la razón, y si no, no. O sea, como para hacer un doctorado en el área de jurídicas con lo sencillas que son estas cátedras bullangueras del cazurro de turno.

          La toxina la inyectan en el desprotegido tejido neuronal de la población aquellos que temen a la justicia, pero tienen cierta capacidad para debilitarla. Comprenderá el lector que esta no es la posición habitual del ciudadano de a pie. Claro que no, esparcir ese tóxico solo puede hacerse desde el poder. Es uno de los caminos más conocidos y, por desgracia, usado recurrentemente a lo largo de la Historia democrática para atacar el Estado de derecho. El enfermo, este sí ciudadano vulgaris, es fácil de diagnosticar. Cuando lea, escuche o tenga noticia de alguien que se expresa con frases como: los jueces fascistas, los jueces atacan al poder, la justicia está contra el gobierno y cosas por el estilo, ahí lo tiene. 

         Uno de los efectos más obvios que produce la patología es que el infectado no necesita conocimientos jurídicos ni legales. De hecho, lo habitual es que sea completamente lego en la materia. Por lo general, carece de argumentos y solo utiliza frases anodinas, llenas de clichés o repite los disparates que los mercenarios del poder van esparciendo a golpe de micrófono. Es fácil, el ciudadano normal carece de conocimientos procesales, no sabe dónde se practica y perfecciona la prueba ni cuándo, qué es y qué no un indicio razonable, qué se espera de la fase de instrucción y, últimamente, tampoco qué y cuál es el sentido del principio de presunción de inocencia. Solo escucha consignas, las adapta a su enfermedad y las replica en modo loro para proporcionarse alivio.

          Sensu contrario, podrá comprobar que el infectado es capaz de defender una causa y su contraria. Que ante dos casos idénticos adaptará su sentencia popular, y dirá cosas como «gracias a Dios la justicia está para algo», o por el contrario sacará ese arma de la que hasta ahora ni conocía su nombre: Lawfare, probablemente pronunciada lofare. Al dictador populista le encanta que el pueblo tenga esa sensación de que la justicia es del pueblo. Que es el lumpen el que sabe lo que es justo y no la justicia. Que lo sano es aquello que se utilizó de forma habitual en la Edad Media y se llamó caza de brujas. Un fenómeno impulsado por la histeria colectiva, las crisis sociales, religiosas y económicas.

         Mientras más analfabeta y desprotegida esté la sociedad; mientras más pobreza y vulnerables dependientes del poder haya; mientras más necesidades vitales y económicas existan; mientras más catetos con un altavoz tengan audiencias subvencionadas; mientras más desesperanza en los jóvenes de cara a su futuro; mientras más polarizada se consiga que estén las gentes manipuladas por el poder… Más se expande la toxina de los viles, y mayor riesgo existe de entrar en un camino sin vuelta atrás. Lo que no saben, o parecen desconocer los zombies ya infectados es que, tarde o temprano, la justicia tiende a sacudirse los esputos del enfermo y suele hacer su trabajo a base de dolorosas terapias de choque.

Barbas a remojar

          No podíamos empezar mejor el año que con la caída de la mafia venezolana, al menos, de su gorila jefe. Nuevos tiempos, para un narcoestado ilegitimo, construido mediante el robo violento de la legitimidad democrática de las urnas, y que no ha sido reconocido ni por la UE, ni por USA, ni por los países social demócratas occidentales. Lo que en tiempos fue la situación de facto que se daba en las islas caribeñas cuando arribaban los piratas y corsarios para robar, violar, asesinar y apoderarse de los recursos y las vidas de las gentes.

          Los tontos útiles, que también los tenemos patrios y colaboracionistas con la mafia, hablan de un secuestro del gorila Maguila. Y lo digo porque a la mafia, generalmente, solo le interesa el mensaje del loro, y mientras más ignorantes mejor. Por ejemplo, llamar secuestro a una extracción de un criminal del zulo en el que se encuentra por orden de un juez es de ser cretino o cretina, porque de cretinos es no informarse primero: En el Código Penal, el secuestro (Art.164) es la detención o encierro de una persona exigiendo una condición o pago para su liberación; se diferencia de la detención ilegal (Art.163) en que esta no requiere dicha condición. Es obvio, que no se dan en el caso que nos ocupa ninguno de los dos supuestos. Se trató de una operación por orden judicial. ¿Secuestro político? Los más de 800 encarcelados y torturados en el infame Helicoide.  

          Nada más conocerse el hecho de la intervención americana, en nuestra corrala patria, las tertulias afines a la desgracia gubernamental se llenaron de tontos y tontas útiles compitiendo por lanzar la carajotada más gorda. Desde una invasión fascista (esto les encanta a los fascistas de la ultra izquierda patria), a que nos comen los marcianos, el mundo se acaba o los chinos van a bombardear Marte y, en fin, toda una panoplia de soplapolleces en formación de ataque a no se sabe quién. Sin embargo, como era de esperar, no habían pasado más de 10 minutos de la noticia cuando el subidón de champán navideño, del ácido úrico de las gambas o de lo que quiera que se metan, provocó una deriva previsible: que la culpa era de Feijoò, Ayuso y Abascal. Y luego, supongo que durante los anuncios, se pasaron por los baños a empolvarse la nariz para coger nuevas fuerzas.

          Son, en realidad, los mismos de siempre. Esos que defienden las alianzas con terroristas de E.T.A, las acciones de Hamás y que son felicitados por aquellos, que comulgan con la amnistía de golpistas, y que callan como puertas con la infinita lista de acciones mafiosas de sus golfos, ladrones, puteros y mentecatos de todo lo que hay en el POSE y a su izquierda. Por eso, simplemente, no merecen el menor respeto. Entre otras cosas, porque si pudieran y no se lo impedimos, intentarán hacer lo mismo con nuestro país: someterlo a la bota execrable de una banda mafiosa y criminal como la que acaba de caer en Venezuela.

          No debería descuidarse aquí en casa lo que esta mala gente va a intentar hacer en los próximos 2 años. Sabedores de que difícilmente les van a aplicar el mismo tratamiento de choque. De facto, ya tenemos a un autócrata en el gobierno que gobierna sin mayoría, sin el Parlamento, sin presupuestos, sin vergüenza, sin dignidad y que, ademas, se la sopla todo quisque. Lo que conocemos como la definición de un sátrapa. Lo intentará todo, y le acompañarán en el intento sus muchos lameculos a sueldo, directo o indirecto, pero no lo conseguirán. La mafia, más tarde o más temprano, acaba entre rejas o bajo tierra. 

 

 
 

Viejos propósitos

          Retomar viejos propósitos es lo que nos planteamos la mayoría de las personas llegadas estas fechas. Muchos de ellos tendrán una esperanza de vida de 30 días, salvo el del gimnasio, que estadísticamente se marchita sobre el 19 de enero: día del abandono deportivo. Luego, volveremos a la normalidad y, por lo general, nunca salimos más fuertes del trance. De hecho, lo habitual es salir con dos o tres kilos de más en el abdomen o las cartucheras y la cuenta corriente con cicatrices y heridas de consideración y pronóstico reservado. Lo sabemos porque los propósitos de año nuevo son casi tan viejos como cada uno de sus propietarios. 

          Es un ritual que se repite como en la famosa película de Harold Ramis, El día de la marmota (1993). Por cierto, una cinta muy navideña, quizá porque en ella un inspirado Bill Murray nos pone desde entonces frente al espejo. Una metáfora de lo lábil que resulta nuestra determinación incluso cuando se refiere a conseguir una mejora en nuestras vidas. La conclusión es un poco pesimista: no mejoramos porque no queremos. Claro que, si esa conclusión no nos sirve, tenemos otras diez o doce de reserva. Por ejemplo que no me da la vida, o que en el gimnasio hay mucha gente a la hora que yo voy, o que tengo mucho curro, o incluso que mi tía segunda está enferma.

          Nos pasamos la vida corriendo como ratones en una noria, y cada doce meses nos preguntamos cómo es posible pisar otra vez el mismo peldaño. Cada vez más cansados y con una mochila de experiencias cuyo peso sobre la espalda se incrementa con las pérdidas, las desilusiones, los buenos propósitos abandonados, y la sensación de que las alegrías y los éxitos y logros duran lo que un resbalón en la escalera. Vivimos alienados como obreros en las fábricas de la Revolución Industrial, atornillando nuestro destino con rutinas desabridas de días y noches idénticas.

          Quizá el propósito que no nos atrevemos a plantearnos, por quimérico, sea el de cambiar de vida. Me refiero a salir de la noria como un ratón rebelde que de repente deja de correr hacia ninguna parte. Se para a pensar y concluye que para ese viaje no hace falta un esfuerzo tan repetido e inútil. Que se hace consiente de que al final siempre llega al mismo sitio, una y otra vez, hasta que un día cada vez más cerca, exhausto y sin fuerzas, se dé cuenta de que su vida ha sido rodar y rodar sin otro propósito que seguir girando.

          Son viejos propósitos porque no son disruptivos. Creo yo que ni siquiera son propósitos. Los pequeños cambios se los come la costumbre, se diluyen sin dejar huella. Los matices y los detalles marcan la diferencia y hacen de la obra un arte, eso es cierto. Sin embargo, para ello, primero hay que crear algo nuevo e inédito, regalarse una vida o una forma distinta de vivir. Eso sí son buenos propósitos y no los viejos. 

No es lo que parece

         «No es lo que parece» es una frase que culminaba un chiste muy conocido y contado hace tiempo y que, quizá, aun se cuente durante las sobremesas subidas de tono en las comidas de empresas y familiares. La expresión hacía referencia a la excusa del infiel o la infiel pillada in fraganti en la cama con el amante, y la propuesta banal dirigida al cónyuge engañado ante la incuestionable evidencia. Ignoro por qué la reacción causaba hilaridad un tanto infantiloide, en fin, quizá sea que la capacidad de sorpresa ante la desvergüenza aun se encontraba un tanto virgen en la ciudadanía.

          Hoy vemos animales de dos patas, palmípedos, blancos y con plumas que lucen un pico en forma de pala y que articulan un sonido típico: cuá cuá… Pasean por nuestros jardines y parques públicos, quizá dándose un chapuzón en la alberca y les tiramos miguitas de pan. La mayoría de las personas les llamamos patos a estas simpáticas aves, y lo hacemos como fruto de la observación y la experiencia. Ese conjunto de aptitudes que nos han servido para sobrevivir como especie a lo largo de los siglos. Bien es cierto, que no todos, y que algunos ilusos o despistados siempre terminan siendo tragados por un lobo disfrazado de Caperucita que dice cuá como un pato, de manera un tanto ecléctica.

          La teoría Interpersonal del Engaño (TIE) se centra en cómo el contexto, las cogniciones y las emociones del emisor y el receptor afectan a la comunicación engañosa. Así quien ha sido criado como pato, se ve influenciado por su infancia y tiende a considerarse en el mundo de Donald Duck. Da lo mismo que el pato lo imite Mr. Bean, o que en vez de un lago o una charca bucólica en el parque se trate de un frío monte, y que los candorosos pajarracos en vez de interesarse por las migas de pan, intercambien mochilas con papeles que conviene hacer desaparecer. Convendrá conmigo en que todo eso es irrelevante, porque pato es pato.

          Pensaba esto porque esta semana uno de ellos, disfrazado de Mr. Bean fue visto por Madrid en compañía de un ave rapaz. Son muy huidizos estos palmípedos porque siempre hay depredadores y, como han evolucionado por el interés del bien común, se les vio adentrarse en una zona sin cobertura móvil ni de comunicaciones alrededor de El Pardo. Allí borraron y liquidaron toda señal de haber sido alimentados y amaestrados por el conocido gorila Magila de Venezuela, bulo que corre por la corte madrileña. Además, las dos crías del papá pato disfrazado de Mr. Bean, imitaron a papá borrando todo vestigio de crianza y beneficios caribeños.

          Por eso, debemos deducir que esta vez tampoco es lo que parece. Dicen los mal pensados, que debajo del disfraz de Mr. Bean estaba un tal ZP, y que el acompañante esa fría mañana era un tal Julio que se embolsó 53 kilos de billetes para sobornos en Venezuela. Que la casualidad les llevó muy temprano a un monte escondido de Madrid una fría mañana de un día festivo de diciembre, y que el borrado de mensajes y la destrucción de pruebas allí realizados fue accidental,  y que Plus Ultra y la macaca Delcy y sus maletas con oro contenían en realidad migas de pan duro. En fin, piensan los mal pensados, que cabe la posibilidad de que ese tipo, en realidad, quizá le estuviera echando un polvo a la parienta en su propia cama cuando el cornudo llegó y los sorprendió. No me cabe duda de que entre los españoles hay muchos dispuestos a defender que «no es lo que parece», así tengan que hacerlo en su propia casa. 

El listo y el tonto de la clase

          Hace medio siglo, cuando yo estudiaba aquello que se llamó la E.G.B (Educación General Básica), si te pillaban copiando en los exámenes te metías en un lío gordo. De entrada, casi con toda seguridad te caían una o dos collejas que, luego en casa, te complementaban con otro par de ellas por parte paterna. Los aprendizajes solían hacerse de ese modo, reforzando el escarnio una vez que te pillaban con el carrito de los helados en forma de chuleta de papel. Nadie salía en defensa del tramposo, incluso los colegas más cercanos lejos de proclamar su inocencia se mofaban de la torpeza en la ejecución de la maniobra. Si la cagabas, acababas siendo considerado el tonto de la clase.

          Sin embargo, el afán por la trapisonda, el escaqueo, la falsedad y la marrullería no ha cedido con el paso del tiempo. El listo de la clase siempre se ha considerado por encima de las reglas y de lo establecido, de la norma, y ha lucido una habilidad innata para enmarronar al tonto a su costa y riesgo. Era aquel que manchaba la silla del profe con tinta, que atascaba los baños o cebaba las cerraduras con pegamento y que, invariablemente, se libraba del castigo en perjuicio del tonto de la clase que acababa de nuevo con las dos collejas a modo de banderillas en su nuca enrojecida.

          Esta especie de darwinismo social chusco ha ayudado a muchos de esos pequeños maestros de la estafa a ascender en el engaño social. A conseguir unos días antes y de estraperlo los exámenes en la universidad, o incluso a plagiar la tesis doctoral usando las manos de un par de negros que las escriben por ellos. Son capaces de convivir con los tontos de turno en una tartana con cuatro ruedas durante semanas, recorriendo miles de kilómetros mientras planifican qué mamonadas les van a encasquetar a cada uno cuando lo necesiten. Al listo de la clase nunca le han faltado los tontos útiles a mano para quemarlos como monigotes de paja en su propio beneficio. 

          Lo que sí ha cambiado es la cantidad de tontos útiles y aspirantes a convertirse en ello. Por aquel entonces, al tonto se le evitaba como a un apestado, dado que se daba por hecho que de alguien que se dejaba someter de esa manera por el listo de la clase era mejor estar alejado. El tonto solía acabar apaleado por el listo y sin la merienda, que le era confiscada total o parcialmente y, con frecuencia, castigado sin recreo o a quedarse dos horas más después del horario de clases. En algo coincidíamos los niños de aquellos años, casi siempre, aunque con raras excepciones, el tonto era reconocible fácilmente porque solía tener cara de tonto. 

          Pensaba esto porque esta semana hemos visto a un cara bobo lameculos comerse el marrón del listo tamaño XL. Al torpe gordinflón con cara de panoli y andar sospechoso y blandito, como le soltaban dos collejas de las de doblar las rodillas. Y hemos visto, como siempre, al listo salir corriendo y callarse como una puerta. Sin embargo, y eso sí es nuevo, habrán notado ustedes que lo que ha cambiado es la cantidad de aspirantes a tontos útiles que han salido en la defensa del monger, quizá con la esperanza de que el listo se fije en ellos y, con su varita mágica, los apunte en la lista de los próximos apaleados por la justicia. 

Como Ninots de Falla

          A veces me pregunto por qué hay sociedades que avanzan a una velocidad inusitada y otras de las que intuyes que están condenadas a desaparecer o, salvo cambios radicales, a servir de muleta y pariente pobre de las primeras. Y, casi siempre llego a la misma conclusión: las sociedades basadas en la permisividad, no confundir con libertad; exigentes en derechos y laxas en las obligaciones; complacientes con la mano extendida y rácana con el esfuerzo son las que no avanzan. De esto hay mucho en Europa, y aquí en casa somos el ejemplo palmario del modelo.

          Hace cinco años, durante la pandemia que recorrió el mundo, asistimos a dos formas de entender la productividad. Mientras los chinos, y no soy yo un amante del arroz tres delicias, montaban de cero un hospital de 2000 camas en una semana, aquí nuestros socialistas feministas progresistas y reformistas resilientes andaban correteando en pijama por los paradores haciendo fiestas de almohadas. Se nos llenaban las morgues de cadáveres, y los primeros espadas del gobierno amasaban fortunas en R. Dominicana y a saber dónde más, algunos de ellos ya en la cárcel. 

          Pensaba esto porque con esos mimbres y a la vista de que casi la mitad del país, incluso así, acepta la situación, no es que estemos al borde del colapso, es que estamos en la orgía de la paranoia. Estamos llegando a un punto de ebullición de la ridiculez casi convertidos ya en una sociedad paria. Una donde todo el que asoma la cabeza quiere un buen salario, casa grande y barata, sanidad de lujo, muchas vacaciones y horarios reducidos, ademas de dos huevos duros y pagarlos en negro… Y todo ello, a cambio de que las cosas se hagan solas, o de hacerlas con la punta del pepino. Si hubiéramos tenido que levantar un hospital en dos semanas, aún estaríamos descargando el camión del cemento.

          Este mes de noviembre llevo 3 pequeñas averías en casa. Se me rompió la botonera de la campana extractora de la cocina, la tapa de un cubo de basura y tengo un enchufe que ha dejado de funcionar. Para las dos primeras les cuento: El técnico de la botonera, después de enviarle 6 fotos y pedirla él a Barcelona, vino a la semana con una botonera equivocada. A la semana siguiente regresó y al colocarla fundió el led de la campana, otro pedido, y todavía no ha llegado. Esto le va a salir a la garantía por 4.000 km de recorrido del trocito de plástico y 4 visitas de un técnico. En cuanto a la tapa del cubo en vez de color gris plata original, llegó de color blanco enviada desde Castellón que es donde se producen. Todavía no ha llegado. El pedido lo hizo la misma empresa que instaló la cocina. Y, en fin, miedo me da pensar en el enchufe.

          Yo no tengo claro quién acabará antes con este tipo de sociedades varadas en el limbo, huérfanas de realismo y ajenas a la rotación de la Tierra. No sé si serán los chinos, o la inteligencia artificial o, incluso, los propios chinos con un mando a distancia usando la IA para ir apagándonos las luces a este lado del mundo y echar la persiana. Aunque, nos queda eso sí, la esperanza de que cuando le den al botón la persiana se atasque en el tambor y alguna de las luces provoque un cortocircuito y un incendio. De ese modo, al menos, nos despediremos como merecemos: con una algarabía de fuegos y artificios como ninots de una Falla chusca.   

 

     

El que nace lechón, muere cochino

          Dice un ocurrente refrán que «el que nace lechón, muere cochino». Y que como cualquiera deduce sin dificultad hace referencia a lo difícil que es cambiar una forma de ser. La mayoría de las personas apuntan maneras, las que sean, y aunque el contexto haga que muden temporalmente sus gestos, los ademanes, o que incluso adopten un lenguaje o sonrisas impostadas, tarde o temprano, el verdadero individuo asoma la patita. Cuando yo era niño, hace ya muchos años, solía escuchar otro refrán típico de la época (hoy racista), pero en esa misma línea y decía: «el gitano si no te la hace a la entrada, te la lía a la salida».

          Pensaba esto porque cuando la ultraderecha racista y xenófoba de Junts, que sostiene indignamente al gobierno feminista y socialista, decide romper y dejar la legislatura en la inutilidad: sin capacidad para hacer ni legislar nada, imaginé la respuesta del 1 y que sería, supuse yo con acierto: ¿Y?  Una sola letra en forma de interrogante que dice del fulano mucho más que sus mentiras, traiciones, su falta de vergüenza para arrastrarse ante la ultraderecha de Junts para gobernar y, con el único objetivo, de que así no gobierne la derecha de Feijoò. La decisión en forma de patita era previsible, que traducida es: aquí me quedo atrincherado aunque no pueda mover un dedo.

          Que este fulano que nos cayó en desgracia no es democrático no creo que haya que explicarlo a estas alturas. No debería nadie olvidar que hablamos de un truhán que intentó pegar un pucherazo con urnas falsas en su propio partido y al que echaron a la puta calle. Un tipo que se metió en el coche con una panda de cuatreros, según hemos sabido después, para timar y engañar por los pueblos a la propia gente del PSOE y pedirle el voto. Que luego llegó al poder pactando con herederos de asesinos y ultraderechistas nacionalistas, lo contrario de lo que había dicho, y que en una indignidad sin límites encerró al país durante la pandemia mientras sus cuatreros se iban de putas y se enriquecían con el dolor  y la muerte de 150.000 españoles.

          Por eso ahora, aunque ya no hay gobierno, sino una banda de loros repitiendo cada mañana la consigna o el bulo que les dicten, defenderán las fechas del calendario con ataques furibundos a todo lo que se mueva. Con esa patita enfangada moverá los detritus de las cloacas, arrimará dinero en cantidades ingentes a la olla de sus partidarios en previsión del invierno político y tratará, como sea, de destruir el poder judicial. Usted dirá quizá que no seamos pesimistas y que no es para tanto. Y es que muchas personas, ignoro la razón, todavía siguen sin ver la pezuña del cochinito.

         Ya he comentado otras veces que un narcisista con el ego tan herido como el tipo este es sumamente peligroso. Herido por su partido por ser un tramposo y porque lo echaron, cuando tuvo la oportunidad acabó con el partido. Lacerado en su ego porque nunca ha ganado unas elecciones ni las va a ganar, ahora su resentimiento contra el país le sale por las orejas. Por eso tiene otro plan: arruinar a España, calentar a las masas ultras social comunistas para que se preparen para la violencia, dañar las instituciones hasta el límite, y preparar un relato para cuando finalmente pierda el poder. El relato es el siguiente: «Que en España no haya vivienda, que la clase media desaparezca o sea pobre, que los recortes y la violencia en las calles exista es todo culpa de la derecha y la ultraderecha que gobierna. Eso, desde el primer minuto, cuando haya que arreglar el legado de su mierda y de su odio durante una década infame».

          

La pescadilla que se muerde la cola

          Recientemente, El surcoreano Byung-Chul Han al recibir el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, hacía hincapié en parte de su teoría política. Han cuestionaba (y cuestiona) la democracia actual, argumentando que, sin valores como el respeto, la confianza y la responsabilidad, se convierte en un ritual vacío y a menudo dominado por la autopromoción. Es difícil no estar de acuerdo con Han a la luz de lo que vemos a diario. La política como instrumento no del servicio a la sociedad, sino como herramienta para la humillación del pueblo a través del saqueo moral y económico en favor de grupos que, con demasiada frecuencia, no son más que mafias criminales.

          Han es crítico también con las contradicciones del capitalismo, pero hace un ejercicio de contorsionista solo comprensible de forma teórica conceptual. Defiende que la persona en el modelo liberal se convierte en un individuo auto explotado. Y que «hemos pasado de una sociedad disciplinada a otra basada en el rendimiento. Esta nueva sociedad, impulsada por el capitalismo neoliberal y el exceso de positividad, lleva a los individuos a ser su propio verdugo». No sé si a usted le ocurre como a mí, pero al leer esto empiezo a dudar acerca de cuál de las dos Coreas procede el señor Han en realidad, aunque en su pasaporte diga que es surcoreano.

          Lo cierto es que Han parece no tanto estar contra el capitalismo o el liberalismo, como añorar un estado de vida más bien contemplativo. Una sociedad donde el exceso de transparencia no sea la norma, como ocurre con la actual. Por ello, defiende que las redes sociales lejos de contribuir al desarrollo social, saca lo peor de nosotros. Y es cierto, baste con pasarse por X y ver el perfil español del ministro gorila, o las decenas de miles de cuentas bot pagadas por el gobierno para difundir fakes, odio, y confrontación.

          Han apunta a que un modelo ético debía regular estas cuestiones. Lo que faltaba pensaba yo: una regulación pública de la cuestión ética. De hecho, algo me suena el postulado. ¿Recuerdan aquello del ministerio de la verdad? Que locura sería poner en manos del trastorno patológico la posibilidad de acabar con sus efectos perjudiciales. Sería como inventar un remedio para hacer que el resfriado cure la fiebre y el malestar general: una entelequia.

          La libertad solo deviene del individuo, nunca las sociedades reguladas o planificadas como en el socialismo han sido felices. La prueba la tienen en que por alguna razón ningún país social comunista ha recibido oleadas de gentes en busca de la prosperidad y la libertad, mientras que muchos, en sentido contrario, se dejaron la vida intentando escapar sin nada de aquellos muros que encerraban una vida más que asfixiante.    

Derechos pervertidos

          Los derechos pervertidos son los que se utilizan para engañar y enfrentar a las gentes. Es difícil para el común de la población, lo he comentado en otros posts, diferenciar entre derechos constitucionales y derechos fundamentales (ambos en la Constitución Española de 1978). Si usted la tiene, o la consulta por internet que es gratis, comprobará sin dificultad que el derecho a la vivienda No es un derecho fundamental, como tampoco lo es el derecho a la propiedad privada. Y le costará igual de poco esfuerzo, comprobar que ambos son derechos constitucionales.

          Entonces, se pregunta uno, ¿Cuál es la diferencia? Pues bien, haberla sí que la hay entre derechos fundamentales y constitucionales y es muy sencilla. Los fundamentales son aquellos que el Estado tiene la obligación de defender y proteger siempre y en todo caso, mientras que los constitucionales se deben al desarrollo legislativo posterior. Es decir, todo derecho fundamental es constitucional, pero no todo derecho constitucional es fundamental. Y esto es clave porque ni la vivienda ni la propiedad privada son derechos fundamentales en España, vaya esto por delante.

          ¿Qué hace que se desarrollen leyes de la vivienda como la actual? Sencillo: el interés del gobierno que no es otro que enfrentar a los ciudadanos en la defensa de sus derechos. La situación en España con la protección del okupa es tan bolivariana que, de no ser porque la gente tiende a no querer ir matándose, viviríamos a golpe de revolver como en el far west. No puede ser que cualquiera entre en tu casa, aunque no se trate de tu vivienda habitual, y la haga suya. Use tu mobiliario, se acueste en tu cama, cague y se limpie el culo con lo que has comprado en el super hace un par de meses y encima se te ponga chulo y diga que de allí no se mueve… El cuerpo te pide que le dispares en la cara y lo resuelvas, sin más.

          Por suerte, de momento, la gente normal no disparamos a otros conciudadanos salvo en situaciones muy extremas de defensa propia, por suerte, digo. Y con esa premisa un gobierno trufado de maldad, la que suele tener la mafia, puede someter de manera injusta los derechos de unos ciudadanos a costa de otros. No son gobiernos demócratas, obviamente, aunque haya urnas, ¿Acaso Rusia o Venezuela son democracias? Claro que no, por mucho que la farsa de situar cajitas con papeletas sin ninguna garantía pretenda homologar sus autocracias dictatoriales.

          Los españoles deberíamos saber que los derechos pervertidos, sometidos y confrontados por un gobierno, para que la gente se acabe matando es el primer e inequívoco síntoma de estar dejando atrás la frontera democrática. Es una maniobra para que a través de la división y el enfrentamiento, un poder débil y cobarde logre mantenerse aunque el precio sea a costa de que la mitad de los ciudadanos maten a la otra mitad. Eso, queridos amigos, solo tiene un nombre: socialismo. Y no, no es nuevo, ya lo hicieron hace casi un siglo y les salió el tiro por la culata. 

 
 

Equipo de indignación

          En realidad, el programa televisivo al que voy a hacer referencia se llama Equipo de investigación. Lo emite la Sexta que, dicho sea de paso, no es mi canal preferido. Lo que sí hago con frecuencia es zapear entre las opciones televisivas. Me entretengo viendo cómo se muerden los extremos rabiosos y alimentados de euros públicos y privados por los creadores profesionales de odios. Lo hago porque a pesar de todo, a veces, nos enseñan situaciones que supongo yo no persiguen otra cosa que provocar la indignación.

          Pensaba esto viendo a una reportera en un barrio residencial preguntando por un conocido narco de medio pelo, conocido en la zona, no hablamos de un Pablo Escobar ni de un Sito Miñanco. Uno de esos que se dedican a la maría y que tienen barrios enteros enganchados a la luz y amedrentados a sus vecinos. La gente prudente miraba para otro lado, negaba con la cabeza o los más atrevidos balbuceaban un: «todo el mundo sabe quién es y dónde vive».

          Por otro lado, en simultaneo, un alto mando de la Guardia Civil relataba con pelos y señales la vida del capo y sus conexiones: cantidades que trafica, hechos delictivos, detenciones y puestas en libertad y todo ello como el que cuenta el guion de una peli de serie B. Quizá con un punto de impotencia en el tono, algo así como si quisiera decir que estaba hasta los cojones de la situación. Que saben dónde vive, cuánto mueve, dónde tiene la pasta y hasta la hora a la que va al baño por las mañanas.

          La cuestión es que 2 o 3 matones en moto de alta cilindrada y grabando con móviles de más de 1000 euros, primero rajan los neumáticos del coche de la reportera y luego la acosan. Se ríen de ella y le ponen al narco en una videollamada de WhatsAPP, porque como lo estaba buscando… Todo grabado, y emitido en cadena nacional. Se saben intocables, por alguna razón dan por hecho que viven en un país sin ley y donde la impunidad se puede mostrar por la tele mientras te descojonas de la risa. Háblale tú a estos de que Hacienda somos todos.

          Por eso pensaba yo que el programa debía llamarse Equipo de indignación, porque doy por hecho que lo que se persigue es, precisamente eso, una indignación difícil de soportar. A mí que algún psicópata de productor le parezca bien provocar ese reflujo de odio en la población normal y corriente no me extraña, pero no salgo de mi asombro ante el hecho de que en tan poco tiempo hayamos hecho de nuestra sociedad una selva, y ademas la hayamos llenado de orangutanes.