Los Premios Goye

          Un año más se acaba de celebrar la ceremonia de los Premios Goye, en los que se premia a una nutrida representación de las artes escénicas. Gentes del mundo del cine, la crítica, la prensa y hasta la clase política se reúne en una noche mágica. Mágica porque no solo se celebran los éxitos, sino como ya viene siendo costumbre se reivindican desde la creatividad los valores sociales y democráticos que todos compartimos. Sé que hay una parte de la sociedad que esto no lo comparte, pero a pesar de todo, es necesario visibilizar por parte de quien puede hacerlo, las enormes injusticias que padecemos y los tiempos oscuros que casi todos vemos.

          Este año, como es lógico, se ha hecho referencia al derrocamiento del dictador bolivariano Nicolás Maduro. Un sátrapa que usurpando las elecciones del pueblo venezolano y mediante tortura, secuestros y asesinatos, ha sometido al país durante décadas a una brutal represión desde el seno de una organización narco-estatal. Y, como no podía ser de otra manera, se ha ensalzado el Premio Nobel de la Paz de Maria Colina Machado. Una luchadora valiente, mujer, y comprometida con la democracia en su país.

          Quizá uno de los momentos premonitorios de lo que iba a suceder esa noche fue cuando el auditorio, preso de la tristeza, recordó las 40.000 personas asesinadas en Irán hace pocas semanas: mujeres, niñas, niños, niñes, por cualquier cosa. Asesinados por homosexuales, por no querer someterse a la tiranía del burka, por gritar ¡LIBERTAD! Fue un momento de epifanía, una revelación de que el mundo entero debería apoyar la caída del régimen iraní y sus tiranos.

          Aún así, la comunión general estaba por llegar. Un gigantesco auditorio de pie con las manos levantadas recordando a las víctimas de nuestro terrorismo patrio. Clamando porque los asesinos pidan perdón, colaboren con la justicia y cumplan sus penas. Fue un momento épico, inolvidable diría yo. Una tremenda manifestación de decencia del mundo artístico, que de ese modo se manifiesta libre, no dependiente de dictados ni de platos de garbanzos públicos: gente auténtica como corresponde.

          Por eso me gustan cada año más los Premios Goye. Porque vamos avanzando en el camino correcto. Sé que a todo el mundo no les gusta, e incluso que hay quien prefiere otros premios como los Goya, con su gigantesco premio que se cae por su propio peso. Sin embargo, a mí esos premios y esa gala no me importan un pimiento. De hecho, ni recuerdo haberlos visto en los últimos 40 años, ni por lo que me cuentan, me interesa un carajo lo que en ellos se dice.  

Torpeza histórica

          Llevamos un tiempo asistiendo a la torpeza histórica de la izquierda política, recurrente por otra parte, cuyo proyecto consiste en una idea muy simple: el miedo. Tengo edad suficiente para recordar al ingenioso Alfonso Guerra esgrimiendo la tarjeta de racionamiento en los mítines, y las soflamas de aquel partido socialista en los años noventa contra la vuelta al pasado. Un partido que estaba corrompido, como hoy, hasta los tuétanos. También entonces, como ahora, intentaban tapar la montaña de casos de saqueo de las arcas públicas con la manta del franquismo. 

          Esta estrategia, un tanto mentecata, la seguimos viendo en cada ciclo electoral: las amenazas de que volverán los fascistas por la Castellana, los sobres con balas amenazantes, que resucitará Franco de ultratumba y todas esas zarandajas que, sinceramente, supongo que debe de haber algunas mentes que aun se lo creen, por lo que sea. Sin embargo, cuando cayó Felipe Gonzalez en 1996 no vimos desfiles de botas negras al paso de la oca, como era obvio suponer. Lo que sí vivimos fue una asombrosa etapa de crecimiento económico y en el empleo. Un tiempo que, como todo el mundo sabe, duró hasta aquel trágico atentado de 2004.

          Llevamos casi una década de sanchismo. Una izquierda salvadora y regeneradora (lo entiendo, yo también me río por no llorar), que clama porque cada vez hay más vulnerables, que aúlla porque es necesario ayudar a una creciente pobreza infantil, que se mesa los cabellos por la falta de vivienda, en fin, que se proclama la salvadora de tanta devastación social. No sé si ustedes atisban el tamaño del timo. A cada año que pasa de sanchismo-socialismo, peor pinta el panorama. Y, claro es, la solución pasa porque sigan gobernando ellos para que no vuelva el fascismo-franquismo (siempre la misma monserga). O sea, ni en los primeros capítulos de Barrio Sésamo los guionistas eran tan simplones.

          Esta semana, el ingenioso exindepe de la corte ha montado una party con unos colegas para ganar las elecciones que vengan. Se ve que ha hecho números y observa que cada vez les quedan menos incautos dispuestos a votarles. Uno esperaba que el as de la manga que iba a sacar sería un sólido proyecto social con números, cifras, proyecciones y compromisos. O alguna impresora 3D de la mochila para mostrarnos como se hacen viviendas para pobres. Pero… adivinen de que iba el gran proyecto, pues sí, de eso: de parar a la derecha y al fascismo y los franquistas. Y lo cojonudo es que els quatre gats que asistieron lloraban de la emoción, de lo lúcido de la idea, del inigualable talento del Mesías de denominación de origen Jaén afincado en Cataluña.

          La torpeza histórica es la del discurso rancio y regurgitado una y otra vez, pero hay que reconocerles una cierta habilidad de prestidigitadores y una buena porción de cemento en el rostro, si quiera, porque consiguen no por convencimiento, sino por dinero, un buen número de adhesiones inquebrantables. Cada vez menos, pero con un suelo sólido; uno construido con el dudoso éxito de que su necesidad de supervivencia se basa en el miedo, y en que cada vez haya más personas necesitadas, vulnerables y empobrecidas. Después de todo, en un país próspero, de emprendedores, de gentes que no necesiten su discurso ni sus mentiras quién les iba a votar.   

Una lana gorda

          Hace unos días, una simpática y agradable concursante del conocido concurso televisivo Pasapalabra, se hizo con el bote millonario. Rosa, como muchos ya saben, una joven hispano argentina con ramalazo gallego se «embolsó» la graciosa cantidad de 2.716.000 euros: una lana gorda. Concursaba Manu contra ella, otro chaval también joven y muy simpático, que durante muchas semanas estuvo a punto de llevárselo, pero que en cualquier caso ha sacado buena tajada gracias a sus habilidades lingüísticas y de conocimientos: 270.600 euros brutos.

          Esas cantidades, tan merecidas como abultadas, no salen de la puerta del plató sin pasar por caja como es obvio. Y, he aquí mi sorpresa, no de que tengan que pagar a Hacienda como todo el mundo, sino del incongruente comentario de Rosa al conocer lo que se lleva. Dijo textualmente: «Estoy contenta con el premio, y no me importa que sea un poquito menos por los impuestos». Reconozco que lo leí recién levantado y con la primera taza de café en la mano, pero me dio la risa floja o, como se suele decir, me entró una suerte de inesperado baile de San Vito.

          La razón de mis convulsiones es que el concurso va de conocimientos generales en los que, además, es imprescindible conocer el significado de muchas palabras y su uso en el contexto en el que se emplean. Por eso, al ver el adverbio de cantidad acentuado en diminutivo como expresión de cosa ínfima se me pusieron los ojos en blanco: «poquito menos». Reconozco que después de recoger el desastre sobre el mantel debido al rociado de café que se me escapó por la boca, pensé en diferentes posibilidades. Una, que realmente Rosa no sea tan lista fuera del rosco y esté muy desinformada. Otra, que su percepción sobre tamaños y cantidades difiera de la del común de los mortales. Y, por pensar mal, que prefiera quedar bien con sus saqueadores públicos no sea que aún le hagan más daño. La cosa le queda así:

  • Premio total: 2.716.000 €.
  • Retención inicial: La productora aplica una retención a cuenta del IRPF del 19%.
  • Impuesto final (IRPF): como ganancia patrimonial no derivada de transmisión, tributa con un tipo marginal del 47% en total tras la declaración de la renta.
  • Neto aproximado: Recibirá alrededor de 1.350.000 € – 1.439.000 €.

          Es decir, un poquito menos que la verdadera ganadora: Marizú Mopongo, que sin saber hacer la O con un canuto ni pronunciar un sustantivo se lleva lo más gordo. Quizá era a eso a lo que se refería con aquello de «un poquito menos». Me llevo un poquito menos que doña Mopongo para sus cosas en el gobierno y la campaña de Andalucia. 

          A mí, como a muchos que pueden permitírselo, me gustaría poder emigrar mientras esta banda continúe en la Moncloa, pero no me lo puedo permitir. Vivir en un país gobernado por una mezcla de bandarras y puteros, y que me quiten más del 50% de lo que gano me parece un atraco: un robo con violencia, por decirlo en fino. Un dinero, que en gran parte se lo llevan crudo para sus golfadas en vez de mantener las infraestructuras. Y para colmo la indecencia de argumentar en el Parlamento, con 47 cadáveres aun calientes, que ellos lo hacen todo bien y no tienen culpa de nada. 

Ucronía del tren

           Desde que gobierna la derecha y la ultraderecha de Feijoò y Abascal, en este país no ganamos para desgracias. La última, la tragedia de esta semana en Adamuz que ha costado la vida a más de 40 personas (45). Y, como siempre hace la derecha y la ultraderecha, desde el gobierno piden a voz en grito que no se politice lo ocurrido. Claro, la vía más simple de estos fascistas para que no se les pidan responsabilidades. Aquí no hay nada que reprochar a las autonomías mayoritariamente socialistas como en la DANA. Así que, una vez más, tenemos que decirles alto y claro: «No pasarán».

           No podemos obviar que los avisos sobre el deterioro de las infraestructuras de la red ferroviaria han sido una constante. Hasta los sindicatos han comunicado en varias ocasiones en el último año por escrito el riesgo y el miedo de los trabajadores y trabajadoras del tren. Los propios pasajeros hoy víctimas de este gobierno fascista y criminal del PP y VOX, denunciaron en muchas ocasiones las anomalías en los trenes. Además de innumerables parones en pleno verano, esperas interminables, noches en la cuneta y pérdidas de días de trabajo. ¿Y qué hizo el ministro fascista? Chulear en la redes sociales con su cara de neandertal. 

          Por eso los socialistas, desde la oposición, no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Esto ha sido un crimen, así de claro. Mientras los responsables se gastaban el dinero en sobrinas, en drogas y en llevárselo crudo. No basta con que el exministro de transporte esté en la cárcel, ni que el asesor de AZVI (la empresa trucha que reparó las vías), fuera ese tal Boldo también en la cárcel. Ni que la expresidenta de ADIF esté imputada por corrupción. Todo eso, solo es el reflejo y la evidencia de como funciona este gobierno franquista.

          Por eso, los socialistas junto con los sindicatos  y otras fuerzas sociales hemos convocado una mariscada transversal, resiliente e inclusiva como forma de protesta para este domingo, y luego una manifa ya cubata en mano. Llamamos a todas las compañeras de pelos de colores a la batucada, y a que confeccionen grandes pancartas con el lema «Asesinos». Vamos a llenar las calles de manos manchadas de pintura roja en honor a las víctimas. Este gobierno debe caer porque son unos asesinos y unos criminales. Y luego iremos a rodear el Congreso para pedir dimisiones. Camaradas, las calles siempre han sido nuestras, pero las vías de la muerte son de ellos.

……………………………….  Fin de la ucronía. 

          Usted, lector que vive al otro lado de la realidad, comprobará con asombro que en esta historia lo único real es la tragedia de esta semana. Olvídese del resto. Ese es el poder de las ucronías, una herramienta de la imaginación que nos permite asomarnos por encima del muro y visualizar una realidad alternativa. Y perfectamente plausible. Es cierto que a los dos lados del muro no somos iguales, ni de lejos. Hay muchos, cada vez más, que no actuamos de la misma forma miserable y rastrera que los del otro lado,  porque la vileza de las actuaciones son fruto de esa querencia al derrote por el pitón izquierdo que todos conocemos. 

La toxina de los viles

          La vileza tiene su propia toxina. Una de esas que se esparce por los medios y por la redes en forma de esputos argumentales. De entre ellos, uno cada vez más habitual es la deslegitimación del Estado de derecho. ¿Cómo? Pues como se ha hecho siempre desde las autocracias: atacar y tratar de deslegitimar al poder judicial. La cosa no puede ser más sencilla: la justicia funciona si me da la razón, y si no, no. O sea, como para hacer un doctorado en el área de jurídicas con lo sencillas que son estas cátedras bullangueras del cazurro de turno.

          La toxina la inyectan en el desprotegido tejido neuronal de la población aquellos que temen a la justicia, pero tienen cierta capacidad para debilitarla. Comprenderá el lector que esta no es la posición habitual del ciudadano de a pie. Claro que no, esparcir ese tóxico solo puede hacerse desde el poder. Es uno de los caminos más conocidos y, por desgracia, usado recurrentemente a lo largo de la Historia democrática para atacar el Estado de derecho. El enfermo, este sí ciudadano vulgaris, es fácil de diagnosticar. Cuando lea, escuche o tenga noticia de alguien que se expresa con frases como: los jueces fascistas, los jueces atacan al poder, la justicia está contra el gobierno y cosas por el estilo, ahí lo tiene. 

         Uno de los efectos más obvios que produce la patología es que el infectado no necesita conocimientos jurídicos ni legales. De hecho, lo habitual es que sea completamente lego en la materia. Por lo general, carece de argumentos y solo utiliza frases anodinas, llenas de clichés o repite los disparates que los mercenarios del poder van esparciendo a golpe de micrófono. Es fácil, el ciudadano normal carece de conocimientos procesales, no sabe dónde se practica y perfecciona la prueba ni cuándo, qué es y qué no un indicio razonable, qué se espera de la fase de instrucción y, últimamente, tampoco qué y cuál es el sentido del principio de presunción de inocencia. Solo escucha consignas, las adapta a su enfermedad y las replica en modo loro para proporcionarse alivio.

          Sensu contrario, podrá comprobar que el infectado es capaz de defender una causa y su contraria. Que ante dos casos idénticos adaptará su sentencia popular, y dirá cosas como «gracias a Dios la justicia está para algo», o por el contrario sacará ese arma de la que hasta ahora ni conocía su nombre: Lawfare, probablemente pronunciada lofare. Al dictador populista le encanta que el pueblo tenga esa sensación de que la justicia es del pueblo. Que es el lumpen el que sabe lo que es justo y no la justicia. Que lo sano es aquello que se utilizó de forma habitual en la Edad Media y se llamó caza de brujas. Un fenómeno impulsado por la histeria colectiva, las crisis sociales, religiosas y económicas.

         Mientras más analfabeta y desprotegida esté la sociedad; mientras más pobreza y vulnerables dependientes del poder haya; mientras más necesidades vitales y económicas existan; mientras más catetos con un altavoz tengan audiencias subvencionadas; mientras más desesperanza en los jóvenes de cara a su futuro; mientras más polarizada se consiga que estén las gentes manipuladas por el poder… Más se expande la toxina de los viles, y mayor riesgo existe de entrar en un camino sin vuelta atrás. Lo que no saben, o parecen desconocer los zombies ya infectados es que, tarde o temprano, la justicia tiende a sacudirse los esputos del enfermo y suele hacer su trabajo a base de dolorosas terapias de choque.

Barbas a remojar

          No podíamos empezar mejor el año que con la caída de la mafia venezolana, al menos, de su gorila jefe. Nuevos tiempos, para un narcoestado ilegitimo, construido mediante el robo violento de la legitimidad democrática de las urnas, y que no ha sido reconocido ni por la UE, ni por USA, ni por los países social demócratas occidentales. Lo que en tiempos fue la situación de facto que se daba en las islas caribeñas cuando arribaban los piratas y corsarios para robar, violar, asesinar y apoderarse de los recursos y las vidas de las gentes.

          Los tontos útiles, que también los tenemos patrios y colaboracionistas con la mafia, hablan de un secuestro del gorila Maguila. Y lo digo porque a la mafia, generalmente, solo le interesa el mensaje del loro, y mientras más ignorantes mejor. Por ejemplo, llamar secuestro a una extracción de un criminal del zulo en el que se encuentra por orden de un juez es de ser cretino o cretina, porque de cretinos es no informarse primero: En el Código Penal, el secuestro (Art.164) es la detención o encierro de una persona exigiendo una condición o pago para su liberación; se diferencia de la detención ilegal (Art.163) en que esta no requiere dicha condición. Es obvio, que no se dan en el caso que nos ocupa ninguno de los dos supuestos. Se trató de una operación por orden judicial. ¿Secuestro político? Los más de 800 encarcelados y torturados en el infame Helicoide.  

          Nada más conocerse el hecho de la intervención americana, en nuestra corrala patria, las tertulias afines a la desgracia gubernamental se llenaron de tontos y tontas útiles compitiendo por lanzar la carajotada más gorda. Desde una invasión fascista (esto les encanta a los fascistas de la ultra izquierda patria), a que nos comen los marcianos, el mundo se acaba o los chinos van a bombardear Marte y, en fin, toda una panoplia de soplapolleces en formación de ataque a no se sabe quién. Sin embargo, como era de esperar, no habían pasado más de 10 minutos de la noticia cuando el subidón de champán navideño, del ácido úrico de las gambas o de lo que quiera que se metan, provocó una deriva previsible: que la culpa era de Feijoò, Ayuso y Abascal. Y luego, supongo que durante los anuncios, se pasaron por los baños a empolvarse la nariz para coger nuevas fuerzas.

          Son, en realidad, los mismos de siempre. Esos que defienden las alianzas con terroristas de E.T.A, las acciones de Hamás y que son felicitados por aquellos, que comulgan con la amnistía de golpistas, y que callan como puertas con la infinita lista de acciones mafiosas de sus golfos, ladrones, puteros y mentecatos de todo lo que hay en el POSE y a su izquierda. Por eso, simplemente, no merecen el menor respeto. Entre otras cosas, porque si pudieran y no se lo impedimos, intentarán hacer lo mismo con nuestro país: someterlo a la bota execrable de una banda mafiosa y criminal como la que acaba de caer en Venezuela.

          No debería descuidarse aquí en casa lo que esta mala gente va a intentar hacer en los próximos 2 años. Sabedores de que difícilmente les van a aplicar el mismo tratamiento de choque. De facto, ya tenemos a un autócrata en el gobierno que gobierna sin mayoría, sin el Parlamento, sin presupuestos, sin vergüenza, sin dignidad y que, ademas, se la sopla todo quisque. Lo que conocemos como la definición de un sátrapa. Lo intentará todo, y le acompañarán en el intento sus muchos lameculos a sueldo, directo o indirecto, pero no lo conseguirán. La mafia, más tarde o más temprano, acaba entre rejas o bajo tierra. 

 

 
 

Viejos propósitos

          Retomar viejos propósitos es lo que nos planteamos la mayoría de las personas llegadas estas fechas. Muchos de ellos tendrán una esperanza de vida de 30 días, salvo el del gimnasio, que estadísticamente se marchita sobre el 19 de enero: día del abandono deportivo. Luego, volveremos a la normalidad y, por lo general, nunca salimos más fuertes del trance. De hecho, lo habitual es salir con dos o tres kilos de más en el abdomen o las cartucheras y la cuenta corriente con cicatrices y heridas de consideración y pronóstico reservado. Lo sabemos porque los propósitos de año nuevo son casi tan viejos como cada uno de sus propietarios. 

          Es un ritual que se repite como en la famosa película de Harold Ramis, El día de la marmota (1993). Por cierto, una cinta muy navideña, quizá porque en ella un inspirado Bill Murray nos pone desde entonces frente al espejo. Una metáfora de lo lábil que resulta nuestra determinación incluso cuando se refiere a conseguir una mejora en nuestras vidas. La conclusión es un poco pesimista: no mejoramos porque no queremos. Claro que, si esa conclusión no nos sirve, tenemos otras diez o doce de reserva. Por ejemplo que no me da la vida, o que en el gimnasio hay mucha gente a la hora que yo voy, o que tengo mucho curro, o incluso que mi tía segunda está enferma.

          Nos pasamos la vida corriendo como ratones en una noria, y cada doce meses nos preguntamos cómo es posible pisar otra vez el mismo peldaño. Cada vez más cansados y con una mochila de experiencias cuyo peso sobre la espalda se incrementa con las pérdidas, las desilusiones, los buenos propósitos abandonados, y la sensación de que las alegrías y los éxitos y logros duran lo que un resbalón en la escalera. Vivimos alienados como obreros en las fábricas de la Revolución Industrial, atornillando nuestro destino con rutinas desabridas de días y noches idénticas.

          Quizá el propósito que no nos atrevemos a plantearnos, por quimérico, sea el de cambiar de vida. Me refiero a salir de la noria como un ratón rebelde que de repente deja de correr hacia ninguna parte. Se para a pensar y concluye que para ese viaje no hace falta un esfuerzo tan repetido e inútil. Que se hace consiente de que al final siempre llega al mismo sitio, una y otra vez, hasta que un día cada vez más cerca, exhausto y sin fuerzas, se dé cuenta de que su vida ha sido rodar y rodar sin otro propósito que seguir girando.

          Son viejos propósitos porque no son disruptivos. Creo yo que ni siquiera son propósitos. Los pequeños cambios se los come la costumbre, se diluyen sin dejar huella. Los matices y los detalles marcan la diferencia y hacen de la obra un arte, eso es cierto. Sin embargo, para ello, primero hay que crear algo nuevo e inédito, regalarse una vida o una forma distinta de vivir. Eso sí son buenos propósitos y no los viejos. 

No es lo que parece

         «No es lo que parece» es una frase que culminaba un chiste muy conocido y contado hace tiempo y que, quizá, aun se cuente durante las sobremesas subidas de tono en las comidas de empresas y familiares. La expresión hacía referencia a la excusa del infiel o la infiel pillada in fraganti en la cama con el amante, y la propuesta banal dirigida al cónyuge engañado ante la incuestionable evidencia. Ignoro por qué la reacción causaba hilaridad un tanto infantiloide, en fin, quizá sea que la capacidad de sorpresa ante la desvergüenza aun se encontraba un tanto virgen en la ciudadanía.

          Hoy vemos animales de dos patas, palmípedos, blancos y con plumas que lucen un pico en forma de pala y que articulan un sonido típico: cuá cuá… Pasean por nuestros jardines y parques públicos, quizá dándose un chapuzón en la alberca y les tiramos miguitas de pan. La mayoría de las personas les llamamos patos a estas simpáticas aves, y lo hacemos como fruto de la observación y la experiencia. Ese conjunto de aptitudes que nos han servido para sobrevivir como especie a lo largo de los siglos. Bien es cierto, que no todos, y que algunos ilusos o despistados siempre terminan siendo tragados por un lobo disfrazado de Caperucita que dice cuá como un pato, de manera un tanto ecléctica.

          La teoría Interpersonal del Engaño (TIE) se centra en cómo el contexto, las cogniciones y las emociones del emisor y el receptor afectan a la comunicación engañosa. Así quien ha sido criado como pato, se ve influenciado por su infancia y tiende a considerarse en el mundo de Donald Duck. Da lo mismo que el pato lo imite Mr. Bean, o que en vez de un lago o una charca bucólica en el parque se trate de un frío monte, y que los candorosos pajarracos en vez de interesarse por las migas de pan, intercambien mochilas con papeles que conviene hacer desaparecer. Convendrá conmigo en que todo eso es irrelevante, porque pato es pato.

          Pensaba esto porque esta semana uno de ellos, disfrazado de Mr. Bean fue visto por Madrid en compañía de un ave rapaz. Son muy huidizos estos palmípedos porque siempre hay depredadores y, como han evolucionado por el interés del bien común, se les vio adentrarse en una zona sin cobertura móvil ni de comunicaciones alrededor de El Pardo. Allí borraron y liquidaron toda señal de haber sido alimentados y amaestrados por el conocido gorila Magila de Venezuela, bulo que corre por la corte madrileña. Además, las dos crías del papá pato disfrazado de Mr. Bean, imitaron a papá borrando todo vestigio de crianza y beneficios caribeños.

          Por eso, debemos deducir que esta vez tampoco es lo que parece. Dicen los mal pensados, que debajo del disfraz de Mr. Bean estaba un tal ZP, y que el acompañante esa fría mañana era un tal Julio que se embolsó 53 kilos de billetes para sobornos en Venezuela. Que la casualidad les llevó muy temprano a un monte escondido de Madrid una fría mañana de un día festivo de diciembre, y que el borrado de mensajes y la destrucción de pruebas allí realizados fue accidental,  y que Plus Ultra y la macaca Delcy y sus maletas con oro contenían en realidad migas de pan duro. En fin, piensan los mal pensados, que cabe la posibilidad de que ese tipo, en realidad, quizá le estuviera echando un polvo a la parienta en su propia cama cuando el cornudo llegó y los sorprendió. No me cabe duda de que entre los españoles hay muchos dispuestos a defender que «no es lo que parece», así tengan que hacerlo en su propia casa. 

El listo y el tonto de la clase

          Hace medio siglo, cuando yo estudiaba aquello que se llamó la E.G.B (Educación General Básica), si te pillaban copiando en los exámenes te metías en un lío gordo. De entrada, casi con toda seguridad te caían una o dos collejas que, luego en casa, te complementaban con otro par de ellas por parte paterna. Los aprendizajes solían hacerse de ese modo, reforzando el escarnio una vez que te pillaban con el carrito de los helados en forma de chuleta de papel. Nadie salía en defensa del tramposo, incluso los colegas más cercanos lejos de proclamar su inocencia se mofaban de la torpeza en la ejecución de la maniobra. Si la cagabas, acababas siendo considerado el tonto de la clase.

          Sin embargo, el afán por la trapisonda, el escaqueo, la falsedad y la marrullería no ha cedido con el paso del tiempo. El listo de la clase siempre se ha considerado por encima de las reglas y de lo establecido, de la norma, y ha lucido una habilidad innata para enmarronar al tonto a su costa y riesgo. Era aquel que manchaba la silla del profe con tinta, que atascaba los baños o cebaba las cerraduras con pegamento y que, invariablemente, se libraba del castigo en perjuicio del tonto de la clase que acababa de nuevo con las dos collejas a modo de banderillas en su nuca enrojecida.

          Esta especie de darwinismo social chusco ha ayudado a muchos de esos pequeños maestros de la estafa a ascender en el engaño social. A conseguir unos días antes y de estraperlo los exámenes en la universidad, o incluso a plagiar la tesis doctoral usando las manos de un par de negros que las escriben por ellos. Son capaces de convivir con los tontos de turno en una tartana con cuatro ruedas durante semanas, recorriendo miles de kilómetros mientras planifican qué mamonadas les van a encasquetar a cada uno cuando lo necesiten. Al listo de la clase nunca le han faltado los tontos útiles a mano para quemarlos como monigotes de paja en su propio beneficio. 

          Lo que sí ha cambiado es la cantidad de tontos útiles y aspirantes a convertirse en ello. Por aquel entonces, al tonto se le evitaba como a un apestado, dado que se daba por hecho que de alguien que se dejaba someter de esa manera por el listo de la clase era mejor estar alejado. El tonto solía acabar apaleado por el listo y sin la merienda, que le era confiscada total o parcialmente y, con frecuencia, castigado sin recreo o a quedarse dos horas más después del horario de clases. En algo coincidíamos los niños de aquellos años, casi siempre, aunque con raras excepciones, el tonto era reconocible fácilmente porque solía tener cara de tonto. 

          Pensaba esto porque esta semana hemos visto a un cara bobo lameculos comerse el marrón del listo tamaño XL. Al torpe gordinflón con cara de panoli y andar sospechoso y blandito, como le soltaban dos collejas de las de doblar las rodillas. Y hemos visto, como siempre, al listo salir corriendo y callarse como una puerta. Sin embargo, y eso sí es nuevo, habrán notado ustedes que lo que ha cambiado es la cantidad de aspirantes a tontos útiles que han salido en la defensa del monger, quizá con la esperanza de que el listo se fije en ellos y, con su varita mágica, los apunte en la lista de los próximos apaleados por la justicia. 

Como Ninots de Falla

          A veces me pregunto por qué hay sociedades que avanzan a una velocidad inusitada y otras de las que intuyes que están condenadas a desaparecer o, salvo cambios radicales, a servir de muleta y pariente pobre de las primeras. Y, casi siempre llego a la misma conclusión: las sociedades basadas en la permisividad, no confundir con libertad; exigentes en derechos y laxas en las obligaciones; complacientes con la mano extendida y rácana con el esfuerzo son las que no avanzan. De esto hay mucho en Europa, y aquí en casa somos el ejemplo palmario del modelo.

          Hace cinco años, durante la pandemia que recorrió el mundo, asistimos a dos formas de entender la productividad. Mientras los chinos, y no soy yo un amante del arroz tres delicias, montaban de cero un hospital de 2000 camas en una semana, aquí nuestros socialistas feministas progresistas y reformistas resilientes andaban correteando en pijama por los paradores haciendo fiestas de almohadas. Se nos llenaban las morgues de cadáveres, y los primeros espadas del gobierno amasaban fortunas en R. Dominicana y a saber dónde más, algunos de ellos ya en la cárcel. 

          Pensaba esto porque con esos mimbres y a la vista de que casi la mitad del país, incluso así, acepta la situación, no es que estemos al borde del colapso, es que estamos en la orgía de la paranoia. Estamos llegando a un punto de ebullición de la ridiculez casi convertidos ya en una sociedad paria. Una donde todo el que asoma la cabeza quiere un buen salario, casa grande y barata, sanidad de lujo, muchas vacaciones y horarios reducidos, ademas de dos huevos duros y pagarlos en negro… Y todo ello, a cambio de que las cosas se hagan solas, o de hacerlas con la punta del pepino. Si hubiéramos tenido que levantar un hospital en dos semanas, aún estaríamos descargando el camión del cemento.

          Este mes de noviembre llevo 3 pequeñas averías en casa. Se me rompió la botonera de la campana extractora de la cocina, la tapa de un cubo de basura y tengo un enchufe que ha dejado de funcionar. Para las dos primeras les cuento: El técnico de la botonera, después de enviarle 6 fotos y pedirla él a Barcelona, vino a la semana con una botonera equivocada. A la semana siguiente regresó y al colocarla fundió el led de la campana, otro pedido, y todavía no ha llegado. Esto le va a salir a la garantía por 4.000 km de recorrido del trocito de plástico y 4 visitas de un técnico. En cuanto a la tapa del cubo en vez de color gris plata original, llegó de color blanco enviada desde Castellón que es donde se producen. Todavía no ha llegado. El pedido lo hizo la misma empresa que instaló la cocina. Y, en fin, miedo me da pensar en el enchufe.

          Yo no tengo claro quién acabará antes con este tipo de sociedades varadas en el limbo, huérfanas de realismo y ajenas a la rotación de la Tierra. No sé si serán los chinos, o la inteligencia artificial o, incluso, los propios chinos con un mando a distancia usando la IA para ir apagándonos las luces a este lado del mundo y echar la persiana. Aunque, nos queda eso sí, la esperanza de que cuando le den al botón la persiana se atasque en el tambor y alguna de las luces provoque un cortocircuito y un incendio. De ese modo, al menos, nos despediremos como merecemos: con una algarabía de fuegos y artificios como ninots de una Falla chusca.