El barranco digital

          Seguro que usted ha oído hablar de la brecha digital. Una distribución desigual en el acceso a diferentes servicios públicos y privados para determinados grupos sociales: por ejemplo, las personas mayores o con menor formación. Es la consecuencia de esa decisión que nadie ha tomado, según parece, pero que se ha impuesto en todas partes: aquí todo el mundo debe tener un teléfono inteligente y manejarse con las descargas, las memorias internas de los móviles, las redes y demás trampas tecnológicas. Y el que no, pues que se atenga a las consecuencias. 

          La banca fue uno de los sectores más agresivos en este sentido. Aquel abuelete que iba con su cartilla un par de veces al mes para que se la pusieran al día, de la noche a la mañana, se encontró con el infranqueable muro tecnológico. Trató de pedir asistencia y se encontró con el careto de sorpresa de una directora de oficina recriminándole que no tuviera un smart phone, que no se manejara por el mundo de las apepés como un estudiante de Silicon Valley y que, para colmo, no tuviera un nieto a mano del que tirar. O sea, un estorbo de cliente.

          Esta semana he tenido que viajar en avión a Oporto desde Madrid y he vivido otra de esas situaciones de deshumanización tecnológica. Vaya por delante que, incluso para quienes nos manejamos con cierta soltura en el mundo tecnológico, la cosa es correosa y pesada. Para salir de España se necesita la documentación habitual y algunos extras: DNI o pasaporte, certificado COVID-19 y formulario de los portugueses donde les juras que no les vas a provocar un brote pandémico. Sacas la tarjeta de embarque la metes en el monedero electrónico y una vez tienes asiento asignado rellenas el formulario online o en papel. Para volver más de lo mismo, pero además necesitas rellenar el formulario español Stph ya sea familiar o individual y que, cosas nuestras, a cantidad de gente se le queda enganchado y no puede volver a intentarlo. Además, solo puedes rellenarlo 2-3 días antes del vuelo siempre que tengas la tarjeta de embarque.

          Como es lógico, al llegar al aeropuerto de Oporto, no todo el mundo había conseguido salvar la carrera de obstáculos. Un matrimonio mayor –entre 65 y 75 años– había encallado en el laberinto virtual. Él en estado de shock sin saber qué hacer y ella, temblando y con lágrimas en los ojos, hablando con un hijo que en destino no sabe muy bien como ayudarles. Nadie de la compañía les asiste, al contrario, les habían apartado como apestados, para que resolvieran el asunto como pudieran. Imaginen la incertidumbre y el miedo a perder el vuelo y quedarse varados en la incomprensión.

          Les ayudamos, claro. Navegando por sus cosas, sus fotos, sus emails, usando nuestros propios portátiles, y ciscándonos entredientes en la desidia y mala baba de unos despiadados empleados aeroportuarios. Pero lo realmente indignante es que esos diligentes uniformados ni siquiera conocen lo que piden. A mí, personalmente, me intentaron convencer de que el certificado COVID que les mostré, el oficial de la UE, no era válido porque no indicaba cuántas dosis de vacuna me habían puesto. Cosa que sí figura en dicho certificado digital, solo había que desplegar una pequeña pestaña en el borde superior derecho de la pantalla para verlo.    

La kafkada diaria

          No sé si a usted, querido lector o lectora, le pasa también o solo soy yo el que conjura marrones irresolubles en mi entorno. Quizá tengo una especie de imán para los y las gilipollas que se me pegan por las mañanas. Tampoco es descartable que el gilipollas sea yo y todavía no me haya dado cuenta. Admito que todo es posible. El hecho es que, más allá de tener que soportar de vez en cuando a mi cuñado Ramiro, como diría el comandante Lara, nos estamos fabricando un mundo a la altura de los informes que indican que aprobar a tarugos y tarugas con cuatro suspensos es otra gilipollez mal intencionada.

          Esta semana, cosas del destino, me he visto en la obligación de comprar un lavavajillas. La inquilina de mi casa de Sevilla me llamó preocupada porque se había estropeado el susodicho cacharro y, después de que un técnico dictaminara su defunción funcional, había que sustituirlo. Allá que va uno, como propietario capitalista malo y abusador de necesitados al MediaMarkt, a comerse la cola, a la gorda refunfuñona, al papá tarugo arrastrando el barrigón cervecero que te fuma en la cara. En fin, una tarde agradable. Apoquina unos cuantos de cientos y lo envía para abajo, al sur.

          Allí ahora se han puesto exquisitos, hasta el punto de que si uno o una sabe poner un tornillo plano, no necesariamente sabe poner uno de estrella. El caso es que la entrega se concertó para un lunes, cosa que le dije a la inquilina (una doctora técnico superior de la UE), o sea con una agenda apretada. La señora cambió sus quehaceres al lunes, pero casi como era de esperar el lunes no apareció nadie. El lunes por la noche enviaron un mensaje: lo entregamos el miércoles. Cambio de agenda, llega el miércoles y nada. Otro mensaje: el jueves, y así hasta que lo entregaron el viernes. Una entrega que incluye retirada del viejo y estropeado e instalación del nuevo: equidequá ríete tú del circo.

          Me llama la señora y me pone al fulano que ha llevado el lavavajillas que dice que no sabe quitar el viejo, si acaso que lo haga yo. Y que el nuevo no sirve para ponerlo allí, y que si quiere se lo lleva (el nuevo que he pagado por adelantado, claro). Me pasan con un encargado que me dice exactamente: hay 3 tipos de lavavajillas, el integrable, el de libre instalación y el panelable que tiene usted y que ya no se hace. Bien, dije yo, haga lo que tenga que hacer y arreglemos el asunto. Respuesta: yo no puedo, hable con atención al cliente.

          Y lo conseguí: hablé con atención al cliente. Me dieron la solución. Nosotros no podemos quitar el viejo porque es cosa de empresas de instalación de cocina, además su lavavajillas nuevo no es panelable, es integrable, encargue usted una puerta de madera como la de la cocina. O quizá, devuelva ese y compre uno libre si le devuelven el dinero o, si lo ve muy complicado, péguele fuego a la puta cocina y cómprese otra, gilipollas. 

          Y así vamos haciendo camino. De estas tengo una cada semana desde hace tiempo. Y aún estoy cuerdo, y todavía no he comprado un arma. De momento. 

           

  

Como mola, Carmen

           Decía un escritor galardonado con el Premio Nobel hace unos años que lo suyo era la literatura, y que el mundo de los premios era otra cosa que a él le interesaba bastante poco. No obstante, le habían concedido el premio gordo y como es lógico lo aceptó. Mi madre, con su sabiduría a pie de calle, decía con frecuencia que a nadie le amarga un dulce. Ignoro si era un refrán aprendido o el fruto de su venerada afición por la repostería. En cualquier caso, a mí me parece lógico que a cualquier persona que escribe para que le lean le agrade recibir un premio por hacer lo que le gusta.

          Sin embargo, un premio literario puede ser también otras dos cosas: una trampa y un dulce envenenado. Lo primero porque hay decenas de ellos cada año promocionados por editoriales de prestigio, como es el caso de Planeta. Reciben cientos de manuscritos en cada edición, incluso algún millar. Muchos de los cuales, la mayoría cuenta la leyenda, ni siquiera llegan a los miembros del jurado. Se acepta que un premio es, sobre todo, una operación de marketing del sector editorial. ¿De qué otra forma se puede entender un adelanto de un millón de euros a una tal Carmen por mucho que mole? Cuando cada año demasiados lectores quedan decepcionados al leer lo que terminó siendo premiado.

          Hay otras ocasiones en las que una editorial decide premiar una novela de un autor desconocido, no es frecuente pero ocurre. Y es sensato pensar que lo hace como apuesta por la calidad literaria. Al menos, en mis manos han caído algunas novelas que cumplen ese criterio. Y luego, algo ocurre y el premiado autor nunca vuelve a publicar algo que merezca el aplauso del público y la crítica. Incluso se esfuma, y nunca más se sabe de él o de ella. Ya veremos las próximas novelas de los tres mosqueteros, unificados bajo el seudónimo de Carmen Mola, la acogida que reciben en el futuro.

          Estoy convencido de que muchos de ustedes han leído alguna de las tres novelas de la trilogía de Carmen Mola, yo también, una de ellas. Me gustó. Me pareció entretenida pero no soy muy amigo de las trilogías. Y tampoco soy muy de las tramas de moda, esto último me produce un tremendo cansancio. Hoy uno repasa la sinopsis de las veinte novelas más vendidas y… ¡Oh, casualidad. Quince siguen el mismo patrón argumental! Hasta no hace mucho era algo así como chico encuentra chica y se enamora, el amor se ve amenazado, y finalmente chico resuelve el conflicto y los dos son felices y comen perdices. Pues por el estilo.

          Por eso, puestos a hacer experimentos de lectura, es mejor no dejarse llevar por los premios y decantarse por algún completo desconocido como Abdulrazak Gurnah, por ejemplo. Un escritor  africano al que nadie lee y del que nadie ha oído hablar.           

            

Madrid «Grease»

     Pues eso, que como estaba previsto, el viernes asistí al musical «Grease» en el  Nuevo Teatro Alcalá. Vayan por delante los titulares: sesión de las 17 horas, gente hasta la bandera y cartel de no hay entradas. Público de todas las edades a partir de los 18 años. Mascarillas obligatorias pero sin distancia social posible en el teatro, ni en la calle, ni en el aparcamiento, ni en bares ni terrazas. La ciudad de Madrid de siempre. Grande, llena, luminosa y vibrante de actividad.  

          A mí me gusta tomar el pulso a esta gran capital y comprobar, una y otra vez, que vuelve a ser una de las más punteras de Europa. Hay que tener en consideración que el puente de octubre desaloja a millones de residentes que se van al pueblo, al mar o la montaña y que ceden el espacio a los millones de visitantes que llegan de todas partes de España y del extranjero: las gallinas que salen por las que entran.

          Confieso que me emocionan los ambientes del teatro y los musicales; los pasillos que conducen a las butacas en las plateas y los anfiteatros con su halo de misterio tras las puertas y las cortinillas; los mostradores de los guardarropas y el estratégico ambigú durante los descansos. La experiencia es, en sí misma, una performance. Un escenario dentro de otro escenario, que como las famosas muñequitas rusas –Matrioskas– van desvelando un mundo envuelto en capas de cebolla.

          No estuvieron John Travolta ni Olivia Newton John, por suerte para ellos, porque dudo que hubieran aguantado el nivel de energía, ganas y fuerza que desplegaron sus interpretes 43 años después del estreno de Grease en 1978. Más de 25-30 artistas en el escenario, según necesidades del guión, desplegaron una coreografía espectacular e interpretaron canciones conocidas en todo el mundo. Un regalo para vivir aquellas sensaciones de quienes, como yo, en los años 70 del siglo pasado, éramos adolescentes.

          Me llevo el buen sabor de boca de que hay una generación de jóvenes con una energía impresionante y muchas ganas. Montar un espectáculo como el que he visto este viernes lleva mucho trabajo. Meses y meses de esfuerzos y ensayos, de cansancio, de concentración y de ilusión. Espero que los aplausos con todo el teatro en pie les sirvan para recargar las energías, compensar el esfuerzo y ayudarles a crecer.    

Mi vecina la vulcanóloga

          Mi vecina es una persona muy conocida y habitual en los platós de algunas cadenas de televisión. En algunos programas de esos que duran un día entero suele ser una de las protagonistas. Según el tema de la semana se explaya un poco más o le soplan un poco menos por el pinganillo. Pero es muy versátil y da el pego estupendamente para su público objetivo.

          Esta semana andaba yo de zapeo (no confundir con tapeo) a la hora de comer, cuando me la encontré en uno de esos canales de la tele hablando de la colada. Admito que no me resultó sorprendente que se tratara de trapos sucios en ese tipo de espacio televisivo y, mucho menos, que lo hiciera una experta en la materia. Sin embargo, y para mi completo asombro, justo cuando me disponía a cambiar de canal deduje que el asunto iba de vulcanología.  

          Yo había ido asumiendo durante los últimos meses su amplio conocimiento en epidemiología y virología, ya que alguna vez la escuché debatir con vehemencia con sus colegas de tertulia sobre la pandemia. Lo mismo cuestionando las proyecciones de incidencia de la OMS, que postulando sobre la conveniencia de una u otra vacuna según estuviera basada en ARN o en vectores (en arena o ventiladores creo que dijo). Pero es algo que se puede atribuir  a las interferencias del pinganillo.

          Sin embargo, es más difícil asumir, incluso durante un breve zapeo, que sean las personas que presentan programas serios o noticiarios quienes confundan el archipiélago Canario con el Balear. Se refieran a Formentera por Fuerteventura o confundan Las Palmas (Gran Canaria) con la isla de La Palma, cuando no con Palma (Mallorca). Es natural, que la premura que imponen los acontecimientos propicien algunos deslices como los mencionados, pero sospecho que hay algo de base que también lo justifica. 

          Si una va a hablar de coladas porque se siente con los conocimientos necesarios bien asentados, lo menos que puede hacer es repasar el catálogo de marcas de detergentes disponibles, las últimas novedades en electrodomésticos y cosas por el estilo. De lo contrario, es fácil quemarse en público. 

Caza de brujas

          A principios de la Edad Moderna, allá por el siglo XV, nació en Europa un fenómeno conocido como «Caza de Brujas». Un despropósito colectivo consistente en la persecución de, sobre todo mujeres, acusadas de practicar y alentar un nutrido catálogo de acciones contrarias a la Iglesia o a las normas de convivencia. Un puritanismo fariseo que, cinco siglos después, en España mantiene una vigencia y fortaleza de primer orden.

          Si eras víctima de la cacería, lo más probable es que ardieras entre teas impregnadas de miedos, recelos, odios y fantasmas que era necesario conjurar mediante las llamas de una buena pira en plaza pública. Un espectáculo jaleado por una muchedumbre gritona y sedienta de sangre ajena, una masa cuyo apetito de carnaza nunca llegaba a verse del todo saciado. Un esperpento impulsado por unos poderes que necesitaban alimentar, de vez en cuando, el resentido lado oscuro de la gente.

          Recordaba este antiguo fenómeno social viendo en Netflix un brillante y recomendable documental sobre el caso Wanninkhof – Carabantes, los apellidos de dos chavalas asesinadas hace ahora veinte años (entre 1999 y 2003): Rocío y Sonia. Fue de tal calado el impacto social de la primera muerte, la de Rocío Wanninkhof, que la premura por hacer justicia llevó a una inocente, Dolores Vázquez, a pagar una infamante injusticia. Una amiga de la madre de la víctima convertida en bruja por los medios de comunicación, los gurús de las tertulias, los carroñeros y, sobre todo, por el pueblo ciego, desquiciado y sediento de carnaza.

          Es desgarrador imaginar lo que aquella inocente debió sentir al ser abucheada mientras era conducida por la policía o los guardias civiles. Esposada y tapada la cabeza, insultada y ultrajada sin piedad al grito de asesina por sus propios vecinos, vilipendiada en noticiarios, tertulias de majaderos en la tele y posteriormente condenada y encarcelada por unos jueces condicionados hasta la ceguera por semejante cacería de brujas.

          Sin embargo, el precio mayor lo pagó tres años después, otra niña con apenas 19 años.: Sonia Carabantes. Brutalmente violada y asesinada por la misma mano criminal que había acabado con la vida de Rocío Wanninkhof. Basta con oír el testimonio de su madre, para comprender la responsabilidad que todos tenemos cuando nos comportamos como inquisidores amparados en la masa: «Sonia no habría muerto si no se hubiera condenado a una inocente, y se hubiera seguido con la investigación hasta encontrar al culpable».

          Nadie ha pedido perdón a Dolores Vázquez. Ni a ninguna de aquellas brujas que ardieron en la noche de los tiempos. 

                        

Lo seguro del seguro

           Lo diré sin muchos rodeos: el negocio de las compañías de seguros se basa en cobrar las pólizas y evitar por todos los medios tener que pagar los siniestros de los asegurados. Es así de simple. ¿En qué me baso? En que nadie se lee la letra pequeña, y a veces ni la grande, de lo que firma cuando contrata una póliza de seguro. Ya sea por desidia, porque de todos modos la tiene que contratar al ser una exigencia legal, o porque se la cuela el amigo matutero una tarde tonta de esas que todos tenemos.

          El trato se plantea de la siguiente manera: en la primera página, a todo color y con letra visible a un metro de distancia incluso con vista cansada, ahí están las coberturas. Es decir, todas aquellas desgracias, accidentes, infortunios y jugarretas del destino de las que mediante la firma del papel se le salva a usted de las consecuencias económicas y legales en caso de que ocurran. Y en las siguientes 30 ó 40 páginas, en letra tamaño prospecto farmacéutico, se le informa de todas las circunstancias –exenciones le llaman ellos– por las que el seguro no asumirá dichas consecuencias. Es decir, todo tipo de ocurrencias entre las posibles desde una perspectiva lógica y basada en la experiencia, e incluyendo lo improbable y hasta lo estrambótico.     

          El seguro es un negocio seguro. Y además, es de una simpleza abrumadora. Se trata de un chiringuito donde trabajan una serie de personas, que reciben puntualmente un dinero fresco que les sirve para pagar las nóminas, los gastos, algunos impuestos y mantener la persiana abierta. No hay proveedores con camiones en la puerta, ni mercancías que mantener en stock, no hay cadenas de producción porque nada produce una compañía de seguros salvo frustraciones y desengaños. No hay innovación tecnológica, ni eso que llaman I+D+I; pero a cambio si tienen mogollón de operadoras en los call center offshore en Colombia, Perú o República Dominicana porque la nómina que pagan no llega a los 300 euros al mes. Son esas simpáticas señoritas que le llaman a la hora de la siesta.  

          Viendo esta semana los incalculables destrozos provocados por las tormentas en ciudades como Toledo o Tarragona, y la desesperación de familias enteras que ven pisoteados sus recuerdos, embarrados sus enseres y derribados los muros de sus casas, me invade un sentimiento que creo que se podría definir como compasión. Un pellizco en el estómago provocado por ver sus primeros testimonios de esperanza, entre lágrimas, cuando hablan de que por suerte cuentan con el seguro.

          Ese seguro que les va a pedir los papeles que han perdido en la inundación, las facturas de los enseres que nunca conservaron o también perdieron; y al que todo eso se lo van a tener que explicar por teléfono mediante una asistente virtual que les va a cortar la comunicación dos de cada tres llamadas. Ese seguro que les va a decir, cuando les diga algo, que así no se reclama porque deben seguir los 1.001 puntos, cláusulas, plazos, estipulaciones, peritaciones, salvoconductos y bulas papales que figuran en la letra pequeña y así, hasta la completa desesperación.    

          Hace un par de años otra DANA se llevó por delante vidas y haciendas de muchas familias que aún no han visto un euro del seguro. Dos años, háganse a la idea. Para que dos años después te salgan con la frase preparada: «se va a hacer cargo el consorcio, cuando la administración pague, o como es zona catastrófica….» En fin, lo único seguro del seguro es que si tiene usted problema, el problema es suyo.  

Pasa, septiembre espera.

          «El final del verano llegó y tú partirás…» Seguro que los más talluditos  recuerdan la famosa letra del éxito del Dúo Dinámico de 1963, Amor de verano. Y para aquellos que la memoria no les alcance, quédense con el dato de que son los mismos que compusieron ese tema que tristemente se hizo famoso, otra vez, el año pasado debido a la pandemia: «Resistiré». Traigo a colación ambas canciones porque, coincidencias de la vida, se acaba el verano y llega la vuelta al cole o adonde sea que nos toque ir a cada cual.   

          Aterrizar en septiembre nunca ha sido tarea fácil. Cuando se está en la edad escolar es como un pequeño exilio de la seguridad de la casa; supone la pérdida de la libertad de andar en alpargatas, o descalzos a todas horas y despertar cuando el sol hace insoportable seguir en la cama; o la renuncia obligatoria a los juegos hasta la medianoche mientras los padres, reunidos en la terraza con vecinos y amigos, se refrescan y embriagan en conversaciones cada vez más aturulladas y contrapuestas. Y, claro es, también conlleva la vuelta a las caminatas con petates a la espalda.

          Cuando se es padre o madre primerizos es tiempo de estrés y con frecuencia de ajustes en el presupuesto. Toca comprar libros, pagar matrículas, ropa para el curso o uniformes; conocer a los nuevos profesores, inscribir a los niños en las actividades extraescolares; ji ja ja con los papás de los alumnos que son los nuevos compis de los niños;  que si dame tu wasap para el grupo y así todo el mes: tirando de ahorros y de tarjetas para sortear la carrera de obstáculos. 

          A mi me hubiera gustado vivir una vuelta al cole como la de Danny Zuko, y haberme reencontrado con Sandy Olsson en el instituto Rydell. Ignoro si hoy la perspectiva de género permitiría que la pandilla de la protagonista se llamara «Las damas de rosa», o por el contrario se consideraría un estereotipo del heteropatriarcado y la dominación machista, en cualquier caso, a mi el color me hubiera dado lo mismo, y llegado el momento propicio incluso me hubiera puesto morado.     

           Ahora, como no tengo que llevar niños al cole, ni saltar vallas sociales con sonrisas de cartulina, ni me espera ninguna profesora motivada para explicarme como se han distribuido los horarios de las clases con perspectiva de género, aprovecharé para ver el musical Grease, en el nuevo Teatro Alcalá. Solo espero, que los 40 años que han pasado no hayan derribado el encanto de los muros de aquel instituto californiano, ni se haya cedido a la tentación de edulcorar los diálogos de la época para ofrecer una versión censurada con perspectiva ideológica. Ya les contaré.         

Una sociedad anómica

          Mucho se ha escrito sobre las tendencias autodestructivas de los individuos. En España, la cifra de suicidios son de vértigo, unos 10 casos al día: más de 3.500 muertes al año y creciendo casi al 4% anual. El doble de fallecidos que en accidentes de tráfico. Una tragedia que afecta al triple de hombres que de mujeres. Resulta, además, realmente sobrecogedor que la franja de edad con mayor número de casos es la de 30 a 40 años.

           Cabe preguntarse qué expectativas incumplidas, qué falta de arraigo y esperanza en el futuro, qué clase de decepción con la sociedad y con uno mismo, qué hartazgo, en definitiva, lleva a una persona en la plenitud de su edad a quitarse la vida. ¿Es esta una muestra más de la decadencia occidental y de la española en particular? El caso es que mientras en Europa desciende la incidencia, en nuestro país va en aumento. 

          Según lo exponía el sociólogo francés Émile Durkheim, el suicidio tiene su origen en causas sociales. De los cuatro tipos de suicidios descritos por él, quizá el anómico es el que más nos concierne hoy en día. Es decir, el relacionado con sociedades decadentes, en transición o con estructuras e instituciones incapaces de sacudirse complejos, controlar la convivencia y preservar la seguridad y el bienestar de los ciudadanos: una sociedad anómica. 

          Es desalentador el paseo matutino por las noticias. Es casi imposible encontrar algo que no sea malo, grotesco o directamente absurdo. Esta semana hemos leído que una okupa llamó a la policía para que le abrieran la vivienda que estaba ocupando ilegalmente, porque el dueño había puesto una cadena y un candado. Las autoridades le abrieron la puerta y detuvieron al dueño. O que un hombre de 77 años disparó dentro de su propiedad a un ladrón que empuñaba una sierra eléctrica y enviaron a prisión al hombre que estaba en su casa. Una semana antes, 3 ladrones mataron a un hombre en su vivienda cuando entraron a robar y el juez los puso en libertad con cargos. Y, claro es, el muerto al cementerio y a otra cosa. 

          Ayer, sin ir más lejos, otros 3 individuos cuya procedencia no diré para que no me llamen racista –son marroquíes–, drogaron, violaron y torturaron quemándola con cigarrillos a una chavala de 18 años. Dada la procedencia de los criminales no habrá interminables reportajes de manadas, no saldrán sus fotografías en todas las teles durante semanas, ninguna ministra feminista saldrá indignada: nadie hará nada. La víctima no forma parte del plan de autodestrucción de la sociedad española.

          Resulta paradójico que se destinen 180 millones de euros para la lucha contra la violencia de género de la que unas 45 mujeres son víctimas mortales cada año, y nada para la prevención de suicidios de los que casi 1.000 mujeres son víctimas, igualmente, cada año. Una sociedad en descomposición es la que muestra con sus leyes y normas la inmoralidad, a veces cercana a la sociopatía, de sus dirigentes políticos. La sociedad occidental, en general, se descompone como un azucarillo y, España en particular, como alumna aventajada. Algo es algo.         

La amenaza persistente

          Vaya por delante mi respeto y solidaridad con todas las personas que de un modo u otro han padecido, padecen o han sufrido las consecuencias de la COVID19, directamente o en su entorno. Y en especial, para aquellas que habiendo superado la enfermedad sufren secuelas de la misma. Uno de estos últimos casos es lo que se conoce como COVID persistente. Una serie de síntomas que no desaparecen y que cursan con: dolor de cabeza, cansancio, malestar general etcétera, en palabras de los afectados.

          Algunos de estos pacientes incluso aseguran quedar incapacitados laboralmente y, en el peor de los casos, como señalaba una señora en televisión hace unos días, puede afectar a todos los miembros infectados en la familia: madre, padre e incluso los hijos pequeños. Por lo que, esta señora solicitaba de las autoridades que se les concediera una paga o pensión por incapacidad para cada uno de los cuatro.  

          Sin embargo, la amenaza que sin duda será persistente es la de la presencia de este coronavirus, y no solo de este que ha venido para quedarse, sino la de aquellos otros de los que la población no tiene noticia, por suerte. Erradicar un virus de la faz de la tierra no es nada sencillo. De hecho, salvo la viruela y la polio poco más ha podido hacer la humanidad para eliminar un virus una vez que ha dado el salto a la especie humana. Y recuérdese que, sólo en España, un virus tan común como la gripe mata a decenas de miles de personas cada año.

          Virus los hay de todos los tamaños y condiciones y, alguno de ellos, como el mamavirus (suena a la abeja madre), es de mayor tamaño que muchas bacterias y cuenta con ADN, algo que lejos de ser anecdótico, los científicos aún no saben qué mecanismos de reproducción y estrategias de desarrollo pueden llegar a tener. Recuérdese que la función de los virus, básicamente, es encontrar un huésped al que infectar para usarlo de fábrica de duplicados del propio virus. 

          Esta bestia viral fue descubierta en la década de los 90 del siglo pasado. En términos de virología lo que viene siendo hace unos días. Se congeló y se identificó como miembro de una familia de virus de la que ya hemos tenido noticia y a la que pertenecen la viruela, el herpes o la peste porcina africana. Si algo nos ha enseñado la COVID19 es lo persistentes y oportunistas que pueden ser los virus en sus estrategias, al igual que muchos humanos.