Mercachifles sin corbata

          Los mercachifles tuvieron su momento de esplendor en el comercio de buhonerías cuando yo era un chaval. Recuerdo, como contaba García Márquez, que mi barrio se convertía en una especie de Macondo sevillano. De vez en cuando, aparecían estas familias itinerantes que lo mismo vendían remedios infalibles para las manchas, que ungüentos sanadores e infusiones para estimular la reproducción humana. En ocasiones, acompañaban a sus proclamas el sonido agudo del chiflo del afilador de cuchillos.

          Aquellas caravanas de comerciantes acabaron por instalarse en las ferias locales en casetas de quita y pon. Desde allí con estrépito de altavoces reclamaban la presencia de transeúntes hasta sus mostradores repletos de turrones adoquinados. Allí se vendían caramelos arrancadientes y se llevaban a cabo rifas en las que te podía tocar un perrito piloto y, más tarde, con la democracia y antes del nuevo feminismo, también una muñeca chochona.

          Nos hemos acostumbrado a base de estas tradiciones y costumbres a bailar al son de los vendedores ambulantes modernos, ahora con chaqueta y corbata o no, según se tercie y convenga a lo que haya que meter en esos altavoces mediáticos al servicio de los nuevos mercachifles. Ya no comercian con baratijas, ni montan paradas en las esquinas para regocijo de la chiquillería. Ahora las montan para vender bulos y contradicciones.

         España pasa por un momento delicado, como toda Europa. Se requiere ayudar a muchas familias vulnerables, o incluso de clase media. Hay millones de parados, y el que trabaja según dicen las estadísticas es mileurista. La inflación disparada y, entonces aparece la magia del buhonero y su mantra: ¡los ricos, los ricos! ¡los ricos, los ricos! Y un clamor recorre el país al grito de los ricos. Un ejército de ricos aparece de la nada, y son ellos con sus fortunas los que nos van a salvar de la miseria. 

          Quienes esto proclaman a los cuatro vientos tienen sueldos de seis dígitos, no producen nada más allá de sus voceríos y, de vez en cuando, alguna trifulca. No crean nada, no fabrican nada, no hacen nada útil para evitar la situación salvo vender motos. Quizá por eso, la idea ahora es que para que ellos puedan seguir con las supercherías de las que viven, nos van a hacer creer que ricos somos todos. 

Los gatos no tienen siete vidas

          Los gatos no tienen siete vidas por mucho que nos guste pensar en ello y que el dicho sea popular. Recuerdo un celebre tema de un conocido cantante español en los años noventa, decía algo así como: «siete vidas tiene un gato, yo ya he gastado seis y la última la quiero vivir a tu lado». Más o menos, no es textual porque la estoy tarareando de memoria. Falleció poco después de que se publicara el tema musical a una edad dramáticamente temprana. 

          Ahora que un enloquecido dictador de la vieja Rusia comunista nos amenaza con un holocausto nuclear, nos conviene reflexionar sobre el asunto. Sobre todo, porque hacer la vista gorda mientras nos van robando seis de las siete vidas no es buena cosa. Hay desdichados a los que esa media docena de comodines se los han sisado durante años su propia familia, sus amigos y la gente con la que convive. Por desidia, por silencio, por imposibilidad de evitarlo y también por cobardía y consentimiento.

         Por ese conjunto de cosas, hemos asistido durante décadas a la consolidación de una brutal dictadura en Rusia. Occidente, y sobre todo Europa, ha tragado de manera infame con un régimen comunista corrupto hasta los tuétanos. Les hemos comprado el petróleo, les hemos abierto nuestras playas, les hemos vendido palacios y patrimonios. Simplemente, hemos puesto la mano y mirado para otro lado. Y lo hemos hecho conscientes de con quién nos metíamos en la cama. 

          Debido a ese tipo de comportamiento, en Rusia la juventud huye de su país, o llora junto con sus padres o de la mano de su madre, que inútilmente trata de sujetar a un hijo al que los sátrapas quieren, ahora, pasar por la picadora de carne. A Putin no le importa nada ni nadie; no le importan los jóvenes rusos y mucho menos los europeos o americanos. Pero no nos quejemos, a nosotros Putin nos ha importado una mierda hasta hoy, salvo para hacer negocios con el diablo.

         Quizá el mundo tenga que pagar el precio impensable de cientos de millones de muertes y retroceder al s. XIX, esperemos que no. Pero si no llegamos a ese trágico desenlace, al menos, aprendamos de las estrategias gatunas: a zafarnos del mal, a saltar con agilidad, a ser cautos y desconfiados. Nadie, como un gato, es mas consciente de que solo tiene el control de su séptima vida. 

 

Libertad sin palabras

          Es difícil asumir que una libertad sin palabras pueda considerarse realmente libertad. Uno puede elegir el voto de silencio como hacen algunos religiosos, pero esa es una decisión libre y voluntaria. Otra cosa muy diferente es callar para conservar lo que se tiene, para no sufrir represalias directas o soslayadas ni ser perjudicado por rumores e incluso injurias. En la sociedad actual, el individuo es inevitablemente encasillado, etiquetado y colocado en la estantería de sus comentarios y opiniones convenientemente cocinados y aliñados por terceros.

          Este hecho, quizá era ya conocido desde los tiempos de Confucio cinco siglos antes de Cristo. De ahí, que los tres monos sabios representaran esa negación simbólica de los males del mundo tapándose los ojos y los oídos, además de la boca para que un inapropiado comentario no les trajera la desgracia en la antigua China. Una situación que debemos suponer no debía traer nada bueno a quien la sufriera.

          Pero la libertad, incluso bajo un gobierno democrático, en vez de uno autocrático como algunos pretenden prohibiendo medios de comunicación, no es ni mucho menos algo que se pueda dar por hecho. No puede serlo en una sociedad de bandos en lucha y competencia por destruirse el uno al otro, por hacerse con el control del poder y someter al conjunto de la población bajo la falacia de la supuesta voluntad del pueblo.

          No es libre el «pueblo» que tiene la voluntad de perjudicarse así mismo según quien tenga el poder en cada momento. Que intenta destruir sus puestos de trabajo, sus carreras profesionales, boicotear sus negocios o hablar mal de ellos para evitar que les lleguen oportunidades, o les ensucia la imagen personal o académica… Solo por sus opiniones o ideas.

          Conozco a personas muy inteligentes y formadas, con merecidas posiciones sociales y económicas. Gente reconocida por sus contribuciones y logros que no se atreven a opinar de casi nada. Sobre todo, de nada que tenga que ver con lo fundamental en la sociedad en la que viven y de la que depende su felicidad o su desgracia: nada de política, de economía, de organización social, o de los impuestos, de la corrupción o de los nacionalismos. Personas que simplemente practican un confucionismo moderno al que llaman libertad, adoptando la pose de los monos chinos.

 

Barrio Sésamo

          Barrio Sésamo se emitió en España, por primera vez, allá por 1979 y fue muy popular en la década de los 80. Se trataba de un tele teatro infantil realizado por actores disfrazados de personajes como la Gallina Caponata o Espinete. Recuerdo las tardes en las que, sin posibilidad de zapeo, encendías la tele y allí estaban, con sus voces estridentes y entonaciones acentuadas, enseñando a los más pequeños la diferencia entre arriba y abajo y cosas muy básicas de ese estilo. Conceptos que se podían engullir junto con la tostada untada de Nocilla y los morros pringados de chocolate. 

          Muchos de aquellos niños ochenteros, hoy ocupan cargos de elevada responsabilidad en grandes corporaciones, o en altas instancias de la Administración pública (no confundir con políticos), es decir, altos funcionarios de carrera. Por no citar notarios, o científicos de toda índole y disciplina. Otros son profesores, catedráticos, en fin, un ejército de gentes que sostienen el país en pie. Cada cual, con su esfuerzo y posición, según su circunstancia y mérito, se fue labrando un futuro más o menos prometedor y hoy están en la antesala de la jubilación.

          Una gran parte de esas posiciones se consiguieron a base de sudor y mucho esfuerzo, de exámenes interminables, pruebas técnicas y entrenamiento. Es decir, invirtiendo el tiempo de las noches sin dormir en un futuro que, bañado en café y nervios a la hora de jugársela en el ruedo, acabó por merecer la pena. La realidad es dura: un piloto de aviones no se puede equivocar y pulsar el tren de aterrizaje en vez del piloto automático, un ingeniero no puede calcular mal la carga soportable para un puente y, usted haga lo que haga, seguro que si la fastidia le va a salir caro o, en el peor de los casos, puede que se quede sin empleo.

          Por eso, los niños de Barrio Sésamo saben distinguir entre arriba y abajo. Es posible que, en un mal día y con el despiste de la tostada, cometieran un error de apenas un segundo pero luego rectificaran enseguida. Y esa, es una gran diferencia con quienes hoy manejan nuestra barca política. La que hay entre aquellos niños y un alelado que, cobrando una pasta impresentable de las arcas públicas, es capaz de marrar 3 veces el mismo día al elegir entre la complicada disyuntiva SI o NO. Cuando además, le han señalado donde poner el dedo, y en un alarde de tozudez confirma el error.    

Pasa, septiembre espera.

          «El final del verano llegó y tú partirás…» Seguro que los más talluditos  recuerdan la famosa letra del éxito del Dúo Dinámico de 1963, Amor de verano. Y para aquellos que la memoria no les alcance, quédense con el dato de que son los mismos que compusieron ese tema que tristemente se hizo famoso, otra vez, el año pasado debido a la pandemia: «Resistiré». Traigo a colación ambas canciones porque, coincidencias de la vida, se acaba el verano y llega la vuelta al cole o adonde sea que nos toque ir a cada cual.   

          Aterrizar en septiembre nunca ha sido tarea fácil. Cuando se está en la edad escolar es como un pequeño exilio de la seguridad de la casa; supone la pérdida de la libertad de andar en alpargatas, o descalzos a todas horas y despertar cuando el sol hace insoportable seguir en la cama; o la renuncia obligatoria a los juegos hasta la medianoche mientras los padres, reunidos en la terraza con vecinos y amigos, se refrescan y embriagan en conversaciones cada vez más aturulladas y contrapuestas. Y, claro es, también conlleva la vuelta a las caminatas con petates a la espalda.

          Cuando se es padre o madre primerizos es tiempo de estrés y con frecuencia de ajustes en el presupuesto. Toca comprar libros, pagar matrículas, ropa para el curso o uniformes; conocer a los nuevos profesores, inscribir a los niños en las actividades extraescolares; ji ja ja con los papás de los alumnos que son los nuevos compis de los niños;  que si dame tu wasap para el grupo y así todo el mes: tirando de ahorros y de tarjetas para sortear la carrera de obstáculos. 

          A mi me hubiera gustado vivir una vuelta al cole como la de Danny Zuko, y haberme reencontrado con Sandy Olsson en el instituto Rydell. Ignoro si hoy la perspectiva de género permitiría que la pandilla de la protagonista se llamara «Las damas de rosa», o por el contrario se consideraría un estereotipo del heteropatriarcado y la dominación machista, en cualquier caso, a mi el color me hubiera dado lo mismo, y llegado el momento propicio incluso me hubiera puesto morado.     

           Ahora, como no tengo que llevar niños al cole, ni saltar vallas sociales con sonrisas de cartulina, ni me espera ninguna profesora motivada para explicarme como se han distribuido los horarios de las clases con perspectiva de género, aprovecharé para ver el musical Grease, en el nuevo Teatro Alcalá. Solo espero, que los 40 años que han pasado no hayan derribado el encanto de los muros de aquel instituto californiano, ni se haya cedido a la tentación de edulcorar los diálogos de la época para ofrecer una versión censurada con perspectiva ideológica. Ya les contaré.         

Una sociedad anómica

          Mucho se ha escrito sobre las tendencias autodestructivas de los individuos. En España, la cifra de suicidios son de vértigo, unos 10 casos al día: más de 3.500 muertes al año y creciendo casi al 4% anual. El doble de fallecidos que en accidentes de tráfico. Una tragedia que afecta al triple de hombres que de mujeres. Resulta, además, realmente sobrecogedor que la franja de edad con mayor número de casos es la de 30 a 40 años.

           Cabe preguntarse qué expectativas incumplidas, qué falta de arraigo y esperanza en el futuro, qué clase de decepción con la sociedad y con uno mismo, qué hartazgo, en definitiva, lleva a una persona en la plenitud de su edad a quitarse la vida. ¿Es esta una muestra más de la decadencia occidental y de la española en particular? El caso es que mientras en Europa desciende la incidencia, en nuestro país va en aumento. 

          Según lo exponía el sociólogo francés Émile Durkheim, el suicidio tiene su origen en causas sociales. De los cuatro tipos de suicidios descritos por él, quizá el anómico es el que más nos concierne hoy en día. Es decir, el relacionado con sociedades decadentes, en transición o con estructuras e instituciones incapaces de sacudirse complejos, controlar la convivencia y preservar la seguridad y el bienestar de los ciudadanos: una sociedad anómica. 

          Es desalentador el paseo matutino por las noticias. Es casi imposible encontrar algo que no sea malo, grotesco o directamente absurdo. Esta semana hemos leído que una okupa llamó a la policía para que le abrieran la vivienda que estaba ocupando ilegalmente, porque el dueño había puesto una cadena y un candado. Las autoridades le abrieron la puerta y detuvieron al dueño. O que un hombre de 77 años disparó dentro de su propiedad a un ladrón que empuñaba una sierra eléctrica y enviaron a prisión al hombre que estaba en su casa. Una semana antes, 3 ladrones mataron a un hombre en su vivienda cuando entraron a robar y el juez los puso en libertad con cargos. Y, claro es, el muerto al cementerio y a otra cosa. 

          Ayer, sin ir más lejos, otros 3 individuos cuya procedencia no diré para que no me llamen racista –son marroquíes–, drogaron, violaron y torturaron quemándola con cigarrillos a una chavala de 18 años. Dada la procedencia de los criminales no habrá interminables reportajes de manadas, no saldrán sus fotografías en todas las teles durante semanas, ninguna ministra feminista saldrá indignada: nadie hará nada. La víctima no forma parte del plan de autodestrucción de la sociedad española.

          Resulta paradójico que se destinen 180 millones de euros para la lucha contra la violencia de género de la que unas 45 mujeres son víctimas mortales cada año, y nada para la prevención de suicidios de los que casi 1.000 mujeres son víctimas, igualmente, cada año. Una sociedad en descomposición es la que muestra con sus leyes y normas la inmoralidad, a veces cercana a la sociopatía, de sus dirigentes políticos. La sociedad occidental, en general, se descompone como un azucarillo y, España en particular, como alumna aventajada. Algo es algo.         

El cuento del tonto feliz

          Va para año y medio que el mundo cambió. En algunos países, la mutación social fue más rápida que en otros, pero la forma de vida conocida hasta las Navidades de 2019 se esfumó unas semanas después de las uvas de fin de año. De la pericia en la gestión o la imprudencia, de la empatía y el liderazgo o el sectarismo, dependía la economía y la vida de millones de personas a nivel global. Cada cual y su conciencia que aguante su palo y que, el palo de la justicia, en todo caso, caiga sobre quienes lo merecen antes de que se escurran por las rendijas de madera de las bodegas de unos barcos que dejan en dique seco.  

          Desde una perspectiva nacional, ya sea española o sudafricana, la pandemia ha alterado la vida de los ciudadanos de formas diferentes dependiendo del contexto económico, de la fortaleza de sus sistemas sanitarios y, como es lógico, de los gobernantes de turno que por dicha o por desgracia les tocó tener en ese momento. Recuérdese que nuestra mala suerte, según la exministra Calvo, devenía del hecho de estar situados, en el mapa global, un poco más al oeste que otros países. Mientras en Portugal, con una situación mucho mejor que la nuestra en aquel entonces, miraban para la Azores silbando con disimulo.  

          Sin embargo, cabe la sospecha de que, al margen de que no hay nada más preciado para los depredadores del mercado que un tonto con dinero, en este caso, los tontos seamos una inmensa mayoría de los casi siete mil millones de personas que habitamos el planeta. A excepción, eso sí, de un reducido grupo de líderes, entre los que, obviamente, no tenemos plaza ni para llevar los cafés. Lo normal en un tonto es que tropiece y tire la merienda y pringue a los invitados. Y eso lo sabe todo el mundo.

          Sospecho que media Europa está asistiendo con España a una especie de Show de Truman, en la que nuestro Jim Carrey particular, envuelto por una nube de burbujas de jabón, inhala poder de una cachimba mágica que lo convierte en una marioneta, a veces locuaz y otras veces retraído, como un peluche agazapado en su palacio de cristal. Esa zona segura, en la que un ejército de masajistas lo embadurnan a toda hora.

          Sospecho que es feliz, porque su anhelo de inmortalidad es tan patético como irreal. Y lo es, porque se fijó en el personaje equivocado. El deseo de vida de Pinocho era limpio, puro, inocente; algo de lo que un muñeco de madera creado por la mano de un genio de la literatura puede hacer y perdurar en la Historia. Por eso, sospecho que ni siquiera como imitación, su ridícula figura pasará a la Historia, salvo como la del tonto que nos tocó en el peor momento.    

A indios y vaqueros

           Los niños de mi generación no tuvimos internet –porque no existía–, como no había teléfonos móviles ni posibilidad de otro entretenimiento que la calle. Eso sí, yo creo que éramos ricos en imaginación a falta de la actual tecnología anestesiante. Inventábamos juegos cada día y uno de los más recurrentes era el de indios y vaqueros. Estimulados por las películas de John Wayne y las peripecias de Toro Sentado. Así, la pandilla se dividía en dos grupos de no más de tres o cuatro niños por bando y nombraba un jefe por cada lado.

          Si eras de los vaqueros se supone que estabas con los buenos y que, a la postre, ganarías las disputas que iban a tener lugar a lo largo del día. Sin embargo, muchos queríamos formar parte de los indios porque era condición indispensable hablar en indio. Para ello, usábamos dos recursos: o bien el uso del infinitivo como única forma verbal y decíamos «yo merendar pan con chocolate.», o usar una sola vocal en todas las palabras. Con este segundo método solíamos hacernos unos líos importantes.

          El resultado final era bastante lustroso y daba el pego. Todo el mundo sabía al escuchar hablar a los niños quién estaba haciendo el indio. Llevo un tiempo con estos déjà vú de mi infancia. Sin ir más lejos, hace unos días, nuestro gran jefe indio llamaba a las tropas desplazadas a Lituania soldados y soldadas. Cosa que, por aquello de la semántica, viene a querer decir soldados y vuestras pagas. Y una periodista en su papel de india preguntaba a una mujer oficial: ¿prefiere usted que le llame capitán o capitana? A lo que la aludida respondió: «disculpe, pero capitana no existe». 

          Lo cierto, es que hoy uno nunca está soles según la ministra india, que en el lenguaje de los indios viene a significar que hace un calor que te rilas por la pata debido a la clonación del sol. El otro día después de ver un video de Rosalía en Youtube, me gustó tanto la escenografía que dejé un comentario: «esta chica es un genio» Y no tardó en lanzarse sobre mí una miembra de una tribu cercana para corregirme con la palabra «genia» que, si bien existe, significa según la RAE origen o proceso de formación y nada tiene que ver con la genialidad de la artista. 

          Ayer, sin ir más lejos, zapeando como suelo hacer vi a Nicolás Maduro dejando de hacer el gorila para hacer el indio y decía a la audiencia: «ese es nuestro compromiso, el de todos, el de todas, el de todes». Se pueden imaginar el pasmo y las risas. En definitiva, he llegado a la conclusión de que hay un juego de indios y vaqueros muy extendido en ciertos sectores, y que entre ellos se pasan consignas para que los demás no las entendamos, usando ese lenguaje indio que ya teníamos algunos enterrado en el baúl de los recuerdos de nuestra infancia. 

El cerdo agridulce

           Hace unos días me contaba un allegado una situación distópica que le ha ocurrido. Resulta que a este amigo, al que llamaré X como era costumbre en cierta literatura, y propietario de una vivienda unifamiliar en Sevilla que, por razones de trabajo, tiene normalmente alquilada ya que él vive en Madrid, se la han liado parda: «Vaya el alquiler de lo uno para el pago de lo otro». Solía decir.

          Hace tres años una inmobiliaria de la zona le propuso alquilar la vivienda a una familia de nacionalidad china, cosa a la que accedió no sin dificultades, dado que los citados chinos precisaban de intérprete para poder comunicarse. Se revisaron los papeles por parte de mi amigo y de la inmobiliaria; la solvencia de la familia; incluso hizo una pequeña consulta sobre posibles antecedentes judiciales (no había nada), y se pasó por el seguro de impagos que dio el okey. Todo correcto. Así que, como para mi amigo lo de ser chinos no era un impedimento, alquiló.

          Me contaba con ojos de incredulidad, como una tarde dos años después, al bajar del gimnasio y ver una llamada perdida en el móvil (un número de Sevilla), la devolvió de inmediato: era la Guardia Civil. Quienes con el poco tacto que les caracteriza para dar malas noticias le dijeron: su vivienda ha sido objeto de una organización de narcotraficantes y hemos tenido que reventarla (literal) para detenerlos. El resto ya se lo pueden imaginar. 

          Lo distópico del asunto es que mi amigo se encontró con lo típico en un país como el nuestro: el seguro de entrada se desentiende (en sus pólizas hay más salidas que en el metro), como se habían enganchado a la luz ENDESA se desentiende y cortó los cables, el ayuntamiento no quiso saber nada, ni la diputación… ni nadie. Solo estaban mi amigo y su casa reventada. Eso es todo. La broma le ha salido por unos cuarenta mil euros más abogados.

          Pero lo realmente alucinante me relataba, es que cada vez que vengo a la casa y miro en el buzón de Correos hay una notificación oficial dirigida al chino narcotraficante ofreciéndole ayuda legal, asistencia psicológica; que si la oficina del inmigrante; que si no se deje acusar de nada, en fin, ayudándole a que se declare vulnerable o insolvente etcétera con recursos que pagamos entre todos. ¿Y a ti que te han dicho? le pregunté. A mi no me han llamado ni siquiera por teléfono para ver cómo estoy o si necesito un vaso de agua. Y yo, no pude contestarle otra cosa que: «pues no digas que no te gusta el cerdo agridulce porque encima te acusarán por racista».    

Lo inevitable y lo evitable

          Recuerdo una asignatura de sociología, creo recordar que de tercer curso, que se llamaba «conflicto social y conducta desviada» que me llamó la atención por algunos de los conceptos y paradigmas que se manejaban. Entre ellos, uno relacionado con la criminología que defendía que, en cada sociedad y en cada momento de la historia hay, de forma inevitable, un número determinado de crímenes. Aquello me sonó como una condena, pero también como una toma de conciencia acerca de qué somos y qué podemos esperar de nosotros –los humanos– como organismo social o tribu organizada. 

          Recuerdo que se debatía sobre la historia del crimen conocido, algo tan tempranero como el leñazo que según las Santas Escrituras le metió Caín a su hermano Abel por pura envidia. Un sentimiento, por cierto, que hoy en el año 2021 d.C sigue siendo el más común entre los mortales. Después, si uno lee no solo la Biblia, sino que repasa el elenco de manifestaciones artísticas e históricas, encontrará una gigantesca derrama de sangre, odios, venganzas, crímenes abyectos y todo tipo de violencia que ninguna otra especie es capaz de superar. Por un simple motivo: porque solo los humanos sentimos envidia, odio y sentimientos similares, y solo nuestra especie mata sin necesidad de hacerlo para subsistir, sino por pura maldad.

          Esta última semana hemos asistido a varios acontecimientos de sevicia extrema, de crueldad y horrores inimaginables para una mente socializada y humanizada; para ningún ser humano que haya sentido una mínima llama de amor alguna vez. Sin embargo, y por mucho que haya que seguir esforzándose en la prevención y la mitigación de las consecuencias, debemos ser conscientes de que seguiremos asistiendo a los tremendos horrores de nuestra naturaleza humana.

          Es inevitable que, desde la perspectiva y el dogma sociológico, se produzca un cierto número de crímenes en cada sociedad, como lo es que haya un cierto número de accidentes de tráfico o de víctimas de enfermedades como el cáncer u otras patologías. Lo único que podemos hacer es luchar: tratar de minimizar los casos mediante el estudio, la prevención, la investigación, la generosidad y el esfuerzo común. Aunque sea para luchar contra lo inevitable, eso nos convierte en dioses de carne y hueso.

          Eso sí, podemos evitar lo evitable que es, además, lo más sencillo. Me refiero a evitar usar la tragedia para hacer propaganda, el dolor para generar más odio y confrontación. Evitar inventar conceptos vicarios y maniqueos para tapar una tragedia mayor no porque sea parte del remedio, sino porque es parte de la sucia solución de quienes pretenden sacar provecho del dolor ajeno. Evitar, en definitiva, que ese instinto de hiena carroñera salga a relucir de forma tan repugnante.