¿Plan, qué plan?

          Hace alrededor de tres décadas un político sevillano puso de moda aquella frase que decía: ¿Juez, qué juez?, aunque sonaba más o menos como «jué qué jué? Eran los tiempos de los despachos extraoficiales donde, al más puro estilo cacique de pueblo, el hermano del señorito recibía aduladores, medradores, conseguidores, buscavidas y, hay quién asegura, que no todas las profesiones eran ejercidas por hombres. 

          Unos años después, en el fondo norte, donde el tres por ciento se convirtió en un estilo de vida, o en una divisa y seña de identidad, otro político hizo célebre la frase: ¿Qué coño es eso de la UDEF? Y, ciertamente, el individuo vivía tan ajeno a la realidad que le parecía imposible que existiera alguien o algo que desafiara el lucrativo modus operandi. Una vida regalada para que unos hijos bien adiestrados se hicieran ricos a lo Rockfeller con dinero de los impuestos de todos. 

          Cada vez que oígo la monserga esa de «somos servidores públicos», siento una irreprimible náusea. Un asco que me viene de imaginar a ese malogrado botarate yendo a las cercanas Tres Mil Viviendas a comprar papelinas de cocaína para luego consumirlas con su jefe, su cubata y su paquete de Marlboro con las señoritas del Don Angelo. Allí, como un reyezuelo analfabeto, contemplando por la ventana el Benito Villamarín, mientras los parados de Andalucía caían en la desesperanza y la pobreza. A la misma hora, un tal Bárcenas, más fino y pulcro que el andaluz, amasaba millones robados a los españoles y los escondía en Suiza. La lista es interminable.

           El plan siempre ha sido el mismo: robar y enriquecerse. Punto. De los partidos que vinieron a regenerar España, lo mejor que puede decirse es que se acercan más al estatus de banda mafiosa que de partido. Que han llegado, tras engañar a unos y otros, con verdadera voracidad por colocar a los suyos, a sus familias, mujeres o amantes, amigos, y en apresurarse en vivir con todo lujo comunista de detalles: chaletazos, criadas, seguridad pública, aviones para ir a conciertos, repartir títulos de catedrática a la parienta, y eso sí: todos ellos con sueldazos de vértigo. Mientras amenazan con que no se podrán pagar las pensiones, hunden las esperanzas de las nuevas generaciones y demuestran su inoperancia durante la pandemia. 

          Dicen que las graves revueltas que se están produciendo estos días es porque han encerrado a un tipo con claros ramalazos de psicópata en lo que dice. Pero yo creo que no se trata de eso: se trata de que la gente se ha dado cuenta de que el plan para España es que no hay plan. Que ahora tenemos el riesgo de que, simplemente, una nueva banda de bucaneros alienten la violencia para mantener entretenida la rabia y la frustración; y ante el desastre económico fomentar las revueltas para que seamos cada vez más caribeños, mientras ellos continúan con sus orgías a costa de todos nosotros.  

              

La del pulpo

          El pulpo es un molusco cefalópodo con ocho apéndices que le siguen tras su maleable cuerpo, capaz de estrecharse y alargarse como un contorsionista. Y una capacidad para desfigurarse que ya la quisieran para sí muchos de los que se dedican a la cosa pública. Sin embargo, al contrario que le ocurre al político de turno, el pulpo lejos de ser intragable es un manjar para finos paladares. Pocas cosas hay tan exquisitas como una tabla de este amigo preparado a la gallega con su pimentón, su sal gorda y sus papas.

          Una de las características de este animalito, cuando se encuentra en la libertad de sus aguas y su medio natural, es la eficacia con la que utiliza sus numerosos tentáculos. Con ellos puede agarrar una pequeña presa apenas tirando de una de sus alargadas patas, o puede ponerlas a trabajar todas a la vez para cobrarse otra de mayor tamaño por medio de la asfixia. 

          Los ciudadanos de hoy en día nos parecemos mucho más a la presa que al octópodo y, cada día más, sufrimos el abrazo asfixiante de entidades que, en un alarde de poca vergüenza e impunidad se cuelan en nuestro territorio para hacer y deshacer a su antojo. Como si no tuviéramos suficiente con aceptar que el virus tenga la llave para abrir las células del cuerpo en canal al más puro estilo okupa, también tenemos que soportar los desmanes de la Hacienda Pública o de los bancos, por citar un par de ejemplos.

          Primero no tuvimos más remedio que aceptar que el fisco, convertido en un tirano sin cara pero con una jeta que se la pisa, haga y deshaga, corrija lo que le da la gana, convenga y resuelva sobre nuestras finanzas y patrimonio como un autómata inasible, suba la cuota o la cotización y, cuando le apetece alargue su mano ladrona y pille de la cuenta corriente lo que le salga por el agujero de la tinta. Nosotros, las presas indefensas, apenas podemos ni siquiera alzar la voz contra una tiranía cada vez más alejada de las personas y más apegada a sus bienes. 

          A este festival de patrulleros de las miserias ajenas se han unido los bancos. Quizá aprovechando que cada vez hay menos oficinas y que, por lo tanto, también hay menos objetivos de carne y hueso contra los que un ciudadano indignado pueda descargar sus iras tras verse saqueado. Hoy te cambian las condiciones de la cuenta sin previo aviso, te asignan unas condiciones que se les ha ocurrido a algún pirata sediento y, de repente, te levantas una mañana y un tentáculo electrónico te ha picoteado la cuenta. Así, por la cara, y sin más. 

          La manada solía ser un sistema de protección de sus miembros que, apoyados por el grupo, gozaban de mayores oportunidades de supervivencia y reproducción. Sin embargo, las sociedades modernas se han configurado a base de individualismo dejando a cada cual al albur de un destino muchas veces hostil. Sobre todo, porque todos estos bucaneros invisibles atacan en manada, con alevosía y sabedores de que en un país donde casi nada funciona, reclamar es un desgaste inútil la mayoría de las veces. Ese es su método de caza, la asfixia de los hechos consumados.            

La segunda caída de Occidente

          En el siglo III el imperio romano sufrió una crisis que anunciaba, con pocas dudas al respecto, la caída del dominio económico, político y militar en la mayoría de los territorios conquistados o de su ámbito de influencia. Lejos quedaban los tiempos de Trajano y el esplendor y la gloria alcanzadas también por Adriano: ambos «sevillanos» –dicho sea de paso– nacidos en Itálica y que, acaso, fueron los emperadores de mayor prestigio en Hispania y en la historia de Roma. 

          Pocas civilizaciones resisten el paso de los siglos sin que sus cimientos, como las empalizadas que cercan los territorios, no se vayan abriendo y dejando entrever las debilidades de unas organizaciones cada vez más incapaces, no ya de gobernar más allá de sus fronteras, sino de administrarse en los asuntos internos más básicos. Es, precisamente en ese momento, cuando al albur de la decadencia aparecen las oportunidades para quienes pasan a ser hegemónicos.

          Hoy conocemos como Occidente al espacio minoritario que ocupan en el planeta la Unión Europea, los Estados Unidos de América y Canadá y, aunque un poco forzado, cabe incluir a Japón, Australia y Nueva Zelanda. Una porción de la población mundial de alrededor del 20%, aunque a nosotros en nuestra visión más etnocéntrica, nos gusta pensar que somos lo más importante y poderoso: nada más lejos de la realidad. 

          La actual pandemia no conoce fronteras, como no las conocía la peste Antonina descubierta por Galeno en tiempos de Marco Aurelio y que, a la postre, marcó un punto de inflexión en aquella sociedad. Solo quiénes supieron afrontar la realidad con decisión, solidaridad, capacidad de gestión y visión estratégica, sufrieron menos las consecuencias y lograron formar parte del futuro tras el desastre. 

          Cuando Occidente hoy se debate entre la vida y la muerte a causa de la Covid-19, sus economías se resquebrajan; sus sistemas sanitarios colapsan; sus políticos, sindicalistas, religiosos, e incluso algunos militares huyen despavoridos a robar las vacunas de las viejas para inyectarse ellos el remedio, en un vomitivo acto de indecencia y cobardía, hay quien lo enfoca de otro modo. 

          En el epicentro de la pandemia apenas queda el recuerdo de que hace un año, en un mercado de Wuhan, surgió el contagio que en pocas semanas sembró el caos. Nosotros, casi todos los listos de Occidente, ahora vemos restringidas las libertades individuales, el auge de los populismos de todo signo empieza a ser asfixiante, se cierne sobre nosotros una crisis de hambre generalizada y, por poner un ejemplo, en España llegaremos probablemente a los 7 millones de parados con una presión en los impuestos que ahoga a millones de pequeñas empresas.  

          Nos queda el consuelo, lejano eso sí, de las imágenes que veíamos ayer en un estadio de tenis en Australia. A rebosar de público, sin distancia social, sin mascarillas, sin miedo, sin pandemia. Y uno se pregunta. ¿Nos merecemos mantener la «supuesta hegemonía» mundial, si de Occidente lo único sano y sensato que queda es Australia?             

Okupas de Puerto Hurraco

          El 26 de agosto de 1990 los españoles nos vimos conmocionados por las noticias que nos llegaban de una pedanía extremeña, de nombre Puerto Hurraco, perteneciente a Benquerencia de la Serena en la provincia de Badajoz. Allí y entonces, un cúmulo de mal querencias cocidas a fuego lento, de odios macerados con paciencia más un detonante en el momento preciso, provocaron lo que la historia reciente de España conoce como la matanza de Puerto Hurraco. 

          Aquella fatídica tarde de chicharras, de vino peleón, de ladridos de perros y de fiestas populares,  fue recreada en la película el 7º Día dirigida por Carlos Saura con guión de Ray Loriga. El balance de aquel desbordamiento de inquinas y venganzas se saldó con nueve muertos, entre ellos, dos niñas menores. 

           Treinta años después, desaparecidos los autores de la matanza, algunas políticas y decisiones parecen buscar un nuevo episodio nacional de corte y factura similar. La tragedia se había fraguado mucho antes, a partir del atentado contra la propiedad de una de las dos familias cuyo balance fue un incendio y una muerte como consecuencia del siniestro. 

          La última iniciativa legislativa insta a los jueces a no desahuciar a aquellos que ocupen una vivienda ajena si no ha mediado violencia física o intimidación, es decir: si han aprovechado el descuido del propietario o su ausencia temporal. Cabe esperar que la caterva, a la que se le está indicando que en España se puede uno apoderar por la cara de la vivienda de otra persona, se sentirá apoyada e impulsada a cometer el peligroso dislate de atentar contra lo ajeno.

          Como es habitual, las políticas populistas y radicales solo ven una cara de la realidad: la suya, y por lo general, obvian el resto de peligros y posibles consecuencias. Los okupas andan la mar de contentos localizando casoplones o edificios donde meterse y montar sus comunas de papelinas, tenderetes de trapicheo y albergues de remanguillé donde ejercer todo tipo de actividades ilícitas.

          Esta irresponsable deriva los pone en el riesgo de que, más temprano que tarde, den con el sitio equivocado, en el pueblo o la zona errónea, y con los propietarios legítimos descendientes de aquella España de los noventa hasta los cojones de provocaciones, impuestos salvajes, usurpaciones, robos y falta de justicia. Y mucho me temo que volveremos a vivir una tarde de cartuchos de escopetas recortadas disparados a discreción, de cadáveres por recoger de una calle cualquiera y, en definitiva, de una nueva matanza de Puerto Hurraco.   

    

Vuelva usted mañana

          Mariano José de Larra publicó, en el Pobrecito Hablador número 11 del año 1833, un conocido artículo titulado: «Vuelva usted mañana». Sorprende que casi dos siglos después, la satírica visión que este romántico tenía de aquella España bien pudiera seguir de actualidad en cualquier artículo periodístico de hoy en día. La lástima y el asombro que sintió por Mr. Sans-délai, el ingenuo francés que en quince días pretendía resolver asuntos burocráticos a la velocidad del sentido común, bien podemos padecerla hoy de forma generalizada por los españoles que pretendemos cosa semejante.

          Cada vez es menos frecuente la visita personal para la realización de las gestiones que con alguna de las innumerables administraciones públicas se nos obliga a realizar. En este hipermoderno y tecnológico S.XXI donde casi nada funciona, se nos insta a hacerlo casi todo a través de las webs, las APP, las firmas digitales, los links y las dobles y triples verificaciones, encriptaciones y otras tocadas de cojones. Consecuencia de una cohorte de vendemotos de feria, que se han hecho de oro a base de dar charlas sobre la necesidad de digitalizarlo todo. 

          Hace unos meses me caducó la firma digital y yo, iluso de mí, y dado que no soy un completo zoquete tecnológico como demuestra mi experiencia profesional; incluso he desarrollado una plataforma SaaS de estudios de mercado, me dije: esto es cosa de un momento. Craso error. No comentaré aquí todo el periplo por no aburrir pero baste mencionar que después de descargarme el entorno JAVA, actualizar el software, recuperar la contraseña de la FNMT, instalar el archivo, cambiar el código en el llavero de claves, incluir la extensión en el navegador, cambiar de navegador a uno de los compatibles y un largo etcétera. Una semana después sigo sin firma digital, que además no sirve para todas las comunidades autónomas. 

         Hoy no tenemos aquellas ventanillas donde suplicar a alguien que nos atienda nuestros asuntos. La moderna eficiencia de costes ha llenado las listas del INEM con aquellos rostros enmarcados y, por lo general mal encarados, que solían decirnos con displicencia: «vuelva usted mañana». Y nos los han cambiado por un Call Center offshore en el que trabaja una persona con acento sudamericano que controla miles de contestadores automáticos. Así, consiguen pasarnos del pulse 1 al diga si, o diga no, diga de qué se trata, pulse asterístico, ahora almohadilla, para que después de 20 minutos de repente se corte la llamada sin previo aviso. Dejando nuestro asunto, según la teoría de Larra, en el aire como el alma de Garibay.

          Casi doscientos años después, en España lo mismo da una pandemia que una nevada, sigue vigente el «vuelva usted mañana» o mejor aún: no vuelva. Vivimos en una estructura colapsada de ineficiencias e ineficientes, de colocados, enchufados, soplagaitas y diferentes pelajes y fauna de lameculos embutidos en la administración pública y en las grandes corporaciones privadas. Inútiles con sueldo a fin de mes sumergidos en un marasmo de procedimientos que no entienden, de instrucciones que no se siguen, de responsabilidades tan diluidas que no pertenecen a nadie, de falta de empatía y de desgana generalizada. Líbrese usted de tener que tratar con una ENDESA, una Movistar o una Iberia para que le resuelvan un asunto, o no digamos ya un ayuntamiento o una consejería. Mejor, vuelva usted dentro de doscientos años.  

¡Viva Venezuela!

          Por razones impuestas a causa de la pandemia durante estas fiestas, en casa no hemos sido más de seis personas en ninguna de las celebraciones. Y, por razones que no vienen al caso comentar aquí, la mitad de las seis han sido ciudadanos de Venezuela. Maracuchos, para más señas. Orgullosos de su país, de la belleza de la Gran Sabana en el macizo de las Guayanas, de la riqueza de sus recursos naturales, de sus playas paradisíacas y del lugar de privilegio que ocupan en el continente americano y en el mundo.

          Personas que tuvieron que dejar con mucho dolor y sacrificio la tierra que los vio nacer, que los vio crecer y prosperar con trabajo y esfuerzo, y que acogió el nacimiento de unas hijas que, por las mismas razones, poco antes se vieron también forzadas a dejar su país mientras era envilecido sin piedad por una ideología arcaica y fracasada. Sin embargo, en cada cosa que hacen, en cada pensamiento y en cada idea que expresan sigue presente Venezuela.

          Me ha impresionado, sobremanera, verme reflejado en esas personas que, gozando de una posición de profesores universitarios tanto él como ella, y que teniendo el patrimonio razonable que se puede edificar a lo largo de décadas de oficio y buen hacer, hoy se ven lejos de su tierra y de sus familiares más queridos. Un peregrinaje forzado para recalar temporalmente aquí, en la España de las oportunidades en la que no hay oportunidades ni para ellos ni para casi nadie que, como allí de donde vienen, no se dedique a medrar, a formar parte del plan o parasite en los círculos tóxicos del gobierno.  

          Son ciudadanos normales que me han hecho ver, aún con más precisión, algo que resulta evidente para unos, pero que a la vez es sorprendentemente invisible para otros. El modo tan certero, preciso y comparable en el que avanzamos por las huellas desdichadas de su querida Venezuela. Paso a paso, en una estrategia milimétrica de empobrecimiento de la clase media, de control de las instituciones, de saqueo sistemático de los recursos públicos pagados por las personas privadas y, a la postre, del desastre de unas políticas caducas y siniestras de sometimiento de la población en su conjunto.

          Cuando miro, sin apasionamiento, cómo se hacen leyes para que la educación se convierta en almoneda de reyezuelos regionales, se legisla para perdonar a delincuentes condenados por graves delitos, se fomenta el ataque a la propiedad privada, se miente sistemáticamente y sin escrúpulos, se pacta con quienes nada quieren de España salvo su demolición… Siento la enorme tristeza anticipada de lo que, si no lo remediamos, nos pasará también a los españoles.

          No son revoluciones a la antigua las que hoy doblegan y transforman las sociedades. Ahora sería complicado poner guillotinas, arrasar por las armas o quemar iglesias como proponen en las redes sociales los malcriados nietos de aquellos catetos de la hoz y el martillo del siglo XX. Pero quizá consigan ser igual de eficaces: lo fueron primero en Cuba y luego en Venezuela, entre otros países.     

          En cada detalle y cada momento se aprecia la voracidad sibilina del enemigo. Y en estas fiestas, por supuesto, no iba a ser menos. Hemos asistido al boicot que una televisión pública y mercenaria le ha hecho al homenaje que Nacho Cano quiso tributar a las víctimas de la pandemia: el sectarismo gubernamental se lo impidió. Se saben culpables, se esconden. Y a la infamante estrategia de planos para tapar la iluminación de la Puerta del Sol con la bandera de nuestro país. Las evidencias no pueden ser más claras: a España la gobiernan los enemigos de España. Hemos metido el Caballo de Troya en las instituciones y, o mucho hacemos para evitarlo, o arderá España como ardió Troya. Y seremos respecto de ese gran país que es Venezuela, lo que Venezuela no quiso ser respecto de Cuba pero no consiguió evitar.       

Odio la Navidad

          Me dijo un amigo hace una semana: «Odio la Navidad». Un amigo de toda la vida, es decir, de esos que conoces bien y al que has visto con el gorrito de Santa muchas veces. Al que has visitado en años anteriores por estas fechas para tomar el vermú y, de paso, comprobar el esfuerzo invertido en adornar el portal de Belén en el salón y en montar un árbol con guirnaldas y bolitas doradas. Y aquellos brindis… «Feliz Navidad». Decía con una sonrisa de oreja a oreja.

          Me sorprendió tan irreverente confesión, mucho más, viniendo de alguien que sabe que conozco su historia de vida. Y, de repente, me vino a la cabeza aquella anécdota que cuentan con los nombres de las niñas después de la guerra. La pequeña que debajo del balcón llamaba a su amiguita a grito pelado: «Luna, baja Luna, vamos a jugar». Y que sorprendida vio asomarse apurada a la madre de Luna y decirle: «No grites, niña. Que te oye todo el mundo. Y se llama Carmen, que no se te olvide, se llama Carmencita».

          A mí, sinceramente, me da igual en lo que crea cada uno. En tiempos de negacionistas, terraplanistas, y todo lo que a ustedes se les ocurra que acabe en istas, que un amigo mude sus creencias y tradiciones hacia el cliché de los tiempos que corren me produce pena. Es algo que respeto y que no me supone la menor merma en mi estima hacia la persona que, por supuesto, sigue siendo parte de mis afectos. 

          Me produce pena por lo que tiene de renuncia impuesta por el entorno. Porque trabajar en según qué administraciones públicas en España se ha convertido en una tarea de alto riesgo. Tienes que ser sí o sí de la cuerda actual. A saber: antimonárquico rabioso, ateo, anticapitalista, debes odiar a determinados partidos políticos aunque no sepas una papa de ellos, ni hayas leído nada acerca de sus programas, debes defender con ahínco el derribo de la sanidad y la educación privadas, comprender el fenómeno okupa mientras vives acojonado por tu casa de la playa y, por supuesto, debes criticar con fuerza el discurso del rey y odiar la Navidad. Y aunque nadie te lo dice explícitamente, si no haces esta pequeña conversión serás encuadrado como un reaccionario. Y claro es, con todos los riesgos que conlleva la etiqueta, desde el desprecio de los compañeros a la pérdida del empleo.

          Es una ingeniería social planificada de dominación de los espacios públicos y privados. El objetivo es someter a la masa a los designios y consignas de unos gobernantes sin escrúpulos y dispuestos a todo por permanecer en el poder a costa de la confrontación, a practicar el lisado de las tradiciones y, en el peor de los casos, delinquir y pasar de la justicia o sus condenas. Como hemos visto en otros países se trata de la cultura del odio y la sinrazón. Por eso, cuando estas cosas le pasan a un amigo uno se siente apenado.          

Ni se lo imaginen

          En ocasiones hay fantasmas que nos visitan sin previo aviso. Como de paso, para abrir alguna ventana a la imaginación o al desaliento, según se mire. Decía no sé quién, ni ganas tengo de buscarlo, que cada vez que tomamos una decisión renunciamos a otras mil vidas diferentes que ya nunca serán y que, como en el famoso castigo romano para los enemigos del Estado, pasan a formar parte de una variante del damnatio memoriae.

          Imaginen la propuesta de nuestro fantasma: nos enseña un gobierno de coalición PP+Cs+Vox que ha estado en el poder en 2020 y que, por aquellas cosas del patriotismo, hubiera celebrado el día de la bandera española a primeros de marzo. Eso, a pesar de los avisos de la OMS, de la pandemia ya desatada en Italia, y de saber que en España teníamos positivos de COVID-19 en las UCIS desde finales de enero. E imaginen a M.Rajoy salir una semana más tarde a anunciar un estado de alarma sin precedentes ante la explosión de la enfermedad en España y la cascada de víctimas.

          Imaginen a un VP Espinosa de los Monteros (por poner un ejemplo), o a un Albert Ribera con las manos en jarras y gesto chulesco, declararse en la tele como responsable de las residencias de ancianos, y que durante los siguientes meses y sin que se tome ninguna medida mueren a millares nuestros mayores sin que sus hijos, nietos o parejas alcancen a despedirse, ni a darles un último abrazo. 

         Imaginen que, mientras todo eso ocurre, M. Rajoy asalta la televisión pública para soltarnos enormes peroratas diarias. Y que mientras tanto a través de las compras públicas llueven los pelotazos a los amigos del poder, se enchufan a dedo parientes de Abascal, De Guindos, Girauta y un largo etcétera. Imaginen que se inventan un comité de expertos y unas actas que no existen. Que condenan a Toni Cantó por no pagar la seguridad social, investigan a Teodoro por machirulo roba móviles…. Y venga muertos, y venga pedirle a la gente que se queda sin empleo y que no cobra los ERTE que salgan a los balcones a aplaudir.   

          Imaginen que ante tal descalabro, ese gobierno trifachito decide meterle mano a la justicia, al CGPJ, a la Corona, y que para ello no tiene más remedio que pactar lo mismo con Juana que con su hermana. Mentir hoy, desmentir mañana. Y que a todos nos quede claro, que la moral, la decencia, la verdad, la humanidad y todas esas monsergas han pasado al olvido, de la mano del gobierno. 

          Menos mal que los fantasmas no existen, y que cuando uno despierta se impone la realidad que, como suele ocurrir, supera a la ficción. Gracias al gobierno que tenemos no hemos tenido que sacrificar a ningún perro como cuando la crisis del ébola, que costó la muerte de DOS personas. Gracias a que muchos se echaron a la calle contra aquel gobierno y su mala gestión sanitaria, a que se hicieron manifas, se encadenaron a fachadas, como digo, gracias a eso el virus se acojonó y volvió a África. Ahora, por el contrario, con las derechas calladitas, el virus se ensaña con nosotros como el peor país en la gestión de la crisis. Esto, como es lógico, es culpa de las derechas.    

El rey allegado

          Quienes ya pintan canas o se les ha caído el pelo recordarán aquel anuncio de las muñecas de Famosa en el que, con pasitos robóticos, se dirigían al portal de Belén cada Navidad. No sé si hoy sería un anuncio políticamente correcto, o por el contrario, estaría incidiendo en la perpetuación del estereótipo heteropatriarcal de dominación de género, trufado además, de una pátina inconcebible de religiosidad malsana en un Estado aconfesional. O cualquier otra chorrada rimbombante por el estilo, de las que hoy nos cuestan el dinero de los impuestos cada vez más confiscatorios. 

          Ignoro si esta Navidad la conocida marca de juguetes repetirá el anuncio, o lo estará rediseñando al estilo United Colors of Benetton, con muñecas transgénero, muñecos de diferentes razas y colores y un arco iris gigante. Todos en fila dispuestos a fumarse un peta en el portal con una desconocida Jesusita con un lazo morado en el pelo, mientras unos animalistas protestan por la presencia de la mula y la vaca. Lo que sí sabemos, es que el rey emérito quiere volver a España para ver a sus allegados.

          Es un mal momento el que atraviesa Juan Carlos I. No la monarquía, como muchos quisieran; del mismo modo que no se cuestiona la Generalitat catalana por el hecho de que haya estado dirigida por una familia de la mafia durante décadas. Ni se cuestiona la Junta de Andalucía, por mucho que una banda de bucaneros se gastaran el dinero destinado a fomentar el empleo en polvitos mágicos para la nariz y bares con lucecitas de colores. El rey emérito también vendrá dando pasitos robóticos debido a su avanzada edad, y tendrá que poner la jeta para que se la sigan poniendo colorada. 

          Tendrá que venir porque es su país, y porque los españoles merecemos que dé la cara, reconozca los errores cometidos –también tuvo muchos aciertos–, repare el daño causado y, si la justicia así lo dice, pues que cumpla lo que le impongan. Ese sería un legado de gallardía que situaría al personaje en un lugar merecido para él en la Historia. 

          Merecemos ese acto de valentía, además, por comparación con lo que hoy tenemos en las instituciones: gente sin dignidad ni vergüenza, matones de tasca barata, chulos de telediario, exterroristas, condenados por estafar a la seguridad social, pederastas e incluso atracadores de bancos. También ignoro, como tantas otras cosas, el proceso sociológico por el que decidimos agrupar toda esa basura y meterla en el Parlamento pero… Es lo que hay, con estos polvos nadaremos en el lodo de las taifas y satrapías en las que pretenden convertir lo que queda de España esa horda que dirige el país.         

           Por eso el rey es un allegado para muchos que como yo, desaprobando un buen puñado de sus conductas, e incluso respetando la presunción de inocencia, entendemos que no ha sido ejemplar. Pero sabemos, que vivimos bajo las directrices de una tropa mucho más mezquina y peligrosa.  

El pianista ingenuo

          ¿Quién, de entre los amantes de la música, no ha deseado alguna vez tocar el piano? Uno escucha a los grandes virtuosos del instrumento y, al observar como hacen literatura con sonidos prestados al tacto preciso de cada una de las 88 teclas, cree que es algo al alcance de cualquiera; digamos que, más o menos como aprender a montar en bicicleta usando las manos en vez de los pies. Pero nada más lejos de la realidad. 

          La mayoría de quienes nos acercamos a la música y, en particular, al piano a una edad madura llevamos sobre los hombros, a modo de capa de tuno, la infantil e ingenua idea de que la cosa consiste en tener más o menos oído y localizar las notas probando con los dedos. Y, sin embargo, lo que uno comprende es que habría hecho bien en empezar con el aprendizaje unas décadas antes: de niño, por así decir.     

          La primera experiencia cuando estás delante del teclado es que, hagas lo que hagas, lo único que consigues es ruido. Si no se han estudiado algunos fundamentos básicos antes de tomar asiento en la banqueta, la experiencia es como abollar con la cuchara un batería de cocina. Y el consiguiente deterioro de la convivencia con el vecindario. Poco margen a la improvisación deja el perfecto sistema y disposición de sonidos que produce un teclado, y ninguna piedad con los osados.

          Mi ignorancia se dio de bruces con la realidad al empezar en el conservatorio. Para empezar me quedé descolocado al saber –así de lejos de la realidad andaba yo– que es un instrumento que suena a dos voces, es decir, que cada mano toca una cosa distinta. Esto puede parecer baladí, sin embargo, pruebe algo fácil:  batir un huevo con una mano mientras da la vuelta a una tortilla con la otra. Y por si fuera poco, ponga el cuenco con el huevo a batir a una altura y la sartén con la tortilla a otra. Y, por favor, obtenga un resultado coordinado y que se vea en la armonía de movimientos.

          Otra cosa que nunca imaginé es que los dedos de las manos no son libres al tocar el piano; una tiranía impensable en los tiempos que corren. Cada obra, así sea de una hora de duración como de cinco minutos, obliga a ejecutar una secuencia definida de movimientos para cada uno de los cinco dátiles de cada mano. Y es obligado hacerlo así, a menos que se quiera uno meter en un laberinto sin solución.

         Pocas cosas imaginé tan retadoras, debe ser por eso que me metí en la aventura de la música y la interpretación del piano. Bueno, por eso, y porque es un instrumento capaz de hacerte mejor persona cuando intuyes que con esfuerzo y trabajo se puede llegar a tocar con cierta habilidad.